Coincidencia

Alberto salió a la calle después de desayunar con Elvira, apurado como todas las mañanas. Pero no pudo dejar de reconocer que era otro hombre. Que no era el mismo de la mañana anterior y que nunca más lo sería. La noticia que Elvira acababa de darle, frunciendo su naricita de manera pícara y absolutamente angelical, lo había transformado para siempre. “Estoy embarazada. Alberto, vas a ser papá”. La sorpresa, la alegría… la confusión, la culpa… todo, todo encima de él, como si la noticia hubiera caído desde una altura que lo aplastara, quitándole el aire, confundiéndole las palabras, viéndose disimular detrás de una máscara invisible que trataba de ajustar a sus gestos y muecas, luchando desesperadamente para que Elvira no sospechara nada.
“¡Oh, Dios! Este hijo esperado, tantas veces buscado, por fin llegaba”. Y lo hacía en el peor momento, cuando ya no lo deseaba, ahora, cuando Raquel, hacía apenas tres días le había dado la misma noticia llena de alegría, planeando un futuro juntos, porque una nueva vida, fruto del amor, se abría paso entre los dos. Ya no habría más ocultamientos ni mentiras. Alberto se había despedido de ella jurándole que todo se solucionaría pronto y que estaba dispuesto a hablar con Elvira ese mismo fin de semana.
Y ahora… ¿Qué? ¿Qué hacer? Trastornado caminó hacia el trabajo en vez de esperar el ómnibus. Llegaría tarde, daría una excusa, ¿qué importancia tenía eso ahora? Tenía que pensar…tenía que sentir… tenía que actuar… pero nada estaba en orden dentro suyo. El caos denso y oscuro no lo dejaba ni por un instante. Estaba atomizado, dividido en partículas que conformaban otro hombre, otra persona, otra circunstancia. No quería ser él. Quería evadirse y armarse de otra manera. Pasar a otro cuerpo. Evitar el presente. Ser invisible. Desaparecer. Estaba atrapado. Desesperado.
Como un autómata desembocó en la calle de su oficina y, al doblar la esquina, sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó de rodillas y una patada se le incrustó en el estómago. Alguien palpaba sus bolsillos, quiso gritar y se desmayó.
Cuando recuperó el conocimiento no sabía quién era, ni cómo se llamaba ni dónde vivía. Un policía estaba apostado en la puerta, una enfermera de pie al lado de su cama trataba de inyectarle algo en el brazo y, contra la ventana, dos mujeres hablaban animadamente. Eran Elvira y Raquel. Alberto no las reconoció pero las oyó reírse y pensó: Si no me doliera tanto la cabeza, les pediría a estas dos que hablaran más bajo y se rieran menos. Que falta de consideración tiene la gente. Y volvió a quedarse dormido.
Alberto se fue recuperando lentamente. Tal cual lo había deseado, nunca más supo quién había sido. De a poco fue estrenando una personalidad nueva, sin el menor recuerdo de identidad psicológica ni emocional. Tampoco recordaba su cara anterior pero, la que tenía, le agradaba mucho. La amnesia se le hizo crónica y sin retorno. Había nacido de nuevo a los 33 años. Para él fue absolutamente normal que Elvira y Raquel lo amaran y a él le encantaba amarlas a las dos. Compartieron la misma casa, los mismos gustos, salidas, comidas y hasta viajaron juntos. Pero lo más importante para los tres fueron los niños. Los hijos de Alberto nacieron el mismo día, en la misma clínica, con el mismo médico, con cuatro horas de diferencia. Ambos fueron varones y se parecen al padre. Las mujeres le contaron todo lo sucedido aunque él insiste, perversamente, en no tener la menor idea de cuándo los gestó, ni reconoce ser el protagonista de tan tremenda historia.

