Sabrosos Delirios

De las memorias del Amor muchas son las historias que se recogen. A veces dulces, otras veces saladas. Finales picantes, gustosos y de los otros…

En América Latina, allá por el siglo XVII sucedió una de estas historias. Hay quienes dicen que más precisamente fue en el Río de la Plata. Mucho se ha discutido sobre eso y la verdad que ya poco importa, se perdió entre los recuerdos del tiempo.

Tanto ella como él eran seres de mundo. Hacía un largo tiempo que se conocían. Puede que todo haya empezado una tarde de invierno junto a los leños de la estufa o posiblemente fue en uno de esos días de primavera en algún rincón de estas queridas tierras. Su relación fue un poco más allá. Quizás vieron el cortejo de las palomas, o tal vez se enternecieron por las flores que entregaban su polen al viento para transportar su amor. Hay quienes piensan que fueron los coloridos guiños con que el Sol, a través del mar, saluda a la Tierra en cada amanecer o atardecer los que propiciaron este encuentro. Lo cierto es que alimentados por el fuego, por la pasión, por el saberse el uno para el otro, entregaron sus cuerpos y unieron sus almas. Se fundieron en el amor y en la locura de la cual ya no habría retorno. Ella vestía el color de la pureza, él tenía una gran dulzura. Fueron varias las vueltas enredados en su delirio, en el goce, en el entusiasmo y el frenesí. No se detuvieron sino hasta sentir que su unión tomaba una nueva forma, más firme como para adaptarse a las circunstancias pero, sin ser tan solida que se resquebrajara frente a los golpes de la vida. A partir de este encuentro, nació un hijo a quien en diferentes lugares le han llamado de diversas formas. Ariquipe, manjar blanco o dulce de leche por estos lados. En su enardecida lujuria, Cupido los flechó por la eternidad y, junto a ellos, a casi todos los que alguna vez gustamos de su dulzura y, cuchara en mano, recorremos el tarro enredados en el delirio, en el goce, en el entusiasmo y el frenesí.

La bombachita traviesa

—Te confieso, amor, que reconozco y valoro la prolijidad con que ordenás mi ropa. Sé que es una tarea difícil por lo despelotado que soy, pero vos siempre tenés mi cajón de ropa interior impecable.

—Alfre, ¿qué pavada es esa? —preguntó intrigada. Me reviento para tener todo arreglado pese al desparramo que vos dejás.

—Lo que pasa es que hay una cosa que me tiene intrigado: tu bombachita beige bordada tan bonita. Todas las semanas aparece en mi cajón.

—¡Ay! Alfre, no seas tan maniático, ¿cómo va a aparecer mi bombacha en tu cajón?

—Todas las semanas aparece en mi cajón de la cómoda y yo la paso al tuyo, pero ella vuelve. Ya me empezó a intrigar ¿Qué estará pasando?

—No sé, tal vez estés exagerando.

—No exagero nada. Tengo varias teorías, y no sé si algún día podré confirmar algunas de ellas.

—¿Y cuáles son tus sesudas teorías? —preguntó curiosa sospechando algún disparate de mi parte.

—Tal vez se piensa que soy fetichista y que en algún momento la voy a usar, mimar, adorar.

—¡Qué pavada! ¿Y las otras teorías?

—Esta es más descabellada. Si ella se cree que cambié de orientación sexual, no va a tener suerte. Te juro mi amor que eso no es cierto, estoy muy bien así como estoy, así como estamos.

—Cada vez peor ¿Y las otras?

—No, sólo una más. Lo más probable es que ella venga a visitar y charlar con sus colegas masculinos. Por algún lugar se pasa del cajón de abajo para el de arriba. Se queda algún día de visita hasta que yo la paso al lugar que le corresponde. Ni me imagino de qué vendrá a hablar.

—Y… tal vez venga a comentar que a veces los tiramos en el suelo sin ninguna consideración —comentó su dueña sonriendo con picardía.

