Coincidencia

Alberto salió a la calle después de desayunar con Elvira, apurado como todas las mañanas. Pero no pudo dejar de reconocer que era otro hombre. Que no era el mismo de la mañana anterior y que nunca más lo sería. La noticia que Elvira acababa de darle, frunciendo su naricita de manera pícara y absolutamente angelical, lo había transformado para siempre. “Estoy embarazada. Alberto, vas a ser papá”. La sorpresa, la alegría… la confusión, la culpa… todo, todo encima de él, como si la noticia hubiera caído desde una altura que lo aplastara, quitándole el aire, confundiéndole las palabras, viéndose disimular detrás de una máscara invisible que trataba de ajustar a sus gestos y muecas, luchando desesperadamente para que Elvira no sospechara nada.
“¡Oh, Dios! Este hijo esperado, tantas veces buscado, por fin llegaba”. Y lo hacía en el peor momento, cuando ya no lo deseaba, ahora, cuando Raquel, hacía apenas tres días le había dado la misma noticia llena de alegría, planeando un futuro juntos, porque una nueva vida, fruto del amor, se abría paso entre los dos. Ya no habría más ocultamientos ni mentiras. Alberto se había despedido de ella jurándole que todo se solucionaría pronto y que estaba dispuesto a hablar con Elvira ese mismo fin de semana.
Y ahora… ¿Qué? ¿Qué hacer? Trastornado caminó hacia el trabajo en vez de esperar el ómnibus. Llegaría tarde, daría una excusa, ¿qué importancia tenía eso ahora? Tenía que pensar…tenía que sentir… tenía que actuar… pero nada estaba en orden dentro suyo. El caos denso y oscuro no lo dejaba ni por un instante. Estaba atomizado, dividido en partículas que conformaban otro hombre, otra persona, otra circunstancia. No quería ser él. Quería evadirse y armarse de otra manera. Pasar a otro cuerpo. Evitar el presente. Ser invisible. Desaparecer. Estaba atrapado. Desesperado.
Como un autómata desembocó en la calle de su oficina y, al doblar la esquina, sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó de rodillas y una patada se le incrustó en el estómago. Alguien palpaba sus bolsillos, quiso gritar y se desmayó.
Cuando recuperó el conocimiento no sabía quién era, ni cómo se llamaba ni dónde vivía. Un policía estaba apostado en la puerta, una enfermera de pie al lado de su cama trataba de inyectarle algo en el brazo y, contra la ventana, dos mujeres hablaban animadamente. Eran Elvira y Raquel. Alberto no las reconoció pero las oyó reírse y pensó: Si no me doliera tanto la cabeza, les pediría a estas dos que hablaran más bajo y se rieran menos. Que falta de consideración tiene la gente. Y volvió a quedarse dormido.
Alberto se fue recuperando lentamente. Tal cual lo había deseado, nunca más supo quién había sido. De a poco fue estrenando una personalidad nueva, sin el menor recuerdo de identidad psicológica ni emocional. Tampoco recordaba su cara anterior pero, la que tenía, le agradaba mucho. La amnesia se le hizo crónica y sin retorno. Había nacido de nuevo a los 33 años. Para él fue absolutamente normal que Elvira y Raquel lo amaran y a él le encantaba amarlas a las dos. Compartieron la misma casa, los mismos gustos, salidas, comidas y hasta viajaron juntos. Pero lo más importante para los tres fueron los niños. Los hijos de Alberto nacieron el mismo día, en la misma clínica, con el mismo médico, con cuatro horas de diferencia. Ambos fueron varones y se parecen al padre. Las mujeres le contaron todo lo sucedido aunque él insiste, perversamente, en no tener la menor idea de cuándo los gestó, ni reconoce ser el protagonista de tan tremenda historia.

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