El traspié de Greta

¡Un despreciable sujeto el director! Todo el tiempo  acosándome  con sus insultos…no lo vi entrar en el camerino.  Sólo oí a mis espaldas  su tono tiránico criticándome por lo mal que había resultado mi actuación.

Me estaba quitando el chal para colgarlo del perchero, me di vuelta y le recriminé su actitud. Él continuó insultándome. “Si hay algo que no me gusta son las mujerzuelas respondonas” me dijo haciendo oídos sordos a mis palabras.  Atiné a  darle un empujón y  vi su viejo trasero dar con las tablas del suelo.   Huí precipitadamente de la habitación  y, cuando  llegué a la calle, caí en la cuenta que llevaba puesta la ropa que usaba en la obra.

Mientras caminaba hacia la parada iba masticando mi rabia, decidida a denunciarlo ante la Sociedad Uruguaya de Actores y  buscar un abogado que pudiera entablarle una demanda.

¿Dejar la obra? ¡Nunca! Yo era la actriz principal y estaba muy satisfecha con mipersonaje.

Me sentía unida a la pasión de Blanche Dubois , la transgresora y atractiva protagonista de “Un tranvía llamado deseo”.

Al llegar a la Av. 18 de Julio, me detuve a esperar el ómnibus y sentí  el frío de la noche resbalar sobre  mis brazos cubiertos por las mangas de la blusa.

Calculé que ya sería la hora en que mis  compañeros de elenco estarían reunidos tomando unas copas en el Café Montevideo.  Posiblemente, preguntándose qué me había sucedido.

Subí al ómnibus con el persistente gusto del rencor aún en mi garganta. Quizás por ese motivo o fruto del cansancio que ya se apoderaba de mi cuerpo, el hecho es que tropecé  y caí  sobre el desprevenido guarda.

El taco de uno de mis zapatos quedó enganchado dentro de uno de sus mocasines.  Y ambos rodamos por el suelo.

Las carcajadas de los pasajeros retumbaron dentro del vehículo rompiendo el silencio con el que viajaban hasta el momento.

Yo no me alteré,  estaba acostumbrada a la respuesta del público,  ya fueran vítores, risas o aplausos.  El tiempo transcurrido en el escenario  me había ayudado a vencer el temor al ridículo.

Logré zafar mi pie y luego retiré mi zapato bajo la mirada  del infortunado hombre.

A continuación, pasé mis manos por la pollera para alisarla y le di mis disculpas al guarda que ya había vuelto a ocupar su asiento.

¾No es nada señorita-me respondió¾ fue simplemente un traspié.

Gracias a este hecho fortuito ahora estoy de novia con él y he podido librarme del acoso del director.

El amigo de un amigo de mi novio  que frecuenta las casas de mala reputación de los suburbios lo amenazó con pegarle un tiro si no dejaba de molestarme.

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