Según se mire

“Si peleamos contra el mal, peleemos contra el más terrible de todos: la indiferencia”. Patch Adams

Esa mañana el sol encandiló mis ojos aún adormilados y me animó a ponerme de pie y vestirme para ir a desayunar. La habitación del hotel, en pleno centro de la ciudad de Valdivia, me había recibido con su confort y satisfecho mi necesidad de aislamiento y soledad, fruto de la separación con mi esposa y del alejamiento de mis hijos ya crecidos.
Mientras bebía el jugo de naranja recordé que había dejado la cámara de fotos en la habitación y apuré el desayuno. Volví a mi pieza, y antes de tomar la cámara observé que varias fotos familiares, de esas que cada uno de nosotros lleva consigo, asomaban del cajón abierto de la mesa de luz.
Cuando retorné con mi Olympus colgada del cuello, el sombrero Fedora presidiendo mi cabeza y los Ray Ban para protegerme del sol, comprobé en el espejo del lobby que mi persona había adoptado el aspecto de un típico turista.
Las palabras de la guía, una atractiva rubia cuyo ajustado talleur resaltaba aún más sus curvas, me sacaron del estado hipnótico en que me había sumido la visión de su cuerpo.
“Señor ya estamos subiendo al micro bus” me anunció moviendo unos labios carnosos pintados a penas con brillo labial color rosa.
Ya ubicados en el vehículo, la chica dijo llamarse Zully y que sería nuestra guía durante ese tour mañanero. Había tomado el altavoz, lo que hacía más potente el tono de locutora con la que nos atosigaba con datos e informaciones relevantes acerca de la ciudad que recorríamos.
Cada tanto contoneaba su cuerpo al andar por el bus y señalaba parques, plazas, avenidas y centros comerciales hablándonos con ese indiscutido acento que tienen los chilenos. Cuando descendíamos para conocer algún atractivo especial de la ciudad, no dudaba en enfocar mi cámara para capturar esa imagen llamativa o con algún detalle particular que pudiera convertirse luego en un testimonio de mi viaje.
Mientras sacaba las fotos pensaba en lo tedioso que debía ser el trabajo de una guía, teniendo que repetir diariamente un discurso ya preparado ante unos cuantos turistas, algunos de los cuales eran impertinentes, demandantes o respondones.
El día se presentaba espléndido. La combinación del azul del cielo con el verde de la vegetación sumados a una temperatura cálida pero no agobiante invitaban a caminar para despertar nuestros sentidos deseosos de entrar en contacto con la naturaleza.
Al llegar al parque Saval, nos detuvimos y bajamos del micro para hacer una recorrida a pie por el predio. Ni bien pusimos los pies sobre el suelo, un aire más purificado salió a recibirnos y los cohiués, inmensos árboles ornamentales que movían sus hojas al viento, lograron acallar nuestras voces para permitirnos escuchar el murmullo del follaje. Solo el click de nuestras cámaras, lograba interrumpir ese sonido relajante captado por los oídos.
Zully nos informó que este parque es propiedad del municipio de Valdivia. Luego de enumerar las mejoras que las autoridades emprendieron en el 2002, nos invitó a seguirla en una recorrida por las distintas áreas para luego ya sobre el mediodía llegar hasta el patio de comidas para realizar el almuerzo previo a la vuelta al hotel.
Mientras atravesábamos los distintos senderos admirábamos la belleza del paisaje, hasta tal punto que sentíamos innecesaria la descripción por parte de Zully que solo agregaba cháchara insulsa. Las lagunas cubiertas por las flores de loto, el bullicio de las aves entre las distintas especies de árboles, la armonía cromática entre las flores; todo el entorno hablaba por sí solo.
Tan absortos estábamos en la contemplación que la guía debió arrearnos cual ganado para que pudiéramos salir del área boscosa para encaminarnos al sub-parque temático dedicado a las esculturas.
Cuando llegamos allí, ella nos dijo que íbamos a encontrar obras hechas en madera, piedra o metal y nos invitó a que la siguiéramos para conocer una que particularmente llenaba de orgullo al pueblo chileno.
El tono de voz de Zully, artificialmente enfático, nos instó a mirar una escultura en madera que representaba dos figuras estilizadas: la de un niño que bebía de un cuenco y la de un hombre joven que lo sostenía en brazos.
Una placa de bronce lucía la siguiente frase “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad” y además un nombre y fecha. José Pedro Boix Fonseca, 1935-2000
A continuación,la guía, aún con la sonrisa impostada en sus carnosos labios pero ahora despintados, informó que la obra era en homenaje a un brigadista de nacionalidad argentina que integraba un grupo de voluntarios venidos a Valdivia en ocasión del terremoto y tsunami en mayo de 1960.
La magnitud del cismo fue de 9.5 grados en la escala de Richter y trajo consigo el maremoto, los derrumbes, incendios e inundaciones.
Este hombre, inmortalizado en la estatua, se desempeñaba como payaso hospitalario en su país de origen, ocupación que le ayudó a tratar con tantos refugiados dándoles consuelo y sacándoles alguna sonrisa con sus bromas y juegos.
Todos los chilenos valoraban su compromiso y valentía al internarse sin miedo entre los escombros para rescatar a las víctimas.
A esta altura del relato Zully esbozaba una sonrisa más impostada e invitaba a cuantos quisieran a sacarse fotos junto al monumento.
—¿Quiere pararse usted junto a la estatua que yo le saco la foto? —me preguntó una cincuentona robusta y bronceada por el sol que pasaba el pañuelo por las incipientes gotitas de sudor que resbalaban bajo su sombrero.
—No, muchas gracias— respondí — José Pedro era mi padre
Y dicho esto, me di vuelta y emprendí el camino de regreso hasta el parador para almorzar.
Mientras caminaba pensaba en él.

