Tienda de los milagros

“Tienda de los milagros” decía el maltrecho y herrumbrado letrero que oscilaba al compás del viento en esa noche sin sombras en ese lugar perdido en el fin de mundo. Desdibujada por el paso del tiempo, ajada por la inclemencia de la indiferencia, apenas se vislumbraba la casa que obstinada permanecía resistiendo los avatares del clima. Mortecina era la luz que alumbraba su interior. Mohosas eran sus paredes. Envuelta con velos mortuorios que tejían febrilmente las arañas día y noche, estaban los rincones de la sala.
Vestido como un cielo sin estrellas, el anciano le abrió la puerta. Una bocanada de aire muerto turbó al joven que, apostado en el umbral, permaneció sin reaccionar por unos instantes.
Entonces, el anciano le dijo que hacía mucho lo estaba esperando y que las fuerzas del destino habían entrelazado tortuosamente los caminos para que él llegara esa noche.
El tiempo apremiaba y, antes de que el anciano se marchara con sus largos y penosos años, debía de instruir a su novato discípulo.
Le habló con aire cansino:
—Debes de aprender el oficio de vendedor de alegrías pues la humanidad envejeció conmigo y olvidó como si fuese un trasto viejo en algún sótano la felicidad. No cobrarás por tus ventas porque recibirás por cada alegría un contingente de risas. Y tus adquisiciones de jolgorio se multiplicarán en más y más felicidad. Entonces, así, algún día, volverá a renacer la esperanza.

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