Seguir latiendo

Nadie hubiera pensado que la vida era muy generosa con Marcela. Su madre falleció siendo ella aún una niña y terminó de armar su vida con una abuela muy mayor. De sus primeros romances, cuando aún no tenía 17 años, quedó embarazada de alguien que desapareció rápidamente de su vida. Unas señoras de una institución religiosa le aconsejaron que diera su hijo en adopción al nacer, cosa que Marcela aceptó sin pensarlo demasiado. Las cosas comenzaron a mejorar cuando consiguió un trabajo interesante en las oficinas de una empresa grande. Se esforzó en ser buena empleada, se capacitó lo más que pudo y su vida pasó a girar toda alrededor de su trabajo. Tuvo varios ascensos por sus propios méritos y, finalmente, el romance con uno de los principales jefes del departamento contable. Llegó a pensar que la vida también podría llegar a ser de color rosa para ella.
Noviazgo, matrimonio, dos hijos y compartir su vida con Arturo, un hombre que realmente la quería. Su esposo ascendió en la empresa y la economía de la familia cambió sustancialmente. La educación de sus dos muchachos fue en adelante la preocupación de Marcela, y no se podía quejar; ambos eran estudiosos y de buen carácter, estaba segura de que tendrían un buen futuro.
Pero ese misterioso duende que algunos llaman destino, decidió ocuparse de Marcela nuevamente. Comenzó una tarde cuando de la cancha de fútbol trajeron a Raúl seriamente afectado, le costaba respirar y hablaba incoherentemente. El golpe demoledor vino unas semanas después, cuando el Director de Cirugía del hospital les dijo que el estado de Raúl era crítico; lo único que podría salvar al muchacho era un trasplante de corazón. Les advirtió que una de las grandes dificultades es obtener el órgano, y pasó a explicarles el complejo sistema por el cual se ubican y distribuyen los órganos donados de personas fallecidas.
Fueron semanas de angustia y temor mientras esperaban la autorización y la búsqueda del corazón para su hijo. Finalmente, una madrugada, el cirujano los llamó para avisarles que el corazón llegaría de Buenos Aires, estaba ya en camino y él planeaba la operación para la última hora de la tarde.
Las horas que duró la operación fueron las más largas de su vida y cuando el cirujano los llamó y les dijo que la operación había sido un éxito total agradecieron al cielo la bendición.
La vuelta a casa, los cuidados, los chequeos médicos y la alegría de ver a su hijo cada día un poco mejor le crearon a Marcela la responsabilidad de agradecer su suerte a quien fuera. Sus sentimientos se confundieron algunas veces con el pensamiento de que para que ella tuviera esta dicha hoy, en algún lugar, otra mujer había perdido un hijo.

En la sección “Donación de Órganos” del hospital, una empleada organiza documentos de un caso terminado.
—María, no debemos seguir hurgando en casos terminados con éxito, tienen información que debe ser indefinidamente mantenida como confidencial, es parte de la ley.
—Sí, sí… pero ¡tú viste completo éste ultimo! El donante fue un joven de nombre Freddy Thomson que murió en un accidente en la ruta en Buenos Aires. Era hijo de Arthur Thomson y Emely Silverstain, del barrio Palermo. Pero esos son sus padres adoptivos. El registro civil dice que el joven nació en Montevideo, su madre natural fue Marcela Larravide, soltera y el padre desconocido. El receptor del corazón, que nosotros hemos visto a diario en el hospital, es hijo de Marcela Larravide y de su esposo Arturo Gutiérrez, ambos uruguayos.
—Pero… ¡me estás diciendo que entonces los dos eran…!
— ¡Es una coincidencia increíble!
—María, guardá esos papeles en el armario y nunca, nunca, pero nunca menciones esto a nadie. Podríamos perder el trabajo las dos… ¡por favor!