Pucha viejo, cuando más te necesité tú no estabas conmigo…¡Qué paradoja! Un pueblo te venera… sin embargo… solo tengo memoria para las mentiras que inventé de niño a mis amigos en la escuela… en el baby fútbol… en el fin de cursos… y en tantos lugares donde los chicos sentían el orgullo de saber que su padre estaba ahí para alentarlos.

Esencias de la vida

Anoche me debatía en mi cama bajo la penumbra que abarcaba cada rincón de mi cuarto de soltera.
Era él el que me quitaba el sueño y me llenaba de nerviosismo. Era él el que hacía que se estremeciera cada fibra de mí ser. Apenas me venía a la idea su futura presencia en mi casa, y ya empezaba a perder el control de mis actos.
Le había dicho… tal vez sin pensarlo o quizás… sí lo había pensado (porque muy en mis adentros así lo deseaba) que quería que viniese a cenar. Bueno… en realidad que viniese y que juntos preparáramos una cena. Pensé que así estaríamos más distendidos y fluiría mejor la velada.
¡Qué ocurrencia! No sé donde estaba mi cabeza. Es que, desde que me lo habían presentado, quedé perdida bajo su embrujo! Lindo, agradable y, como si fuera poco, le gustaba cocinar… ¡Me quiero morir!
¡Ya estaba hecho! ¡Iba a venir y… punto! Sin duda, podría manejar la situación…
Lo “típico”. Llegó con el vinito y el ramo de flores, ¡por supuesto!
Me digo a mi misma: Aflójate, disfruta del momento, no seas tan crítica. Sí, sí, eso mismo, flojita…
—Eso es pimienta ¿sabés?
—…
—¡Ah! ¿Te gusta bien picante? Sí, a todos los hombres le gusta el picante, tiene algo así como más sazón la comida, no sé, más exótico, ¿no?
—…
—No, pero… no hay problema. Igual, después de comer, me tomo algo para el estómago.
—…
— ¿Lo vas a fritar? ¡No, no tranquilo! Es que yo como todo al horno pero… hace de cuenta que estás en tu casa. No me hagas caso.
—…
—Ehh… poquita sal para mí… No… te digo por las dudas… es que te veo entusiasmado con el salero.

Descorcha el vino, se aproxima a mí con toda su sensualidad y envuelto en una nube de aromas. Despierta en mí, agazapada y temerosa, la esencia de la vida.
La cena espera entibiándose mientras nosotros ardemos en el calderón de las delicias.

