Aprendiendo a usar la música

Me vestí rápido al compás de Elvis. Sabía que el porteño petitero me esperaba en La Vascongada. Mis padres, por sus temores, hacía muy poco que me habían permitido andar sola en ómnibus y ese temor me lo habían trasmitido.  Hoy iba más excitada aún porque estrenábamos los trolley en Montevideo y estaba dispuesta a llegar a 18 de Julio y Julio Herrera en uno de ellos.

Papá me lo había prohibido. Estaba seguro de que íbamos a morir todos electrocutados dentro del bus, apretados  dentro, como lata de sardinas. Por suerte y para su alivio, pronto fueron retirados de circulación.  No resultaron para esta ciudad, pero nunca averigüé el por qué.

Esa tarde me di cuenta de que el porteño me gustaba mucho. El Club del Clan estaba lleno pero apenas me divisó se acercó y me propuso bailar. Tocaban la Danza del Ladrillo y twistiamos muy bien. A mí me encantaba vestirme como Audrey Hepburn y él lo notó. Al poco rato, mientras tomaba una Coca, me miró de arriba a bajo y me dijo lo único que yo que  quería escuchar: “¡Pah, cómo te parecés a la Audrey!” En ese momento me enamoré.

Salimos a 18 de Julio y caminamos hasta la Plaza Independencia, por el sólo gusto de pasear, y luego de darle toda la vuelta, rehicimos el camino pero por la acera del frente. Llagamos hasta la Plaza Libertad y allí nos reunimos con otro grupo que estaba haciendo la cola para entrar al Cine Plaza. Se estaba por iniciar el Concurso de Rock and Roll y queríamos anotarnos. De vez en cuando, el porteño petitero me tocaba la mano pero seguía de largo. Yo me ponía colorada y miraba para otro lado.  No sé que hubiera sido de nosotros, quizás hubiéramos tenido el inicio para un futuro juntos, quizás nos hubiéramos gustado para toda la vida, pero lo cierto es que al poco rato llegó una alemanita. Era rubia, flaca, estilizada, de ojos azules de mirada lánguida y con un pelo hasta las rodillas lacio,vestida como para Saturday  Night Fever. Vino derecho hacia nosotros, tomó por el brazo a mi acompañante y le dijo: “Por suerte llegué a tiempo. Papá no quería dejarme venir. Dice que somos una banda de locos que bailamos como esquizofrénicos. Que a él le da mucha vergüenza que su hija se suba a un escenario con un porteño cachafaz para hacer el ridículo frente a todos. Pero yo me escapé para ser tu pareja.  Sos el que baila mejor. Dale apuráte que ya abrieron hace rato y mi amiga es una de las que apunta”.

Yo me volví a mi casa sola. Después supe que habían ganado el concurso,  como premio se fueron a Buenos Aires a bailar para la televisión argentina. Desde ese día, desarrollé una extraña erupción alérgica hacia el Rock que aún mantengo. Es así que me he privado de una de las músicas más emblemáticas que existiera en la segunda mitad del siglo XX.  Pero no es lo que más lamento. Lo que realmente me duele es que tuvieron éxito y además se casaron.

Pero algo aprendí. Supe que cuando alguien quiere realmente algo, tiene que hacer oídos sordos a  los demás,  huir de toda timidez, armarse del mejor desparpajo, correr hacia el objetivo y engancharlo de un brazo hasta lograr doblegarlo. Es una técnica maravillosa que he aplicado con mis últimos tres maridos. Esto se lo debo a la alemanita que se quedó con mi porteño y yo sin el Rock and Roll.

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