Nada para perder

Las llaves del archivador se cayeron como en cámara lenta, parecían hacer piruetas en el aire y se estrellaron en el piso de baldosas con un estruendo que a Matías lo dejó paralizado. Dejó de respirar por unos instantes mientras se recomponía y, aterrorizado, esperó para ver si ese ruido tenía alguna consecuencia.
Nada interfirió con la tranquilidad de la oficina. Estaba oscuro pero, como un pirata, Matías ya se había acostumbrado. En los pasillos vacíos de lo que alguna vez había sido su oficina, lo único que sonaba era el pasar del tiempo marcado por un reloj de pared. Matías se bajó del banco que había utilizado para llegar a las llaves y, con manos temblorosas, intentó abrir el primer cajón. Su respiración se entrecortaba de los nervios y su frente sudaba. Mentalmente intentaba tararear su canción favorita para no perder la calma, pero no podía concentrarse lo suficiente como para cantar una estrofa entera.
Estaba tan arrepentido de haber ido hasta ahí. Desde el episodio del viernes, su vida, nublada por la rabia y el desespero, se había convertido en un cúmulo de malas decisiones, cada una peor que la otra. Primero, el mail rabioso a su cliente; después, la pelea de bar con el dueño de la empresa; luego, todo el fin de semana fingiendo no haber perdido su empleo y su cordura frente a su esposa e hijos y, ahora, esto. La más descabellada decisión de todas: Ir a la oficina, borracho, de noche y con intención de romperles una ventana o encontrar una ventana semi-abierta y decidir entrar para robarle información a la empresa.
Giró la llave en el cerrojo y se destrancó. Esbozó una sonrisa. No habían cambiado la cerradura. Nadie se había imaginado este escenario. Abrió el cajón y crujió el metal del riel mientras lo cinchaba par afuera. Metió las manos buscando la caja que contenía el disco duro. Sus dedos tantearon a ciegas hasta que se toparon con el plástico. Suspiró de alivio. Al menos este plan estaba yendo mejor de lo que pensaba.
Mientras cerraba el cajón le pareció oír pasos. Se quedó quieto durante un instante. Nada. Debió haber sido el metal del cajón. Cerró con llaves y se trepó al banquito para devolver las llaves donde las había encontrado. Sentía una extraña picazón en el cuello, una sensación de que alguien lo estaba observando. Su corazón se aceleró. ¿Qué hacía si alguien lo encontraba ahora, con información de la empresa en sus manos, claramente infringiendo la ley en más de una manera? No tenía un plan.
Se dio vuelta y se encontró con el peor escenario posible. Un guardia de seguridad con la mano extendida portando un revolver y una cara de susto tremendo.
—Trabajo acá —le dijo Matías, intentando parece natural.
— ¿Qué hace en la oscuridad? —su voz temblaba más que su mano.
—Está quemada la bombita —Matías se estaba sintiendo más cómodo, el muchacho no parecía ser una amenaza.
— ¿Me está tomando el pelo? —le preguntó el guardia con cara de ofendido.
Dio unos pasos hacia adelante, sintiéndose más poderoso con cada paso, agarrando con más fuerza el arma. Estaba parado frente a Matías.
— ¡Qué olor a alcohol! —exclamó.
Con la adrenalina del momento, Matías se había olvidado de lo borracho que había estado. De repente, con el comentario del guardia sintió el peso de todos los besos que le había dado a la petaca que tenía en el bolsillo. No había manera de que pudiera luchar contra el guardia como había pensado, ni tampoco le iba a sacar el arma de una patada ninja como había imaginado.
Envuelto en la frustración del momento, se largó a llorar como un niño. Sacó la petaca del bolsillo y la empinó entre sollozos y luego se la extendió al guarda.
—Me echaron de acá el viernes. Me agarré a piñas con Martin Iglesias —se lamentó. Ya no le importaba nada. Con lo mal que le estaba saliendo todo… de última la seguía embarrando con su honestidad. Que se lo llevaran preso así se terminaba este sufrimiento. —Y… como me dejaron en la calle me vine a robar información así me vengaba de estos conchudos.
El guardia dio un paso más hacia adelante y le puso la mano en el hombro. Matías notó que era un hombre joven y que su mirada era compasiva. Se dio cuenta que era el mismo muchacho que a veces le abría la puerta cuando trabajaba hasta tarde y que incluso alguna vez habían compartido alguna conversación intrascendente sobre el clima.
El guarda lo miró durante un instante y le hizo señas con la cabeza de que se fuera rápido.
—No se preocupe. Yo también lo odio a ese hijo de puta.

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