Una vez tuve un sueño escalofriante…

… era verano y varias mujeres nos estábamos divirtiendo. Estábamos reunidas en jardines diseñados en varios planos. Había fuentes y bancos de piedra. La fiesta era sólo de mujeres. Pero él estaba ahí. Jugábamos en las fuentes, reíamos, chocábamos las copas, caminábamos en grupo o de a dos. Era una linda fiesta. Pero él estaba ahí. Yo lo veía, sentado en un banco, despatarrado y laxo, observándonos. Creo que todas lo veíamos. Yo lo sentía mío. Creo que todas lo sentían suyo. Él me observaba mucho y yo era feliz. A las otras también las miraba. Y ellas eran felices. Todo transcurría en paz y armonía para nosotras. Pero su cara se tornaba cada vez más oscura, sus ojos se entornaban, y su nariz aguileña se fue transformando en un pico agudo, boca amenazante y filosa. Su camisa negra fueron alas que enfundaron sus brazos. Y comenzó a volar sobre nosotras y sobre los frescos jardines perfumados. Las mujeres sentimos la amenaza y nos juntamos. Al mirarlo a él, veíamos al ave de rapiña. Y con ese extraño poder que emana de las mujeres cuando quieren y se unen, en un santiamén, nos convertimos en serpientes.
Yo miraba mi sueño desde un árbol, enroscada a su follaje, camuflada y solapada. El ojo penetrante del aguilucho me buscaba desde el aire. Planeaba en círculos sobre nosotras, reptiles escurridizos y traicioneros. Se sentía fuerte pero nos temía. Depredador experto, buscaba aniquilarnos de a una. Y logramos engañarlo. Nos creía alejadas y separadas y osó posarse en un montículo cerca de mi árbol. Apenas lo hubo hecho, emergieron reptando decenas de nosotras desde el fondo de la tierra, detrás de cada roca, y otras como yo, se tiraron de los árboles. Con nuestros cuerpos construimos una red y lo envolvimos, paralizándolo con mordidas muy precisas. Su pico quedó inerme, sus alas inutilizadas y sus garras indefensas. Lo torturamos hasta el final del sueño. Un sueño femenino y escalofriante… pero el aguilucho, peligroso y estafador, no volvió…
Nunca pude olvidar este sueño, porque seguí soñándolo durante años. Consulté psicólogos, chamanes, y astrólogos. Pagué fortunas por entender cualquiera de las explicaciones que me dieron. Ninguna me resultó creíble, ninguna la sentí como verdadera. Un día, me di cuenta de que el sueño había desaparecido, y dejé de temerle a la noche. Pasaron varios años y, cuando ya parecía haberse perdido en los vericuetos del inconsciente, encontré en la biblioteca de una amiga un libro extraño y antiguo, con la explicación exacta y definitiva del significado de mi sueño.
El libro tenía, marcando la página, una tira repujada en cuero, con la figura de una serpiente y un ave de rapiña sobrevolándola. Las hojas, marcadas en varios lugares, subrayadas en negro con trazos nerviosos. Y las figuras eran exactamente iguales a las de mi sueño, el lugar, el paisaje las mujeres dibujadas en detalle, danzando, bailando, tomando, riendo, y él. Él, siempre, en cada lámina. Y la transformación, suya, la nuestra. Pude reconocerme en todos los dibujos, pero también reconocí a mi amiga. Estaba junto a mí, en todas las láminas. Aún siendo serpientes, reconocí sus ojos reptando junto a los míos. Atacándolo, como la hacía yo. Mordiéndolo, como lo hacía yo, hasta dejar al aguilucho extenuado contra las rocas.
Mi estado de ánimo era terrible. Desesperada, cerré el libro y oí a mi amiga, que sorprendida me llamaba. Supe que me había quedado dormida apenas terminamos de almorzar y pasamos a la biblioteca. Aún confusa, pregunté por el libro que estaba leyendo al dormirme y que ahora no estaba en mis manos.
— ¿Cuál libro? —preguntó Esther, riendo.
—El de las figuras de las mujeres. El del marcador de cuero, con una serpiente y un águila. Ése antiguo y extraño que tú me alcanzaste junto a la copa de licor.
—Mmmm, Alicia, qué mal te cayó la siestita. Nunca llegué a darte ningún libro, ni tú sacaste uno. Ni siquiera nos acercamos a la Biblioteca. Nos apoltronamos a charlar y yo te conté sobre un sueño, un sueño horroroso que me persigue desde hace un tiempo. Donde él está y pasan cosas terribles… pero bueno… vos te quedaste dormida enseguida. Ahora que te despertaste quiero contarte ese sueño terrible. No lo puedo interpretar. Estoy yendo al psicólogo, grupos esotéricos, maestro espirituales, para que me expliquen, porque ¿sabés?, en mi sueño somos todas mujeres en un jardín, jugando y riendo. Él está siempre mirándonos y, de pronto, se transforma en un ave negra de rapiña… y las mujeres… nos transformamos en serpientes, y…

