Can buy me love

10 de la noche y aún no había llegado. Por suerte, su padre y hermanos dormían, porque solo pensar que alguien pudiera presenciar lo que estaba por ocurrir le provocaba malestar. Hace tres noches que no pegaba un ojo, se las pasaba en vela intentando descifrar cómo abarcar el tema.
Claro está que, si su hija hubiera seguido con su noviazgo con John Fleming III, otra sería la situación. Malditos románticos, Cant buy me love, quiero verlos vivir del aire, pensaba furiosa mientras esperaba su llegada. Una educación en el mejor colegio, los vestidos más elegantes, las fiestas de cumpleaños con patisserie francesa, ¿para qué? ¿En qué había fallado? Siempre se había definido como una luchadora. Fracasar no era una opción en su vida. Eso era para los débiles. El éxito, para ella, era una receta que no admitía errores. Consistía en la definición de un objetivo conciso y un arduo esfuerzo y concentración para lograrlo.
El objetivo siempre había sido claro: educar a sus hijas mujeres para que sean perfectas amas de casa y así asegurar la felicidad de ellas y su tranquilidad. Se había esforzado para conseguirles lo mejor y nunca había aceptado un no como respuesta. Concertación era lo que le sobraba, pues vivía para ello.
Mientras repasaba una vez más aquella receta que había ideado el 3 de Febrero de 1945, día del nacimiento de su hija, en búsqueda del ingrediente faltante, se abrió la puerta. Silenciosamente, entró cargando las botas blancas en la mano para no hacer ruido con los tacos. La minifalda, más corta que con la que la habían visto partir, dejaba ver sus infinitas piernas, demasiado flacas, cubiertas con unas medias estampadas a lunares. El atuendo se completaba con una campera de jean que su madre nunca había visto en su armario, ¿sería de un chico?
—Piensas que no sé qué hace meses no llegas antes de las 10— le preguntó en un tono bajo pero firme.
—Perdón, no quería despertarlos— repuso con poco interés al tiempo que comenzaba a subir las escaleras.
Debía afrontarla en ese momento, mientras todos dormían, pero aún no había hallado las palabras. La veía alejarse a medida que subía los escalones. Con cada escalón se sentía más alejada de ella, le parecía una extraña aquella joven. Lejos, habían quedado los tiempos donde su dulce niña imitaba con admiración todos sus pasos y ella se regocijaba en las felicitaciones del resto de las madres por tan educada hija.
Juntó coraje y corrió detrás de ella. La alcanzó a mitad de recorrido y la tomó del brazo. Sin decir nada, abrió la mano para dejar ver el objeto que había encontrado en su dormitorio unos días atrás. Lo que parecía una simple caja se había convertido en el tormento de sus noches. La hacía sentir vergüenza de su propia hija y había terminado de romper una relación que hace tiempo venía en picada.
Los ojos asustados de la madre se cruzaron con los despreocupados de su hija. Tomó la tableta de anticonceptivos y al oído le dijo —seguro que prefieres que la tome, a tener un nieto.
Siguió subiendo las escaleras al tiempo que tarareaba una canción pop.
Lejos de dormir esa noche, se la pasó llorando al enfrentarse al primer fracaso de su vida. En el dormitorio contiguo, su hija dormía plácidamente y soñaba que bailaba el twist con el camarero del bar a la vuelta.

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