Esencias de la vida

Anoche me debatía en mi cama bajo la penumbra que abarcaba cada rincón de mi cuarto de soltera.
Era él el que me quitaba el sueño y me llenaba de nerviosismo. Era él el que hacía que se estremeciera cada fibra de mí ser. Apenas me venía a la idea su futura presencia en mi casa, y ya empezaba a perder el control de mis actos.
Le había dicho… tal vez sin pensarlo o quizás… sí lo había pensado (porque muy en mis adentros así lo deseaba) que quería que viniese a cenar. Bueno… en realidad que viniese y que juntos preparáramos una cena. Pensé que así estaríamos más distendidos y fluiría mejor la velada.
¡Qué ocurrencia! No sé donde estaba mi cabeza. Es que, desde que me lo habían presentado, quedé perdida bajo su embrujo! Lindo, agradable y, como si fuera poco, le gustaba cocinar… ¡Me quiero morir!
¡Ya estaba hecho! ¡Iba a venir y… punto! Sin duda, podría manejar la situación…
Lo “típico”. Llegó con el vinito y el ramo de flores, ¡por supuesto!
Me digo a mi misma: Aflójate, disfruta del momento, no seas tan crítica. Sí, sí, eso mismo, flojita…
—Eso es pimienta ¿sabés?
—…
—¡Ah! ¿Te gusta bien picante? Sí, a todos los hombres le gusta el picante, tiene algo así como más sazón la comida, no sé, más exótico, ¿no?
—…
—No, pero… no hay problema. Igual, después de comer, me tomo algo para el estómago.
—…
— ¿Lo vas a fritar? ¡No, no tranquilo! Es que yo como todo al horno pero… hace de cuenta que estás en tu casa. No me hagas caso.
—…
—Ehh… poquita sal para mí… No… te digo por las dudas… es que te veo entusiasmado con el salero.

Descorcha el vino, se aproxima a mí con toda su sensualidad y envuelto en una nube de aromas. Despierta en mí, agazapada y temerosa, la esencia de la vida.
La cena espera entibiándose mientras nosotros ardemos en el calderón de las delicias.

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