La Rubia Linda, el Ruloso Bolichero y la boa esperanzadora

— ¡Pero qué frío que hace!— mencionó cerrándose el traje y cruzando los brazos en su pecho intentando, más que darse calor, llamar la atención de la rubia sentada junto a él. Un gorro colorido y una enorme bufanda dejaban al descubierto unos ojos celestes y una nariz semejante a un botón.
—Dicen que los hombres pasan menos frío que las mujeres pero, por como viene el invierno, yo que vos me compro una bufanda— contestó, al tiempo que desviaba su mirada de la ventana del 121 para encontrarse con los ojos negros del hombre sentado junto a ella. De prolijo traje, portafolio de cuero y mirada fuerte, pronto le hizo recordar a Manuel.
—Más que una bufanda me parece que voy por una boa como la tuya; ¿no te está ahorcando eso?— dijo señalando al cuello de ella.
Su comentario tuvo el efecto buscado, dado que ella desajustó la bufanda que rodeaba su cuello, mentón y boca para dejar al descubierto unos finos labios rosa claro que completaban su lindo rostro.
—Prefiero quedarme con poco aire, pero no pasar frió en este invierno cruel— comentó en un tono melancólico.
Su pensamiento viajó tres meses hacia atrás, al comienzo del otoño, cuando Manuel le dijo que necesitaba un tiempo. Alegó que se sentía sofocado, atrapado y que necesitaba estar solo. Hasta ese día seguía sin entender aquellas palabras que habían roto lo que para ella era un mundo feliz. Los desayunos de a dos, el mono ambiente en Avenida Brasil y Berro, las vueltas del trabajo juntos, todo había quedado en un pasado tan lejano y distinto al presente que ni siquiera parecía parte de su propia vida.
—Un poco de frió no le hace mal a nadie, nos recuerda que estamos vivos— deslizo, trayéndola de vuelta al 121.
El comentario llamó su atención y mantuvo la mirada fija en él. De repente, encontró algo conocido en esas facciones, esa cara ya la había visto antes pero ¿dónde? Buscó alguna información más que le ayudará a descifrar el misterio, y la encontró. Un cuaderno en su mano derecha con las siglas IMS Abogados la dejó helada. Alguna vez, mientras esperaba a Manuel en la puerta de su trabajo para volverse juntos, lo había visto salir con él. Su rulosa cabellera había llamado su atención y recordó preguntarle a Manuel por él. Las palabras exactas de su respuesta vinieron a su mente: “Es un grande, trabaja en la oficina junto a la mía, flor de pibe, y un bocho además. Pero esta para la noche, salir y conocer mujeres por eso nunca armo programa con él”. Esa tarde, lo había bautizado el Ruloso Bolichero.
—Puede ser que tengas razón, pasa que estoy tan acostumbrada a ella que ni cuenta me doy que me aprieta, a veces uno no se da cuenta que necesita un cambio hasta que no se lo hacen notar— soltó entre risas.
El percibió como su tono había cambiado y asumió que de a poco la Rubia Linda iba cayendo en sus encantos.
—Si de cambios hablamos un clavo saca a otro clavo —dijo en tono pícaro—, capaz que necesitas una bufanda nueva, un poco más fina.
—Si me decís que tenés una más fina en el portafolio cambiamos— susurró en tono cómplice, disminuyendo el espacio entre los dos.
Intentaba pensar como desviar la conversación a Manuel. Ahora que estaban entrando en confianza debería hacer referencia al cuaderno y luego de alguna forma, poco sospechosa, preguntar por él. Con cada segundo que pasaba su ansiedad aumentaba y las preguntas se acumulaban. ¿Estaría soltero? ¿Saldría con aquella terraja secretaria, con pinta de rápida, que siempre sostuvo que lo buscaba aunque él lo negaba? ¿Se habría convertido en el nuevo cómplice de la noche del Ruloso Bolichero?
—No tengo, sino con gusto hacíamos el trueque, igual mantengo que te tenés que liberar de esa— dijo haciendo hincapié en la palabra liberar, sospechando que ya no se estaba hablando de la bufanda. Linda, simpática y mejor intrépida, no podía creer su suerte.
Era el momento de cambiar el tema, tenía que averiguar algo de Manuel, cualquier dato a esa altura le venía bien. Después de tres meses de abstinencia de información, lo necesitaba.
—Hagamos esto —prosiguió él sin darle tiempo a ella en indagar en la vida de su ex
-novio—. Dame la bufanda, yo te dejo mi celular y el finde te regalo una mucho más liviana. Eso sí, me tenés que dejar la bufanda como garantía de que me vas a llamar— le lanzó al tiempo que se levantaba del asiento. La próxima era su parada y no podía perderse la oportunidad de volver a ver a la Rubia Linda.
Esta se sorprendió, no se había dado cuenta que estaban a una cuadra del bufete de abogados donde tantas veces supo esperar a Manuel. El Ruloso Bolichero la miraba ansioso esperando una respuesta. Necesitaba saber de Manuel y él seguramente tenía esa información.
—Dale— aceptó ante la curiosidad que la carcomía.
Entre risas y miradas se realizó el trueque.
—Espero tu llamada, sino te quedas sin bufanda— le exclamó mientras bajaba las escaleras del ómnibus y se envolvía en la boa.
Abajo del ómnibus le tiró una última sonrisa que, para su alivio, ella le devolvió. Lo que él no vio fue lo rápido que se le borró esa sonrisa al ver entrar a Manuel de la mano de la secretaria.

