La máquina infernal

Erase una ciudad superpoblada cuyos habitantes pacíficos, tolerantes e incapacitados de expresar ideas propias vivían en armonía con sus existencias tranquilas pero desabridas. Sin lugar para las diferencias, éstas quedaban anestesiadas por la conformidad o el falso consenso.
Las autoridades obligaban a los ciudadanos a someterse cada seis meses a un tratamiento succionador de pensamientos divergentes que operaban diversas máquinas extendidas a lo largo del orbe como si fueran cajeros automáticos, dispensadores de bebidas o combustibles.
Estas máquinas constaban de un gran artefacto similar a los antiguos secadores de pelo de las peluquerías. El usuario lo colocaba en su cabeza y, luego de digitar un pin, un complejo mecanismo era accionado, dejando como consecuencia el cerebro plano como un mar previo a la tormenta y vacío como un bolsillo a fin de mes.
Varias células de conspiradores, que actuaban bajo la protección de las horas nocturnas, lograban desactivar por un tiempo algunas de estas máquinas. Un informante en filas del enemigo les había proporcionado el código para tal fin.
Las autoridades al descubrir dicha maniobra acometieron una intensa investigación entre sus cuadros dirigentes hasta dar con el espía, al que expusieron al escarnio públicoen la plaza principal de la ciudad bajo la cobertura de los diferentes medios de comunicación.
Seguidamente, encomendaron a un grupo de expertos la creación de sofisticados códigos de seguridad que se intercambiarían alternativamente y así despistar a los conspiradores por si acaso la medida ejemplificante no hubiera sido suficiente para detenerlos.
Estos pasaron un buen tiempo abatidos y dispersos hasta que lograron recomponerse e infiltrar un nuevo informante.
La tarea que tenían ahora se presentaba mucho más difícil, ya que los códigos cambiaban continuamente sin ninguna lógica o criterio que ellos pudieran descubrir.
Una noche, en su habitual ronda nocturna, dos conspiradores observaron una luz en el estrecho cubículo que albergaba a una de las máquinas. Se acercaron en silencio y,a través del cristal, se coló una visión que los llenó de asombro. Un chiquillo en puntas de pie, de espaldas a ellos, manipulaba con destreza las teclas del artefacto. A continuación, un pitido continuo indicaba que la máquina había sido desactivada.
Los conspiradores boquiabiertos no podían dejar de mirar la escena. Ellos no sabían que el chiquillo era uno de los tantos que habían desarrollado una peculiar inmunidad a los efectos perniciosos del tratamiento. Uno de los tantos afortunados que en un futuro vencerían al sistema.

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