Vendo deseos

Contemplo la soga por unos instantes antes de tomar la fuerza suficiente para pasarla por mi cuello. Me sostengo a la pared para no caer aún. Mis pies se sostienen en la barandilla del tercer piso de forma casi misteriosa, pero sé que en cualquier momento resbalarán. O yo saltaré antes. Cierro los ojos y recuerdo la sensación que tuve años atrás, quizá cinco o seis.
Llega un punto en la vida en que uno puede decidir si seguir viviéndola o no. Cuando no hay nadie que anhela tu compañía, cuando no tienes trabajo, cuando ni siquiera tienes una meta para tu vida. En esos momentos, uno puede elegir si tiene suficientes alegrías para compensar.
Todo comenzó el día en que mi esposa me pidió el divorcio. Caí en una profunda depresión durante meses. No porque la extrañase, sino porque la necesitaba. Ese era el principal motivo por el que nos habíamos casado: éramos jóvenes y pobres, mediocres en inteligencia, y nos necesitábamos. Pero al parecer, su carrera de actriz de teatro había sobrepasado la necesidad y, ahora, solo necesitaba a sus compañeros y salientes. Soy consciente de que ahora vive en una lujosa mansión y es la actriz principal de una obra que gana millones a la semana.
La depresión de mi matrimonio fallido provocó que anduviese desaliñado y de malhumor. A su vez, el hombre para el que trabajaba en aquella horrible y pequeña oficina pareció cansarse de mi poca producción y, finalmente, a las pocas semanas de firmado mi divorcio, me despidió. El día que fui a retirar mis cosas ya había tomado mi decisión. Había comprado, incluso, mi arma homicida. Ya no tenía ningún motivo para seguir con esta vida. Y al parecer, esto se reflejaba en mi rostro, ya que Víctor, la única persona con la que hablaba y lo más cercano a un amigo que había tenido desde mi infancia, me extendió su mano y dijo, mirándome a los ojos con pena:
—He escuchado que es buena.
Agarré lo que me ofrecía y lo observé. Era una tarjeta con una dirección y la frase “Vendo deseos” en letras rojas. Justo debajo agregaba “Para quienes se han quedado sin motivos para vivir”. Me fui sin agradecer a Víctor, y jamás lo volví a ver, ni tampoco a nadie de esa oficina.
Decidí al día siguiente darle una oportunidad al “vendedor de deseos”. Fui al lugar que indicaba la tarjeta y me encontré con una pequeña casa, de paredes enmohecidas y la madera de las ventanas carcomida por el tiempo. Golpeé la puerta. Un hombre de pelo canoso me abrió y me observó sin decir palabra.
—Vengo a…—le mostré la tarjeta, sin saber bien cómo completar la frase.
El hombre me hizo señas para que entrase y luego me indicó un sillón agujereado. Me senté allí y esperé. Cuando habían pasado unos quince minutos, una mujer apareció en la sala. Otro hombre, joven aunque arrugado, la seguía. Se veía feliz.
—¡Muchas gracias, gracias!—exclamaba el hombre. La mujer le sonreía con una mirada felina. Lo acompañó hasta la puerta y lo despidió con la mano.
—¡Y no te olvides de recomendarnos!—le recordó antes de cerrar la puerta.
Se volvió hacia mí—adelante— me dijo.
Entré por la puerta que me indicaba y me encontré en una pequeña habitación con almohadones en el suelo. La mujer se sentó en uno y yo en el otro. Había mucho olor a incienso y estaba casi a oscuras.
— ¿Cuál es tu nombre?—quiso saber.
—Pablo.
— ¿Y cuál es tu situación?
— ¿Disculpe?—solté sin entender.
—Aquí vienen de muchos tipos: divorciados, huérfanos, desempleados, viudos. ¿Cuál es tu situación?
—Divorciado… Y desempleado.
La mujer asintió y cerró los ojos. Respiró profundamente.
—No es acá—susurró. —Tenés que irte lejos… a la India. Recién entonces te vas a conocer a vos mismo.
—¿Y qué hago después?
—Después…—abrió los ojos— después vas a saber qué hacer. Te vas a conocer lo suficiente para saberlo.
Sin decir nada más, se paró y me exigió que le pagase. Yo la miré molesto y le dije que no iba a hacerlo. Por un momento, creí que comenzaría a gritarme. Pero guardó la calma y sonrió con dulzura:
—No importa, todo lo que tienes será mío.
El problema no fueron las palabras, ni la sonrisa sino sus ojos felinos mirándome fijamente. Eran amenazadores y me pusieron la piel de gallina. Salí de allí y decidí que le haría caso. Quizá porque no tenía nada mejor que hacer, quizá porque había conseguido asustarme.
Compré un pasaje a la India para dos meses después. El día de mi partida, armé un bolso solo con mis cosas más esenciales, como ropa y algunos libros. También agarré toda mi plata. El resto lo dejé como estaba. La cama deshecha y la comida en la heladera, los platos sucios en la pileta y las ventanas abiertas. Sobre la mesada de la concina, quedó descansando el arma que había conseguido para suicidarme semanas atrás. Años después, me arrepentí de no haberla llevado conmigo.
Durante un tiempo fui casi feliz en la India. Me desapegué de las cosas materiales y, tras años de meditación y ejercicios de autoconocimiento, supe quién era yo y qué quería. Al hacerlo, comprendí que eso no era lo que quería. Conocerme a mí mismo no me interesaba.
Quise hacer un último viaje antes de hacer lo que en verdad quería. Volví a mi país y, del aeropuerto, me dirigí directamente a la casa enmohecida donde estaba “la vendedora de deseos”. Quería decirle que se había equivocado conmigo y que yo había hecho bien en no pagarle. Pero ya no había allí ni rastros de ella.
Fui entonces a mi antigua casa y me encontré con una larga fila hasta mi puerta. Me acerqué y vi el cartel que, en letras rojas, profesaba: “Vendo deseos”. Y debajo agregaba “Para quienes se han quedado sin motivos para vivir”. Sonreí con amargura al entender que, en realidad, no se había equivocado.
Compré una soga y entré en un edificio abandonado. Me encaminé entonces a cumplir mi deseo.
Mis pies se resbalan por fin de la barandilla. Yo me dejo llevar.