Nada para perder

Las llaves del archivador se cayeron como en cámara lenta, parecían hacer piruetas en el aire y se estrellaron en el piso de baldosas con un estruendo que a Matías lo dejó paralizado. Dejó de respirar por unos instantes mientras se recomponía y, aterrorizado, esperó para ver si ese ruido tenía alguna consecuencia.
Nada interfirió con la tranquilidad de la oficina. Estaba oscuro pero, como un pirata, Matías ya se había acostumbrado. En los pasillos vacíos de lo que alguna vez había sido su oficina, lo único que sonaba era el pasar del tiempo marcado por un reloj de pared. Matías se bajó del banco que había utilizado para llegar a las llaves y, con manos temblorosas, intentó abrir el primer cajón. Su respiración se entrecortaba de los nervios y su frente sudaba. Mentalmente intentaba tararear su canción favorita para no perder la calma, pero no podía concentrarse lo suficiente como para cantar una estrofa entera.
Estaba tan arrepentido de haber ido hasta ahí. Desde el episodio del viernes, su vida, nublada por la rabia y el desespero, se había convertido en un cúmulo de malas decisiones, cada una peor que la otra. Primero, el mail rabioso a su cliente; después, la pelea de bar con el dueño de la empresa; luego, todo el fin de semana fingiendo no haber perdido su empleo y su cordura frente a su esposa e hijos y, ahora, esto. La más descabellada decisión de todas: Ir a la oficina, borracho, de noche y con intención de romperles una ventana o encontrar una ventana semi-abierta y decidir entrar para robarle información a la empresa.
Giró la llave en el cerrojo y se destrancó. Esbozó una sonrisa. No habían cambiado la cerradura. Nadie se había imaginado este escenario. Abrió el cajón y crujió el metal del riel mientras lo cinchaba par afuera. Metió las manos buscando la caja que contenía el disco duro. Sus dedos tantearon a ciegas hasta que se toparon con el plástico. Suspiró de alivio. Al menos este plan estaba yendo mejor de lo que pensaba.
Mientras cerraba el cajón le pareció oír pasos. Se quedó quieto durante un instante. Nada. Debió haber sido el metal del cajón. Cerró con llaves y se trepó al banquito para devolver las llaves donde las había encontrado. Sentía una extraña picazón en el cuello, una sensación de que alguien lo estaba observando. Su corazón se aceleró. ¿Qué hacía si alguien lo encontraba ahora, con información de la empresa en sus manos, claramente infringiendo la ley en más de una manera? No tenía un plan.
Se dio vuelta y se encontró con el peor escenario posible. Un guardia de seguridad con la mano extendida portando un revolver y una cara de susto tremendo.
—Trabajo acá —le dijo Matías, intentando parece natural.
— ¿Qué hace en la oscuridad? —su voz temblaba más que su mano.
—Está quemada la bombita —Matías se estaba sintiendo más cómodo, el muchacho no parecía ser una amenaza.
— ¿Me está tomando el pelo? —le preguntó el guardia con cara de ofendido.
Dio unos pasos hacia adelante, sintiéndose más poderoso con cada paso, agarrando con más fuerza el arma. Estaba parado frente a Matías.
— ¡Qué olor a alcohol! —exclamó.
Con la adrenalina del momento, Matías se había olvidado de lo borracho que había estado. De repente, con el comentario del guardia sintió el peso de todos los besos que le había dado a la petaca que tenía en el bolsillo. No había manera de que pudiera luchar contra el guardia como había pensado, ni tampoco le iba a sacar el arma de una patada ninja como había imaginado.
Envuelto en la frustración del momento, se largó a llorar como un niño. Sacó la petaca del bolsillo y la empinó entre sollozos y luego se la extendió al guarda.
—Me echaron de acá el viernes. Me agarré a piñas con Martin Iglesias —se lamentó. Ya no le importaba nada. Con lo mal que le estaba saliendo todo… de última la seguía embarrando con su honestidad. Que se lo llevaran preso así se terminaba este sufrimiento. —Y… como me dejaron en la calle me vine a robar información así me vengaba de estos conchudos.
El guardia dio un paso más hacia adelante y le puso la mano en el hombro. Matías notó que era un hombre joven y que su mirada era compasiva. Se dio cuenta que era el mismo muchacho que a veces le abría la puerta cuando trabajaba hasta tarde y que incluso alguna vez habían compartido alguna conversación intrascendente sobre el clima.
El guarda lo miró durante un instante y le hizo señas con la cabeza de que se fuera rápido.
—No se preocupe. Yo también lo odio a ese hijo de puta.

