Tú, yo y el Maracanazo

Aquel 16 de julio de 1950 la voz de Carlos Solé lograba que olvidara por un rato mi tristeza que, en aquel crudo invierno montevideano, me había provocado tu abandono. El tono enfervorizado del relato iba en aumento y,momentos, podía engañar mi propia realidad e imaginarme a los once audaces jugadores uruguayos dispuestos a desafiar nada menos que a Brasil para quedarse con el título de campeones del mundo.
Dejé la taza de café a un lado, y me dispuse a subir el volumen de la radio. Don Carlos relataba las instancias del juego con auténtico entusiasmo y emoción…
“Se va adelante Julio Pérez con la pelota esperando que se cruce Ghiggia. Julio Pérez sigue atacando. Pérez a Ghiggia. Ghiggia a Pérez. Pérez avanza, le cruza la pelota a Ghiggia. Ghiggia se le escapa a Bigode. Avanza el veloz puntero derecho uruguayo. Va a tirar. Tira. Gooooool, gooooool,gooooool uruguayo”(Fuente Wikipedia).
El grito de gol surgió también de mi garganta y se unió a las aclamaciones de los vecinos del barrio y a la voz enronquecida de mi hermano mayor que celebraba la victoria desde su habitación en la planta alta de nuestra casa.
Al terminar el partido,nos unimos en un abrazo creyéndonos, igual que un inmenso colectivo de ciudadanos, que todo el mundo nos miraba solo a nosotros. ¡Qué linda sensación era esa! Sentir que todas las miradas confluyen en uno justo cuando más apenada me sentía por tu ausencia. Tú habías sido mi primer amor.El primer novio que se había sentado temblorosamente en el sillón del living bajo el examen minucioso de los ojos de mis padres.
Sin embargo, habías sido también quien,evadiendo los controles paternos, me besabas amparados en las sombras del zaguán o de las esquinas. A pesar de tus veinte años, los versos que me escribías eran más propios de un hombre maduro, con mayor experiencia de la vida y no de un joven, aspirante a escritor,estudiante de derecho que vivía con una mensualidad asignada por su padre, abogado de un importante buffete. Quizás era eso lo que más me atraía de ti. Yo leía tus poemas noche a noche y me dormía embriagada por tus palabras e ilusionada con la certeza de un nuevo encuentro.
Una fría noche de junio, a la salida del cine, mientras me acompañabas a casa me dijiste que debíamos dejar de vernos por un buen tiempo. Nunca creí en las razones que me diste, me sonaron a excusas vanas.No hablaste de tus sentimientos. Mencionabas un trabajo que tu padre te ofrecía y de frecuentes viajes al interior. A partir de esa noche, intenté llamarte varias veces pero quien atendía frecuentemente mis llamadas, un mayordomo seguramente, me respondía: “El joven Piero no se encuentra, ¿desea dejar un recado?”
Sin embargo, aquella tarde, cuando mi hermano me preguntó si deseaba acompañarlo hasta el centro para unirnos a los festejos callejeros, no decliné su invitación. Me entusiasmó la idea de sumarme a la algarabía general y contagiarme del espíritu festivo de la muchedumbre.
Subimos por la calle Ejido hasta la principal avenida y tomamos por ella hasta la Plaza Independencia. Caminábamos mezclados entre la gente que hormigueaba las calles y nos sumábamos con nuestras voces al grito de “Uruguayos campeones” saludándonos con desconocidos como si fuéramos hermanos de sangre. El sonido de las bengalas, la estridencia de las bocinas de coches y autobuses contribuían a aumentar la excitación. Gentes salidas de todas partes entonaban cánticos, bailaban y tiraban serpentinas convirtiendo al festejo en un verdadero carnaval.
Ya habíamos pasado el Palacio Santos cuando mi hermano me invitó a hacer un alto en la confitería. Deseábamos tomar algo caliente que pudiera suavizar nuestras gargantas roncas por los gritos y la fría humedad que a esa hora de la tarde ya comenzaba a sentirse.
Seguimos hasta la plaza Cagancha y entramos al Gran Café Ateneo. Estaba repleto. Solo unas dos mesas al fondo estaban vacías. Ni bien nos sentamos, fue cuando te vi. Estabas en una mesa alejada de la nuestra, contra el ventanal. No estabas solo. Frente a tí estaba, ella. Bonita, bien vestida. Por su vestimenta, deduje que era una dama de la alta sociedad. Te llevaba varios años, lo más seguro era que hubiera pasado la treintena. Tú no tenías ojos más que para ella. Entre las manos unidas de los dos, se enfriaban las tazas de té. Me volví a colocar el saco, tomé mi cartera y tironee del brazo de mi hermano para irnos sin que el mozo pudiera tener oportunidad de retirar nuestro pedido.
Tú querrás saber por qué, justamente ahora, he desenterrado estos recuerdos ya casi olvidados después de más sesenta años. Ahora, a mis ochenta y cuatro años,los veo tan lejanos que ya me saben a agridulces memorias de mi juventud. Sucede que mi hijo ha venido a visitarme al residencial geriátrico, lugar que ha sido mi casa desde hace seis años y juntos nos hemos sentado a ver el partido Uruguay-Italia. Estamos en el 2014, el Mundial se juega en Brasil. ¿Habrá otro Maracanazo? ¿Habrá otro aniversario de nuestra separación?
Escuché hablar a las cuidadoras de la noche. Decían tu nombre: Piero Risso y que habías ingresado el día de ayer. Comentaron que tu Alzeimer era incipiente.
¿Eres el Piero Risso que yo conocí? Tengo que averiguarlo. Voy a guardar estas páginas que he escrito para el caso de que seas quién creo y alguien pueda hacértelas llegar. Espero que Uruguay deba enfrentarse nuevamente a Brasil y que le gane; pero que esta vez a pesar de todo el tiempo transcurrido, tengamos una nueva oportunidad.

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