Tienda de los milagros

“Tienda de los milagros” decía el maltrecho y herrumbrado letrero que oscilaba al compás del viento en esa noche sin sombras en ese lugar perdido en el fin de mundo. Desdibujada por el paso del tiempo, ajada por la inclemencia de la indiferencia, apenas se vislumbraba la casa que obstinada permanecía resistiendo los avatares del clima. Mortecina era la luz que alumbraba su interior. Mohosas eran sus paredes. Envuelta con velos mortuorios que tejían febrilmente las arañas día y noche, estaban los rincones de la sala.
Vestido como un cielo sin estrellas, el anciano le abrió la puerta. Una bocanada de aire muerto turbó al joven que, apostado en el umbral, permaneció sin reaccionar por unos instantes.
Entonces, el anciano le dijo que hacía mucho lo estaba esperando y que las fuerzas del destino habían entrelazado tortuosamente los caminos para que él llegara esa noche.
El tiempo apremiaba y, antes de que el anciano se marchara con sus largos y penosos años, debía de instruir a su novato discípulo.
Le habló con aire cansino:
—Debes de aprender el oficio de vendedor de alegrías pues la humanidad envejeció conmigo y olvidó como si fuese un trasto viejo en algún sótano la felicidad. No cobrarás por tus ventas porque recibirás por cada alegría un contingente de risas. Y tus adquisiciones de jolgorio se multiplicarán en más y más felicidad. Entonces, así, algún día, volverá a renacer la esperanza.

¡Ésta la sé!

