Tristeza y dignidad

Jacinto es un peón de estancia que vive con su familia en un remoto paraje del Uruguay profundo, cercano al río Negro. Muy trabajador, buen domador y esquilador y excelente en todos los oficios relacionados a la producción ganadera. Eso sí, de agricultura ni le hablen, “eso es trabajo de mujeres” responde despectivamente cada vez que el patrón le propone sembrar algunas hectáreas de cultivos para alimento del ganado. A pesar de estas frecuentes negativas el patrón lo tiene como su mejor peón, el de más confianza, sabe que él nunca le va a fallar conduciendo una tropa, a Jacinto nunca le va a faltar un animal aunque vengan esas tormentas terribles que visitan el campo de vez en cuando.
Así como Jacinto es un excelente peón es un desastre como persona fuera de la estancia, especialmente como marido y padre. Por suerte para su familia pasa desde lunes temprano hasta sábado a mediodía en la estancia, y los sábados por la tarde se va en su caballo para el boliche del poblado y allí pasa el resto del fin de semana. Son pocas las noches de sábado que llega hasta su casa a ver cómo está su familia, generalmente duerme su borrachera encima de una mesa del bar o en un jergón que Martín el bolichero le extiende sabiendo que si vuelve a su casa en ese estado puede ocurrirle un desastre a él o a su familia. Sólo regresa a casa los domingos de tardecita para llevarle a Rosaura los pesitos que le quedaron de la paga semanal después de cumplir rigurosamente con la deuda generada con Martín, exigir en forma vehemente su cena y dormir profundamente unas horas para arrancar para la estancia a la salida del sol. Esa fue su vida y la vida familiar durante años.
Su carácter hosco, violento e individualista le granjeó la antipatía de todo el poblado y de sus compañeros de trabajo, sobre todo de los jóvenes peones de los cuales se burlaba por su falta de pericia en las labores campestres. Y además la forma servicial y sumisa con que trataba al patrón y su familia lo hacía más odiado aún.
Su único amigo, su fiel compañero es Tubiano, un buen caballo, muy experto en todas las tareas de campo en las que Jacinto se destaca. Son inseparables y prácticamente no pueden estar ni trabajar uno sin el otro. Jamás castigó a Tubiano y siempre lo trató con cariño y respeto, eso que no sentía por los seres humanos que lo rodean.
Un sábado de invierno bajo una tremenda tormenta de viento, granizo y mucha lluvia Jacinto dejó la estancia para ir a su casa previa visita al boliche del pueblo. Al llegar a este se sintió muy a gusto cuando se arrimó al fuego de la chimenea, puso a secar el poncho sobre una silla y pidió una botella de caña con pitanga con la intención de tomarla solo, sin ninguna interacción con los otros parroquianos que también se refugiaban en el local. Afuera había quedado Tubiano, atado a un palenque bajo un alero que lo protegía del viento pero no de la lluvia de costado que lo castigaba como latigazos. El caballo, acostumbrado, esperó horas pacientemente a que su dueño se dignara a montarlo nuevamente.
Tarde en la noche Jacinto pagó su consumición – la botella de caña, dos galletas de campaña y una longaniza – se colocó el poncho como pudo y salió al temporal bamboleándose sin siquiera dar las buenas noches. Apenas pudo subir a Tubiano, no le podía embocar al estribo, menos aún conducir las riendas. El pobre caballo seguramente pensó que lo cosa venía brava, que él tenía que conducir a Jacinto a su casa, total, conocía el camino de memoria.
A pocas cuadras del boliche cruzaba el camino una cañada con un badén por el que normalmente pasaban. Pero a esa altura de la tormenta ya el agua sobrepasaba casi un metro por encima del badén. Al llegar a la cañada crecida Tubiano se frenó y retrocedió. La noche estaba oscura y Jacinto, borracho, ni siquiera se dio cuenta de lo que pasaba. Lo aturdía el ruido del agua, no llegaba a razonar nada pero lo enfureció la negativa de su caballo de cruzar la cañada como lo habían hecho juntos tantísimas veces. Y sobre todo, desobedecerlo. Le clavó las espuelas, lo castigó con el rebenque, pero Tubiano retrocedía y cuanto más relinchaba, más castigo recibía.
Finalmente el caballo obedeció y se metió en el agua enfurecida. Rápidamente la correntada llegó a la barriga de Tubiano, este intentó una vez más regresar pero otra vez fue castigado y sucedió lo inevitable. El caballo avanzó, perdió pie, la corriente arrastró a ambos y animal y jinete desaparecieron en las turbulentas aguas y en la oscuridad de la noche.
El domingo amaneció despejado, por milagro escampó y aunque fría, la mañana amaneció hermosa. Cuando Martín abría el local se encontró con una gran sorpresa: Tubiano se le acercaba, con varias heridas, con la montura caída, casi desprendida, como buscando refugio junto a alguna persona conocida. La alegría de ambos fue notoria, era la primera vez que Tubiano interactuaba con un humano que no fuera Jacinto.
El bolichero conmovido cerró el local, acomodó el recado y montó sobre Tubiano. Ambos se dirigieron a la casa de Rosaura. Cuando esta los vio llegar se imaginó el final de la historia. Antes que Martín le relatara lo que conocía ella ya se había dado había que era viuda, que tendría que seguir criando sola a sus hijos pero sin los escasos pesos que su ausente marido le arrimaba semanalmente. También tomó conciencia de que era libre, que se habían terminado las borracheras, las golpizas, la vergüenza de ser la esposa de Jacinto. El relato de Martín apenas la conmovió, digna y sin perder la calma no dejó escapar ni una sola lágrima. Tomó el caballo por las riendas y lo abrazó con ternura.

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