Desde la tribuna

El partido se había puesto aburrido. Los muchachos del Libertad Football Club llevaban tal ventaja sobre los del Oriental Deportivo que el final era clarísimo.
En una de las filas más altas de la platea, Teresa y Mariana charlan mientras miran el partido en el que juegan sus hijos.
— ¿Decime, aquella rubia de saco marrón que está sola allí abajo no es Julia, la mamá de Arturito, el golero?
—¡Ah! Sí, mirá… no la había reconocido.
—El hijo de ella está en la clase de Ricardo, ¿verdad?
—Sí, sí, yo este año la veo seguido, charlo con ella casi todos los viernes.
—¿Y ahora cómo anda la pobre? ¡Con todo lo que le pasó!
—Bueno, se ha recuperado bien, es una mujer que no se achica, ¿viste? Cuando el marido se fue estaba hecha un desastre, la pobre nunca esperó que el muy atorrante la dejara por esa loca.
—Sí…yo escuché algo, pero no sé bien cómo fue.
—El marido había armado un buen negocio, prestigiado y con mucha clientela. Todos sabíamos que lo mantuvo porque ella laburaba con él como una fiera. Llevaba las cuentas, se entendía con proveedores y se ocupaba de todo. Realmente de todo. El marido era el de las relaciones públicas, siempre un dandy y muy simpático, pero el negocio marchaba por ella.
— Pero y… ¿qué les pasó?
—Les pasó que un día este nabo contrató a una vendedora, joven, bonita y bastante putona y, como era de esperar, ella lo enloqueció. Al principio, disimulaban pero, al poco tiempo, Julia se dio cuenta, lo enfrentó y el muy idiota le dijo que estaba perdidamente enamorado y se fue. Se fue con la vendedora, se llevó un montón de plata que tenían del negocio en un banco y la dejó a Julia con Arturito, el negocio y sin plata.
—¡Ah! ¡qué horrible! ¿Y qué hizo, pobre mujer?
—Primero lo quería matar, después se concentró en salvar al negocio. Laburaba día y noche y, de a poquito, fue poniéndose al día con las deudas. ¿Viste que en ese tipo de boliche si no estás al frente todo el día no camina? Bueno, ella se puso las pilas y lo salvó. Le llevó como 4 años salir a flote pero ahora está marchando. La última vez que le pregunté, me dijo que ya está más tranquila. En medio de todo eso, no se pierde ni las reuniones del Liceo ni los partidos de Arturito.
—¿Y qué le pasó al marido?
—El muy boludo se refundió todo. La mina lo dejó en cuanto se acabó la guita. Terminó laburando de sereno en una obra y viviendo en una pensión. ¡Hay que ver las pretensiones que tenía este idiota y cómo quedó!
—Y bueno, se lo merecía por estúpido.
—Sí. ¡Qué se joda!
En la cancha el juez cobró un penal y se arma gran gritería.
—Mirá Teresa, si se arma lío yo agarro a mi hijo y ¡me voy!
—Sí, bueno… pero espera un poquito. Ya se están tranquilizando.
—Y Julia sigue tranquila allí abajo. ¿Decime ese tipo que se acerca a ella con dos potes de café en la mano, no es…?
—¿Quién?… No, no puede ser.
—¡Sí! Es… sí, ¡es él! Pero no se puede creer. ¡Mirá que hay gente que nunca aprende!

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