Acostumbraba a ir más temprano. No le gustaba cenar tarde pero se había entretenido más de la cuenta en la oficina. Se sentó en la mesa de siempre y se sintió casi afortunado de que estuviera de alguna manera reservada para él.
Era notorio que, por el cambio de horario, también cambiaba el ambiente, la gente, el lugar en sí mismo se percibía distinto.
A su derecha estaba sentada una pareja de jóvenes. Ella tomaba un Martini y él un whisky sin hielo. En la mesa cerca de la ventana, había una señora de unos 60 años, o unos pocos más quizás, muy elegante y muy conservada gracias seguramente a la ayuda de algún artista plástico. Miraba su celular con insistencia hasta que, una amiga, mejor dicho hermana gemela debido a su parecido casi fotocopiado, entró en el lugar y, luego de un beso doble en el aire, se sentó a la misma mesa.
La televisión del salón estaba encendida. Tal vez con un volumen un poco elevado para la calma con la que le gustaba cenar pero prefirió no mencionárselo al mozo que le tomó el pedido.
Cerca de la puerta había una mesa larga que albergaba a varios chicos de edades similares. Animadamente charlaban y debatían sobre un programa de preguntas y respuestas que estaban emitiendo por un canal de aire. Era muy entretenido ver como cada uno daba una respuesta a las preguntas que se formulaban. La charla se transformó en apuestas. Se acaloró la reunión de amigos unos decían “es en España” y otros gritaban “es en Escocia, juro que es en Escocia” tratando de contestar donde estaba ubicado el Puente de Overtoun. Efectivamente, era en Escocia, tuvo ganas de intervenir pero se contuvo. Las señoras fotocopiadas se reían tratando de interactuar silenciosamente con la mesa animada de los chicos. La pareja seguía ausente de los gritos y apuestas a su alrededor.
Esta era muy fácil pensó mientras escuchaba las versiones de que día había nacido Carlos Páez Vilaro. Luego de escuchar toda variedad de fechas, la señora fotocopia que llego último grito “¡el 1 de noviembre del 23!” en un intento tramposo ocultando el google del celular de donde había obtenido la respuesta.
La siguiente respuesta era más fácil aún pero, antes de que las señoras se le adelantaran con sus celulares de última generación, se paró y dijo “el 27 de junio de 1973, ese fue el día del golpe de estado en nuestro país”. Todas las miradas se centraron en él, incluso los ojos de la pareja que parecían lejos de involucrarse. Cuando el conductor dijo la respuesta correcta, todos aplaudieron y, desde ese momento, continuó la hora y media que quedaba de programa jugando junto a los participantes a contestar las preguntas, apostando alguna cerveza entre acierto y acierto.
Desde ese día procuro siempre ir a cenar a esa hora.

