Según se mire

“Si peleamos contra el mal, peleemos contra el más terrible de todos: la indiferencia”. Patch Adams

Esa mañana el sol encandiló mis ojos aún adormilados y me animó a ponerme de pie y vestirme para ir a desayunar. La habitación del hotel, en pleno centro de la ciudad de Valdivia, me había recibido con su confort y satisfecho mi necesidad de aislamiento y soledad, fruto de la separación con mi esposa y del alejamiento de mis hijos ya crecidos.
Mientras bebía el jugo de naranja recordé que había dejado la cámara de fotos en la habitación y apuré el desayuno. Volví a mi pieza, y antes de tomar la cámara observé que varias fotos familiares, de esas que cada uno de nosotros lleva consigo, asomaban del cajón abierto de la mesa de luz.
Cuando retorné con mi Olympus colgada del cuello, el sombrero Fedora presidiendo mi cabeza y los Ray Ban para protegerme del sol, comprobé en el espejo del lobby que mi persona había adoptado el aspecto de un típico turista.
Las palabras de la guía, una atractiva rubia cuyo ajustado talleur resaltaba aún más sus curvas, me sacaron del estado hipnótico en que me había sumido la visión de su cuerpo.
“Señor ya estamos subiendo al micro bus” me anunció moviendo unos labios carnosos pintados a penas con brillo labial color rosa.
Ya ubicados en el vehículo, la chica dijo llamarse Zully y que sería nuestra guía durante ese tour mañanero. Había tomado el altavoz, lo que hacía más potente el tono de locutora con la que nos atosigaba con datos e informaciones relevantes acerca de la ciudad que recorríamos.
Cada tanto contoneaba su cuerpo al andar por el bus y señalaba parques, plazas, avenidas y centros comerciales hablándonos con ese indiscutido acento que tienen los chilenos. Cuando descendíamos para conocer algún atractivo especial de la ciudad, no dudaba en enfocar mi cámara para capturar esa imagen llamativa o con algún detalle particular que pudiera convertirse luego en un testimonio de mi viaje.
Mientras sacaba las fotos pensaba en lo tedioso que debía ser el trabajo de una guía, teniendo que repetir diariamente un discurso ya preparado ante unos cuantos turistas, algunos de los cuales eran impertinentes, demandantes o respondones.
El día se presentaba espléndido. La combinación del azul del cielo con el verde de la vegetación sumados a una temperatura cálida pero no agobiante invitaban a caminar para despertar nuestros sentidos deseosos de entrar en contacto con la naturaleza.
Al llegar al parque Saval, nos detuvimos y bajamos del micro para hacer una recorrida a pie por el predio. Ni bien pusimos los pies sobre el suelo, un aire más purificado salió a recibirnos y los cohiués, inmensos árboles ornamentales que movían sus hojas al viento, lograron acallar nuestras voces para permitirnos escuchar el murmullo del follaje. Solo el click de nuestras cámaras, lograba interrumpir ese sonido relajante captado por los oídos.
Zully nos informó que este parque es propiedad del municipio de Valdivia. Luego de enumerar las mejoras que las autoridades emprendieron en el 2002, nos invitó a seguirla en una recorrida por las distintas áreas para luego ya sobre el mediodía llegar hasta el patio de comidas para realizar el almuerzo previo a la vuelta al hotel.
Mientras atravesábamos los distintos senderos admirábamos la belleza del paisaje, hasta tal punto que sentíamos innecesaria la descripción por parte de Zully que solo agregaba cháchara insulsa. Las lagunas cubiertas por las flores de loto, el bullicio de las aves entre las distintas especies de árboles, la armonía cromática entre las flores; todo el entorno hablaba por sí solo.
Tan absortos estábamos en la contemplación que la guía debió arrearnos cual ganado para que pudiéramos salir del área boscosa para encaminarnos al sub-parque temático dedicado a las esculturas.
Cuando llegamos allí, ella nos dijo que íbamos a encontrar obras hechas en madera, piedra o metal y nos invitó a que la siguiéramos para conocer una que particularmente llenaba de orgullo al pueblo chileno.
El tono de voz de Zully, artificialmente enfático, nos instó a mirar una escultura en madera que representaba dos figuras estilizadas: la de un niño que bebía de un cuenco y la de un hombre joven que lo sostenía en brazos.
Una placa de bronce lucía la siguiente frase “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad” y además un nombre y fecha. José Pedro Boix Fonseca, 1935-2000
A continuación,la guía, aún con la sonrisa impostada en sus carnosos labios pero ahora despintados, informó que la obra era en homenaje a un brigadista de nacionalidad argentina que integraba un grupo de voluntarios venidos a Valdivia en ocasión del terremoto y tsunami en mayo de 1960.
La magnitud del cismo fue de 9.5 grados en la escala de Richter y trajo consigo el maremoto, los derrumbes, incendios e inundaciones.
Este hombre, inmortalizado en la estatua, se desempeñaba como payaso hospitalario en su país de origen, ocupación que le ayudó a tratar con tantos refugiados dándoles consuelo y sacándoles alguna sonrisa con sus bromas y juegos.
Todos los chilenos valoraban su compromiso y valentía al internarse sin miedo entre los escombros para rescatar a las víctimas.
A esta altura del relato Zully esbozaba una sonrisa más impostada e invitaba a cuantos quisieran a sacarse fotos junto al monumento.
—¿Quiere pararse usted junto a la estatua que yo le saco la foto? —me preguntó una cincuentona robusta y bronceada por el sol que pasaba el pañuelo por las incipientes gotitas de sudor que resbalaban bajo su sombrero.
—No, muchas gracias— respondí — José Pedro era mi padre
Y dicho esto, me di vuelta y emprendí el camino de regreso hasta el parador para almorzar.
Mientras caminaba pensaba en él.

Pucha viejo, cuando más te necesité tú no estabas conmigo…¡Qué paradoja! Un pueblo te venera… sin embargo… solo tengo memoria para las mentiras que inventé de niño a mis amigos en la escuela… en el baby fútbol… en el fin de cursos… y en tantos lugares donde los chicos sentían el orgullo de saber que su padre estaba ahí para alentarlos.

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