Un poco de calor

La noche estaba fría. La casa estaba toda fría a no ser por ese rincón en que se hallaba la estufa. Unos pocos leños se bastaban para dar el calor y la luz que había en  la habitación. Prender las luces… ¿para qué? La mirada bucólica se concentraba en el fuego y se perdía absorta en las lenguas doradas que este desprendía. Tomó un trago. De a poco, parecía irse hundiendo en el sillón. Rápidamente, se estaba hundiendo en la vida.

En poco tiempo, quedó sin trabajo y sin esposa; se sentía viejo y sin fuerzas ni ánimo para volver a empezar. Se quitó los zapatos y se sentó en el piso sobre su alfombra. Tomó otro trago. Los recuerdos de los buenos tiempos no se acordaban de él. Una incipiente barba pretendía, aún sin éxito, ocultar sus pesares. Su imaginación, otrora prolífica en tonterías, no encontraba caminos. Solo la gran tontería parecía ganar espacio en sus pensamientos. Cayó en la cuenta de que hacía unos días que no se bañaba. Un poco de agua caliente le vendría bien. Recorrió los pocos metros que lo separaban del baño. Encendió la luz, se quitó la ropa, abrió la canilla y se metió en su bañera. Debía dejar esos pensamientos recurrentes pero no sabía si quería. Disfrutó del agua caliente como pocas veces. Tal vez eso era lo que necesitaba… un poco de calor. Se quedó un rato, tranquilo, con los ojos cerrados.

Unos ruidos lo sobresaltaron. La luz se apagó y algo de humo empezó a colarse por debajo de la puerta. Estaba a ciegas pero tomó una toalla y salió del baño para encontrarse con lo que ya sabía. Algún leño habría rodado. Su casa se estaba incendiando. No había salida. Volvió a la bañera, cerró los ojos y… esperó.

 

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