Desde la tribuna

El partido se había puesto aburrido. Los muchachos del Libertad Football Club llevaban tal ventaja sobre los del Oriental Deportivo que el final era clarísimo.
En una de las filas más altas de la platea, Teresa y Mariana charlan mientras miran el partido en el que juegan sus hijos.
— ¿Decime, aquella rubia de saco marrón que está sola allí abajo no es Julia, la mamá de Arturito, el golero?
—¡Ah! Sí, mirá… no la había reconocido.
—El hijo de ella está en la clase de Ricardo, ¿verdad?
—Sí, sí, yo este año la veo seguido, charlo con ella casi todos los viernes.
—¿Y ahora cómo anda la pobre? ¡Con todo lo que le pasó!
—Bueno, se ha recuperado bien, es una mujer que no se achica, ¿viste? Cuando el marido se fue estaba hecha un desastre, la pobre nunca esperó que el muy atorrante la dejara por esa loca.
—Sí…yo escuché algo, pero no sé bien cómo fue.
—El marido había armado un buen negocio, prestigiado y con mucha clientela. Todos sabíamos que lo mantuvo porque ella laburaba con él como una fiera. Llevaba las cuentas, se entendía con proveedores y se ocupaba de todo. Realmente de todo. El marido era el de las relaciones públicas, siempre un dandy y muy simpático, pero el negocio marchaba por ella.
— Pero y… ¿qué les pasó?
—Les pasó que un día este nabo contrató a una vendedora, joven, bonita y bastante putona y, como era de esperar, ella lo enloqueció. Al principio, disimulaban pero, al poco tiempo, Julia se dio cuenta, lo enfrentó y el muy idiota le dijo que estaba perdidamente enamorado y se fue. Se fue con la vendedora, se llevó un montón de plata que tenían del negocio en un banco y la dejó a Julia con Arturito, el negocio y sin plata.
—¡Ah! ¡qué horrible! ¿Y qué hizo, pobre mujer?
—Primero lo quería matar, después se concentró en salvar al negocio. Laburaba día y noche y, de a poquito, fue poniéndose al día con las deudas. ¿Viste que en ese tipo de boliche si no estás al frente todo el día no camina? Bueno, ella se puso las pilas y lo salvó. Le llevó como 4 años salir a flote pero ahora está marchando. La última vez que le pregunté, me dijo que ya está más tranquila. En medio de todo eso, no se pierde ni las reuniones del Liceo ni los partidos de Arturito.
—¿Y qué le pasó al marido?
—El muy boludo se refundió todo. La mina lo dejó en cuanto se acabó la guita. Terminó laburando de sereno en una obra y viviendo en una pensión. ¡Hay que ver las pretensiones que tenía este idiota y cómo quedó!
—Y bueno, se lo merecía por estúpido.
—Sí. ¡Qué se joda!
En la cancha el juez cobró un penal y se arma gran gritería.
—Mirá Teresa, si se arma lío yo agarro a mi hijo y ¡me voy!
—Sí, bueno… pero espera un poquito. Ya se están tranquilizando.
—Y Julia sigue tranquila allí abajo. ¿Decime ese tipo que se acerca a ella con dos potes de café en la mano, no es…?
—¿Quién?… No, no puede ser.
—¡Sí! Es… sí, ¡es él! Pero no se puede creer. ¡Mirá que hay gente que nunca aprende!

Culpable

Sentado en su sillón favorito, yacía un hombre enfermo.
Su cuerpo lo decía. Sus ojos no miraban ni el fuego de la estufa que tanto le gustaba. Ni vivo ni muerto su corazón seguía latiendo. Su cabeza pensando en todos los que lo habían rodeado.
¿Por qué lo abandonaron? Si todo lo que hizo fue por ellos. Su mujer y sus hijos habían disfrutado del dinero que él traía a la casa. Nunca preguntaron de dónde salía.
Ahora, le reprochaban con voces airadas que los había avergonzado.
Sintió que llegaban…
El corazón lo salvó de tener que volverlos a ver.

