Vendo deseos

Contemplo la soga por unos instantes antes de tomar la fuerza suficiente para pasarla por mi cuello. Me sostengo a la pared para no caer aún. Mis pies se sostienen en la barandilla del tercer piso de forma casi misteriosa, pero sé que en cualquier momento resbalarán. O yo saltaré antes. Cierro los ojos y recuerdo la sensación que tuve años atrás, quizá cinco o seis.
Llega un punto en la vida en que uno puede decidir si seguir viviéndola o no. Cuando no hay nadie que anhela tu compañía, cuando no tienes trabajo, cuando ni siquiera tienes una meta para tu vida. En esos momentos, uno puede elegir si tiene suficientes alegrías para compensar.
Todo comenzó el día en que mi esposa me pidió el divorcio. Caí en una profunda depresión durante meses. No porque la extrañase, sino porque la necesitaba. Ese era el principal motivo por el que nos habíamos casado: éramos jóvenes y pobres, mediocres en inteligencia, y nos necesitábamos. Pero al parecer, su carrera de actriz de teatro había sobrepasado la necesidad y, ahora, solo necesitaba a sus compañeros y salientes. Soy consciente de que ahora vive en una lujosa mansión y es la actriz principal de una obra que gana millones a la semana.
La depresión de mi matrimonio fallido provocó que anduviese desaliñado y de malhumor. A su vez, el hombre para el que trabajaba en aquella horrible y pequeña oficina pareció cansarse de mi poca producción y, finalmente, a las pocas semanas de firmado mi divorcio, me despidió. El día que fui a retirar mis cosas ya había tomado mi decisión. Había comprado, incluso, mi arma homicida. Ya no tenía ningún motivo para seguir con esta vida. Y al parecer, esto se reflejaba en mi rostro, ya que Víctor, la única persona con la que hablaba y lo más cercano a un amigo que había tenido desde mi infancia, me extendió su mano y dijo, mirándome a los ojos con pena:
—He escuchado que es buena.
Agarré lo que me ofrecía y lo observé. Era una tarjeta con una dirección y la frase “Vendo deseos” en letras rojas. Justo debajo agregaba “Para quienes se han quedado sin motivos para vivir”. Me fui sin agradecer a Víctor, y jamás lo volví a ver, ni tampoco a nadie de esa oficina.
Decidí al día siguiente darle una oportunidad al “vendedor de deseos”. Fui al lugar que indicaba la tarjeta y me encontré con una pequeña casa, de paredes enmohecidas y la madera de las ventanas carcomida por el tiempo. Golpeé la puerta. Un hombre de pelo canoso me abrió y me observó sin decir palabra.
—Vengo a…—le mostré la tarjeta, sin saber bien cómo completar la frase.
El hombre me hizo señas para que entrase y luego me indicó un sillón agujereado. Me senté allí y esperé. Cuando habían pasado unos quince minutos, una mujer apareció en la sala. Otro hombre, joven aunque arrugado, la seguía. Se veía feliz.
—¡Muchas gracias, gracias!—exclamaba el hombre. La mujer le sonreía con una mirada felina. Lo acompañó hasta la puerta y lo despidió con la mano.
—¡Y no te olvides de recomendarnos!—le recordó antes de cerrar la puerta.
Se volvió hacia mí—adelante— me dijo.
Entré por la puerta que me indicaba y me encontré en una pequeña habitación con almohadones en el suelo. La mujer se sentó en uno y yo en el otro. Había mucho olor a incienso y estaba casi a oscuras.
— ¿Cuál es tu nombre?—quiso saber.
—Pablo.
— ¿Y cuál es tu situación?
— ¿Disculpe?—solté sin entender.
—Aquí vienen de muchos tipos: divorciados, huérfanos, desempleados, viudos. ¿Cuál es tu situación?
—Divorciado… Y desempleado.
La mujer asintió y cerró los ojos. Respiró profundamente.
—No es acá—susurró. —Tenés que irte lejos… a la India. Recién entonces te vas a conocer a vos mismo.
—¿Y qué hago después?
—Después…—abrió los ojos— después vas a saber qué hacer. Te vas a conocer lo suficiente para saberlo.
Sin decir nada más, se paró y me exigió que le pagase. Yo la miré molesto y le dije que no iba a hacerlo. Por un momento, creí que comenzaría a gritarme. Pero guardó la calma y sonrió con dulzura:
—No importa, todo lo que tienes será mío.
El problema no fueron las palabras, ni la sonrisa sino sus ojos felinos mirándome fijamente. Eran amenazadores y me pusieron la piel de gallina. Salí de allí y decidí que le haría caso. Quizá porque no tenía nada mejor que hacer, quizá porque había conseguido asustarme.
Compré un pasaje a la India para dos meses después. El día de mi partida, armé un bolso solo con mis cosas más esenciales, como ropa y algunos libros. También agarré toda mi plata. El resto lo dejé como estaba. La cama deshecha y la comida en la heladera, los platos sucios en la pileta y las ventanas abiertas. Sobre la mesada de la concina, quedó descansando el arma que había conseguido para suicidarme semanas atrás. Años después, me arrepentí de no haberla llevado conmigo.
Durante un tiempo fui casi feliz en la India. Me desapegué de las cosas materiales y, tras años de meditación y ejercicios de autoconocimiento, supe quién era yo y qué quería. Al hacerlo, comprendí que eso no era lo que quería. Conocerme a mí mismo no me interesaba.
Quise hacer un último viaje antes de hacer lo que en verdad quería. Volví a mi país y, del aeropuerto, me dirigí directamente a la casa enmohecida donde estaba “la vendedora de deseos”. Quería decirle que se había equivocado conmigo y que yo había hecho bien en no pagarle. Pero ya no había allí ni rastros de ella.
Fui entonces a mi antigua casa y me encontré con una larga fila hasta mi puerta. Me acerqué y vi el cartel que, en letras rojas, profesaba: “Vendo deseos”. Y debajo agregaba “Para quienes se han quedado sin motivos para vivir”. Sonreí con amargura al entender que, en realidad, no se había equivocado.
Compré una soga y entré en un edificio abandonado. Me encaminé entonces a cumplir mi deseo.
Mis pies se resbalan por fin de la barandilla. Yo me dejo llevar.

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