Los juegos de la vida

En cierto momento sintió que estaba jugando al Solitario y decidió ser El Detective de su propia vida. Recordó cómo la relación con las Damas de su pasado se había movido entre instantes blancos o negros y fueron las Palabras Cruzadas en lo que en algunos casos parecía una Batalla Naval lo que desembocó en que las piezas de su vida cayeran haciendo un efecto Dominó. Se dio cuenta que volver a armar el Puzle de su existencia exigía un sinceramiento consigo mismo. Dejar atrás las mentiras practicadas en el Truco para sentirse por fin dueño en Monopolio de los eventos de su vivir. Como en el Ping-Pong cada acción tenía una reacción y reconocía perder puntos pues, muchas veces, sus Dardos no daban en el blanco. La cabeza le daba vueltas como un Trompo.
Su Muñeca le había sacado la tarjeta roja, ya no sería su Osito de Peluche. Él había apostado mucho y no podía perder este partido. Pensaría una estrategia y movería sus piezas como en un Ajedrez intentando conquistar un reino que parecía difícil. Se sintió Manchado en su integridad. Ella le había dicho: “Lo tuyo son Patrañas. ¡Desconfío!”. Ignoraba que, en esta mano, él contaba con un as en la manga. Ya no quería seguir saltando La Cuerda por lo que tomó su Autito y condujo a gran velocidad por La Pista. No fue fácil encontrarla. Su Barbie parecía Escondida pero, al verla, en un ejercicio de verdad-consecuencia se la jugó y le confesó que sí se quería casar y, para probárselo, le contó que El Banquero había aprobado su solicitud por lo que se podrían construir la soñada Casita del bloques. Sin ganadores ni perdedores, gritar Bingo en la Lotería de la vida.