Can buy me love

10 de la noche y aún no había llegado. Por suerte, su padre y hermanos dormían, porque solo pensar que alguien pudiera presenciar lo que estaba por ocurrir le provocaba malestar. Hace tres noches que no pegaba un ojo, se las pasaba en vela intentando descifrar cómo abarcar el tema.
Claro está que, si su hija hubiera seguido con su noviazgo con John Fleming III, otra sería la situación. Malditos románticos, Cant buy me love, quiero verlos vivir del aire, pensaba furiosa mientras esperaba su llegada. Una educación en el mejor colegio, los vestidos más elegantes, las fiestas de cumpleaños con patisserie francesa, ¿para qué? ¿En qué había fallado? Siempre se había definido como una luchadora. Fracasar no era una opción en su vida. Eso era para los débiles. El éxito, para ella, era una receta que no admitía errores. Consistía en la definición de un objetivo conciso y un arduo esfuerzo y concentración para lograrlo.
El objetivo siempre había sido claro: educar a sus hijas mujeres para que sean perfectas amas de casa y así asegurar la felicidad de ellas y su tranquilidad. Se había esforzado para conseguirles lo mejor y nunca había aceptado un no como respuesta. Concertación era lo que le sobraba, pues vivía para ello.
Mientras repasaba una vez más aquella receta que había ideado el 3 de Febrero de 1945, día del nacimiento de su hija, en búsqueda del ingrediente faltante, se abrió la puerta. Silenciosamente, entró cargando las botas blancas en la mano para no hacer ruido con los tacos. La minifalda, más corta que con la que la habían visto partir, dejaba ver sus infinitas piernas, demasiado flacas, cubiertas con unas medias estampadas a lunares. El atuendo se completaba con una campera de jean que su madre nunca había visto en su armario, ¿sería de un chico?
—Piensas que no sé qué hace meses no llegas antes de las 10— le preguntó en un tono bajo pero firme.
—Perdón, no quería despertarlos— repuso con poco interés al tiempo que comenzaba a subir las escaleras.
Debía afrontarla en ese momento, mientras todos dormían, pero aún no había hallado las palabras. La veía alejarse a medida que subía los escalones. Con cada escalón se sentía más alejada de ella, le parecía una extraña aquella joven. Lejos, habían quedado los tiempos donde su dulce niña imitaba con admiración todos sus pasos y ella se regocijaba en las felicitaciones del resto de las madres por tan educada hija.
Juntó coraje y corrió detrás de ella. La alcanzó a mitad de recorrido y la tomó del brazo. Sin decir nada, abrió la mano para dejar ver el objeto que había encontrado en su dormitorio unos días atrás. Lo que parecía una simple caja se había convertido en el tormento de sus noches. La hacía sentir vergüenza de su propia hija y había terminado de romper una relación que hace tiempo venía en picada.
Los ojos asustados de la madre se cruzaron con los despreocupados de su hija. Tomó la tableta de anticonceptivos y al oído le dijo —seguro que prefieres que la tome, a tener un nieto.
Siguió subiendo las escaleras al tiempo que tarareaba una canción pop.
Lejos de dormir esa noche, se la pasó llorando al enfrentarse al primer fracaso de su vida. En el dormitorio contiguo, su hija dormía plácidamente y soñaba que bailaba el twist con el camarero del bar a la vuelta.

Aprendiendo a usar la música

Me vestí rápido al compás de Elvis. Sabía que el porteño petitero me esperaba en La Vascongada. Mis padres, por sus temores, hacía muy poco que me habían permitido andar sola en ómnibus y ese temor me lo habían trasmitido.  Hoy iba más excitada aún porque estrenábamos los trolley en Montevideo y estaba dispuesta a llegar a 18 de Julio y Julio Herrera en uno de ellos.

Papá me lo había prohibido. Estaba seguro de que íbamos a morir todos electrocutados dentro del bus, apretados  dentro, como lata de sardinas. Por suerte y para su alivio, pronto fueron retirados de circulación.  No resultaron para esta ciudad, pero nunca averigüé el por qué.

Esa tarde me di cuenta de que el porteño me gustaba mucho. El Club del Clan estaba lleno pero apenas me divisó se acercó y me propuso bailar. Tocaban la Danza del Ladrillo y twistiamos muy bien. A mí me encantaba vestirme como Audrey Hepburn y él lo notó. Al poco rato, mientras tomaba una Coca, me miró de arriba a bajo y me dijo lo único que yo que  quería escuchar: “¡Pah, cómo te parecés a la Audrey!” En ese momento me enamoré.

Salimos a 18 de Julio y caminamos hasta la Plaza Independencia, por el sólo gusto de pasear, y luego de darle toda la vuelta, rehicimos el camino pero por la acera del frente. Llagamos hasta la Plaza Libertad y allí nos reunimos con otro grupo que estaba haciendo la cola para entrar al Cine Plaza. Se estaba por iniciar el Concurso de Rock and Roll y queríamos anotarnos. De vez en cuando, el porteño petitero me tocaba la mano pero seguía de largo. Yo me ponía colorada y miraba para otro lado.  No sé que hubiera sido de nosotros, quizás hubiéramos tenido el inicio para un futuro juntos, quizás nos hubiéramos gustado para toda la vida, pero lo cierto es que al poco rato llegó una alemanita. Era rubia, flaca, estilizada, de ojos azules de mirada lánguida y con un pelo hasta las rodillas lacio,vestida como para Saturday  Night Fever. Vino derecho hacia nosotros, tomó por el brazo a mi acompañante y le dijo: “Por suerte llegué a tiempo. Papá no quería dejarme venir. Dice que somos una banda de locos que bailamos como esquizofrénicos. Que a él le da mucha vergüenza que su hija se suba a un escenario con un porteño cachafaz para hacer el ridículo frente a todos. Pero yo me escapé para ser tu pareja.  Sos el que baila mejor. Dale apuráte que ya abrieron hace rato y mi amiga es una de las que apunta”.

