La Rubia Linda, el Ruloso Bolichero y la boa esperanzadora

— ¡Pero qué frío que hace!— mencionó cerrándose el traje y cruzando los brazos en su pecho intentando, más que darse calor, llamar la atención de la rubia sentada junto a él. Un gorro colorido y una enorme bufanda dejaban al descubierto unos ojos celestes y una nariz semejante a un botón.
—Dicen que los hombres pasan menos frío que las mujeres pero, por como viene el invierno, yo que vos me compro una bufanda— contestó, al tiempo que desviaba su mirada de la ventana del 121 para encontrarse con los ojos negros del hombre sentado junto a ella. De prolijo traje, portafolio de cuero y mirada fuerte, pronto le hizo recordar a Manuel.
—Más que una bufanda me parece que voy por una boa como la tuya; ¿no te está ahorcando eso?— dijo señalando al cuello de ella.
Su comentario tuvo el efecto buscado, dado que ella desajustó la bufanda que rodeaba su cuello, mentón y boca para dejar al descubierto unos finos labios rosa claro que completaban su lindo rostro.
—Prefiero quedarme con poco aire, pero no pasar frió en este invierno cruel— comentó en un tono melancólico.
Su pensamiento viajó tres meses hacia atrás, al comienzo del otoño, cuando Manuel le dijo que necesitaba un tiempo. Alegó que se sentía sofocado, atrapado y que necesitaba estar solo. Hasta ese día seguía sin entender aquellas palabras que habían roto lo que para ella era un mundo feliz. Los desayunos de a dos, el mono ambiente en Avenida Brasil y Berro, las vueltas del trabajo juntos, todo había quedado en un pasado tan lejano y distinto al presente que ni siquiera parecía parte de su propia vida.
—Un poco de frió no le hace mal a nadie, nos recuerda que estamos vivos— deslizo, trayéndola de vuelta al 121.
El comentario llamó su atención y mantuvo la mirada fija en él. De repente, encontró algo conocido en esas facciones, esa cara ya la había visto antes pero ¿dónde? Buscó alguna información más que le ayudará a descifrar el misterio, y la encontró. Un cuaderno en su mano derecha con las siglas IMS Abogados la dejó helada. Alguna vez, mientras esperaba a Manuel en la puerta de su trabajo para volverse juntos, lo había visto salir con él. Su rulosa cabellera había llamado su atención y recordó preguntarle a Manuel por él. Las palabras exactas de su respuesta vinieron a su mente: “Es un grande, trabaja en la oficina junto a la mía, flor de pibe, y un bocho además. Pero esta para la noche, salir y conocer mujeres por eso nunca armo programa con él”. Esa tarde, lo había bautizado el Ruloso Bolichero.
—Puede ser que tengas razón, pasa que estoy tan acostumbrada a ella que ni cuenta me doy que me aprieta, a veces uno no se da cuenta que necesita un cambio hasta que no se lo hacen notar— soltó entre risas.
El percibió como su tono había cambiado y asumió que de a poco la Rubia Linda iba cayendo en sus encantos.
—Si de cambios hablamos un clavo saca a otro clavo —dijo en tono pícaro—, capaz que necesitas una bufanda nueva, un poco más fina.
—Si me decís que tenés una más fina en el portafolio cambiamos— susurró en tono cómplice, disminuyendo el espacio entre los dos.
Intentaba pensar como desviar la conversación a Manuel. Ahora que estaban entrando en confianza debería hacer referencia al cuaderno y luego de alguna forma, poco sospechosa, preguntar por él. Con cada segundo que pasaba su ansiedad aumentaba y las preguntas se acumulaban. ¿Estaría soltero? ¿Saldría con aquella terraja secretaria, con pinta de rápida, que siempre sostuvo que lo buscaba aunque él lo negaba? ¿Se habría convertido en el nuevo cómplice de la noche del Ruloso Bolichero?
—No tengo, sino con gusto hacíamos el trueque, igual mantengo que te tenés que liberar de esa— dijo haciendo hincapié en la palabra liberar, sospechando que ya no se estaba hablando de la bufanda. Linda, simpática y mejor intrépida, no podía creer su suerte.
Era el momento de cambiar el tema, tenía que averiguar algo de Manuel, cualquier dato a esa altura le venía bien. Después de tres meses de abstinencia de información, lo necesitaba.
—Hagamos esto —prosiguió él sin darle tiempo a ella en indagar en la vida de su ex
-novio—. Dame la bufanda, yo te dejo mi celular y el finde te regalo una mucho más liviana. Eso sí, me tenés que dejar la bufanda como garantía de que me vas a llamar— le lanzó al tiempo que se levantaba del asiento. La próxima era su parada y no podía perderse la oportunidad de volver a ver a la Rubia Linda.
Esta se sorprendió, no se había dado cuenta que estaban a una cuadra del bufete de abogados donde tantas veces supo esperar a Manuel. El Ruloso Bolichero la miraba ansioso esperando una respuesta. Necesitaba saber de Manuel y él seguramente tenía esa información.
—Dale— aceptó ante la curiosidad que la carcomía.
Entre risas y miradas se realizó el trueque.
—Espero tu llamada, sino te quedas sin bufanda— le exclamó mientras bajaba las escaleras del ómnibus y se envolvía en la boa.
Abajo del ómnibus le tiró una última sonrisa que, para su alivio, ella le devolvió. Lo que él no vio fue lo rápido que se le borró esa sonrisa al ver entrar a Manuel de la mano de la secretaria.

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