Seguir latiendo

Nadie hubiera pensado que la vida era muy generosa con Marcela. Su madre falleció siendo ella aún una niña y terminó de armar su vida con una abuela muy mayor. De sus primeros romances, cuando aún no tenía 17 años, quedó embarazada de alguien que desapareció rápidamente de su vida. Unas señoras de una institución religiosa le aconsejaron que diera su hijo en adopción al nacer, cosa que Marcela aceptó sin pensarlo demasiado. Las cosas comenzaron a mejorar cuando consiguió un trabajo interesante en las oficinas de una empresa grande. Se esforzó en ser buena empleada, se capacitó lo más que pudo y su vida pasó a girar toda alrededor de su trabajo. Tuvo varios ascensos por sus propios méritos y, finalmente, el romance con uno de los principales jefes del departamento contable. Llegó a pensar que la vida también podría llegar a ser de color rosa para ella.
Noviazgo, matrimonio, dos hijos y compartir su vida con Arturo, un hombre que realmente la quería. Su esposo ascendió en la empresa y la economía de la familia cambió sustancialmente. La educación de sus dos muchachos fue en adelante la preocupación de Marcela, y no se podía quejar; ambos eran estudiosos y de buen carácter, estaba segura de que tendrían un buen futuro.
Pero ese misterioso duende que algunos llaman destino, decidió ocuparse de Marcela nuevamente. Comenzó una tarde cuando de la cancha de fútbol trajeron a Raúl seriamente afectado, le costaba respirar y hablaba incoherentemente. El golpe demoledor vino unas semanas después, cuando el Director de Cirugía del hospital les dijo que el estado de Raúl era crítico; lo único que podría salvar al muchacho era un trasplante de corazón. Les advirtió que una de las grandes dificultades es obtener el órgano, y pasó a explicarles el complejo sistema por el cual se ubican y distribuyen los órganos donados de personas fallecidas.
Fueron semanas de angustia y temor mientras esperaban la autorización y la búsqueda del corazón para su hijo. Finalmente, una madrugada, el cirujano los llamó para avisarles que el corazón llegaría de Buenos Aires, estaba ya en camino y él planeaba la operación para la última hora de la tarde.
Las horas que duró la operación fueron las más largas de su vida y cuando el cirujano los llamó y les dijo que la operación había sido un éxito total agradecieron al cielo la bendición.
La vuelta a casa, los cuidados, los chequeos médicos y la alegría de ver a su hijo cada día un poco mejor le crearon a Marcela la responsabilidad de agradecer su suerte a quien fuera. Sus sentimientos se confundieron algunas veces con el pensamiento de que para que ella tuviera esta dicha hoy, en algún lugar, otra mujer había perdido un hijo.

En la sección “Donación de Órganos” del hospital, una empleada organiza documentos de un caso terminado.
—María, no debemos seguir hurgando en casos terminados con éxito, tienen información que debe ser indefinidamente mantenida como confidencial, es parte de la ley.
—Sí, sí… pero ¡tú viste completo éste ultimo! El donante fue un joven de nombre Freddy Thomson que murió en un accidente en la ruta en Buenos Aires. Era hijo de Arthur Thomson y Emely Silverstain, del barrio Palermo. Pero esos son sus padres adoptivos. El registro civil dice que el joven nació en Montevideo, su madre natural fue Marcela Larravide, soltera y el padre desconocido. El receptor del corazón, que nosotros hemos visto a diario en el hospital, es hijo de Marcela Larravide y de su esposo Arturo Gutiérrez, ambos uruguayos.
—Pero… ¡me estás diciendo que entonces los dos eran…!
— ¡Es una coincidencia increíble!
—María, guardá esos papeles en el armario y nunca, nunca, pero nunca menciones esto a nadie. Podríamos perder el trabajo las dos… ¡por favor!

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