Yo me volví a mi casa sola. Después supe que habían ganado el concurso,  como premio se fueron a Buenos Aires a bailar para la televisión argentina. Desde ese día, desarrollé una extraña erupción alérgica hacia el Rock que aún mantengo. Es así que me he privado de una de las músicas más emblemáticas que existiera en la segunda mitad del siglo XX.  Pero no es lo que más lamento. Lo que realmente me duele es que tuvieron éxito y además se casaron.

Pero algo aprendí. Supe que cuando alguien quiere realmente algo, tiene que hacer oídos sordos a  los demás,  huir de toda timidez, armarse del mejor desparpajo, correr hacia el objetivo y engancharlo de un brazo hasta lograr doblegarlo. Es una técnica maravillosa que he aplicado con mis últimos tres maridos. Esto se lo debo a la alemanita que se quedó con mi porteño y yo sin el Rock and Roll.

Nada es lo mismo sin vos

Cuando bajé del taxi fue la última vez que lo vi. Sin embargo, no me di cuenta de su ausencia hasta que llegué a casa. Fue en ese mismo instante que sentí una gran soledad, un vacío inmenso. Llegué a desesperarme tratando de suplantarlo. Después de enloquecerme, caminando por toda la casa, lanzar improperios de todo tipo, llorar, reír, enojarme logré calmarme y, sentada en un sillón de la casa, comencé a recordar todo lo que él me daba. Imágenes de momentos vividos, amigos, música a mi vida. Era parte de mí. Despertaba junto a él todas las mañanas, compartía largas conversaciones, me acompañaba en los viajes rumbo al trabajo. Sólo él lograba entretener mis largos trayectos. Nuestra relación de ya casi dos años había llegado a un buen entendimiento.

¿Cómo pude dejarlo así? era la pregunta que me repetía una y otra vez.

Me puse a leer un libro pero al instante lo arrojé a un costado. No podía concentrarme. Preparé un café y saqué el tapiz que hace tiempo lo tenía archivado en un cajón. Enhebré una aguja y a la tercera puntada interrumpí mi trabajo, las lágrimas no me dejaban ver bien. Abandoné la tarea y decidí cocinar algo rico para distraer mi mente y mimar mi alma dolorida. Corté varias verduras y las salteé en un wok. Me serví una copa de vino blanco y puse música clásica. Fue peor, extrañé su falta más que nunca, necesitaba hablar con alguien. Al abrir uno de los cajones del mueble, encontré algunas de sus pertenencias que luego decidí guardarlas en su cajita junto a todas sus demás cosas. Recuerdo cuando lo vi por primera vez, una presencia impecable, me cautivó desde el primer momento que puse mis ojos sobre él. Poco a poco fui conociendo todas sus virtudes, también sus defectos. A veces, cuando me enojaba porque estaba muy agotado, lo trataba de ignorar por un rato pero, después, caía ante sus encantos nuevamente. Sabía cómo tocarlo para que me respondiera . Nos conocíamos de memoria.

¿Cómo me despertaré mañana si tí? Mi vida sin duda no será igual. No va a ver otro como tú, mi querido, pero tendré que buscar otro.

Decidió hacerlo lo más pronto posible. Salió lo más temprano que pudo. Espero en la puerta. Ni bien la dejaron entrar, lo miró y le dijo a la empleada.

—Quiero comprar ese celular.