Tristeza y dignidad

Jacinto es un peón de estancia que vive con su familia en un remoto paraje del Uruguay profundo, cercano al río Negro. Muy trabajador, buen domador y esquilador y excelente en todos los oficios relacionados a la producción ganadera. Eso sí, de agricultura ni le hablen, “eso es trabajo de mujeres” responde despectivamente cada vez que el patrón le propone sembrar algunas hectáreas de cultivos para alimento del ganado. A pesar de estas frecuentes negativas el patrón lo tiene como su mejor peón, el de más confianza, sabe que él nunca le va a fallar conduciendo una tropa, a Jacinto nunca le va a faltar un animal aunque vengan esas tormentas terribles que visitan el campo de vez en cuando.
Así como Jacinto es un excelente peón es un desastre como persona fuera de la estancia, especialmente como marido y padre. Por suerte para su familia pasa desde lunes temprano hasta sábado a mediodía en la estancia, y los sábados por la tarde se va en su caballo para el boliche del poblado y allí pasa el resto del fin de semana. Son pocas las noches de sábado que llega hasta su casa a ver cómo está su familia, generalmente duerme su borrachera encima de una mesa del bar o en un jergón que Martín el bolichero le extiende sabiendo que si vuelve a su casa en ese estado puede ocurrirle un desastre a él o a su familia. Sólo regresa a casa los domingos de tardecita para llevarle a Rosaura los pesitos que le quedaron de la paga semanal después de cumplir rigurosamente con la deuda generada con Martín, exigir en forma vehemente su cena y dormir profundamente unas horas para arrancar para la estancia a la salida del sol. Esa fue su vida y la vida familiar durante años.
Su carácter hosco, violento e individualista le granjeó la antipatía de todo el poblado y de sus compañeros de trabajo, sobre todo de los jóvenes peones de los cuales se burlaba por su falta de pericia en las labores campestres. Y además la forma servicial y sumisa con que trataba al patrón y su familia lo hacía más odiado aún.
Su único amigo, su fiel compañero es Tubiano, un buen caballo, muy experto en todas las tareas de campo en las que Jacinto se destaca. Son inseparables y prácticamente no pueden estar ni trabajar uno sin el otro. Jamás castigó a Tubiano y siempre lo trató con cariño y respeto, eso que no sentía por los seres humanos que lo rodean.
Un sábado de invierno bajo una tremenda tormenta de viento, granizo y mucha lluvia Jacinto dejó la estancia para ir a su casa previa visita al boliche del pueblo. Al llegar a este se sintió muy a gusto cuando se arrimó al fuego de la chimenea, puso a secar el poncho sobre una silla y pidió una botella de caña con pitanga con la intención de tomarla solo, sin ninguna interacción con los otros parroquianos que también se refugiaban en el local. Afuera había quedado Tubiano, atado a un palenque bajo un alero que lo protegía del viento pero no de la lluvia de costado que lo castigaba como latigazos. El caballo, acostumbrado, esperó horas pacientemente a que su dueño se dignara a montarlo nuevamente.
Tarde en la noche Jacinto pagó su consumición – la botella de caña, dos galletas de campaña y una longaniza – se colocó el poncho como pudo y salió al temporal bamboleándose sin siquiera dar las buenas noches. Apenas pudo subir a Tubiano, no le podía embocar al estribo, menos aún conducir las riendas. El pobre caballo seguramente pensó que lo cosa venía brava, que él tenía que conducir a Jacinto a su casa, total, conocía el camino de memoria.
A pocas cuadras del boliche cruzaba el camino una cañada con un badén por el que normalmente pasaban. Pero a esa altura de la tormenta ya el agua sobrepasaba casi un metro por encima del badén. Al llegar a la cañada crecida Tubiano se frenó y retrocedió. La noche estaba oscura y Jacinto, borracho, ni siquiera se dio cuenta de lo que pasaba. Lo aturdía el ruido del agua, no llegaba a razonar nada pero lo enfureció la negativa de su caballo de cruzar la cañada como lo habían hecho juntos tantísimas veces. Y sobre todo, desobedecerlo. Le clavó las espuelas, lo castigó con el rebenque, pero Tubiano retrocedía y cuanto más relinchaba, más castigo recibía.
Finalmente el caballo obedeció y se metió en el agua enfurecida. Rápidamente la correntada llegó a la barriga de Tubiano, este intentó una vez más regresar pero otra vez fue castigado y sucedió lo inevitable. El caballo avanzó, perdió pie, la corriente arrastró a ambos y animal y jinete desaparecieron en las turbulentas aguas y en la oscuridad de la noche.
El domingo amaneció despejado, por milagro escampó y aunque fría, la mañana amaneció hermosa. Cuando Martín abría el local se encontró con una gran sorpresa: Tubiano se le acercaba, con varias heridas, con la montura caída, casi desprendida, como buscando refugio junto a alguna persona conocida. La alegría de ambos fue notoria, era la primera vez que Tubiano interactuaba con un humano que no fuera Jacinto.
El bolichero conmovido cerró el local, acomodó el recado y montó sobre Tubiano. Ambos se dirigieron a la casa de Rosaura. Cuando esta los vio llegar se imaginó el final de la historia. Antes que Martín le relatara lo que conocía ella ya se había dado había que era viuda, que tendría que seguir criando sola a sus hijos pero sin los escasos pesos que su ausente marido le arrimaba semanalmente. También tomó conciencia de que era libre, que se habían terminado las borracheras, las golpizas, la vergüenza de ser la esposa de Jacinto. El relato de Martín apenas la conmovió, digna y sin perder la calma no dejó escapar ni una sola lágrima. Tomó el caballo por las riendas y lo abrazó con ternura.