Una vez tuve un sueño escalofriante…

… era verano y varias mujeres nos estábamos divirtiendo. Estábamos reunidas en jardines diseñados en varios planos. Había fuentes y bancos de piedra. La fiesta era sólo de mujeres. Pero él estaba ahí. Jugábamos en las fuentes, reíamos, chocábamos las copas, caminábamos en grupo o de a dos. Era una linda fiesta. Pero él estaba ahí. Yo lo veía, sentado en un banco, despatarrado y laxo, observándonos. Creo que todas lo veíamos. Yo lo sentía mío. Creo que todas lo sentían suyo. Él me observaba mucho y yo era feliz. A las otras también las miraba. Y ellas eran felices. Todo transcurría en paz y armonía para nosotras. Pero su cara se tornaba cada vez más oscura, sus ojos se entornaban, y su nariz aguileña se fue transformando en un pico agudo, boca amenazante y filosa. Su camisa negra fueron alas que enfundaron sus brazos. Y comenzó a volar sobre nosotras y sobre los frescos jardines perfumados. Las mujeres sentimos la amenaza y nos juntamos. Al mirarlo a él, veíamos al ave de rapiña. Y con ese extraño poder que emana de las mujeres cuando quieren y se unen, en un santiamén, nos convertimos en serpientes.
Yo miraba mi sueño desde un árbol, enroscada a su follaje, camuflada y solapada. El ojo penetrante del aguilucho me buscaba desde el aire. Planeaba en círculos sobre nosotras, reptiles escurridizos y traicioneros. Se sentía fuerte pero nos temía. Depredador experto, buscaba aniquilarnos de a una. Y logramos engañarlo. Nos creía alejadas y separadas y osó posarse en un montículo cerca de mi árbol. Apenas lo hubo hecho, emergieron reptando decenas de nosotras desde el fondo de la tierra, detrás de cada roca, y otras como yo, se tiraron de los árboles. Con nuestros cuerpos construimos una red y lo envolvimos, paralizándolo con mordidas muy precisas. Su pico quedó inerme, sus alas inutilizadas y sus garras indefensas. Lo torturamos hasta el final del sueño. Un sueño femenino y escalofriante… pero el aguilucho, peligroso y estafador, no volvió…
Nunca pude olvidar este sueño, porque seguí soñándolo durante años. Consulté psicólogos, chamanes, y astrólogos. Pagué fortunas por entender cualquiera de las explicaciones que me dieron. Ninguna me resultó creíble, ninguna la sentí como verdadera. Un día, me di cuenta de que el sueño había desaparecido, y dejé de temerle a la noche. Pasaron varios años y, cuando ya parecía haberse perdido en los vericuetos del inconsciente, encontré en la biblioteca de una amiga un libro extraño y antiguo, con la explicación exacta y definitiva del significado de mi sueño.
El libro tenía, marcando la página, una tira repujada en cuero, con la figura de una serpiente y un ave de rapiña sobrevolándola. Las hojas, marcadas en varios lugares, subrayadas en negro con trazos nerviosos. Y las figuras eran exactamente iguales a las de mi sueño, el lugar, el paisaje las mujeres dibujadas en detalle, danzando, bailando, tomando, riendo, y él. Él, siempre, en cada lámina. Y la transformación, suya, la nuestra. Pude reconocerme en todos los dibujos, pero también reconocí a mi amiga. Estaba junto a mí, en todas las láminas. Aún siendo serpientes, reconocí sus ojos reptando junto a los míos. Atacándolo, como la hacía yo. Mordiéndolo, como lo hacía yo, hasta dejar al aguilucho extenuado contra las rocas.
Mi estado de ánimo era terrible. Desesperada, cerré el libro y oí a mi amiga, que sorprendida me llamaba. Supe que me había quedado dormida apenas terminamos de almorzar y pasamos a la biblioteca. Aún confusa, pregunté por el libro que estaba leyendo al dormirme y que ahora no estaba en mis manos.
— ¿Cuál libro? —preguntó Esther, riendo.
—El de las figuras de las mujeres. El del marcador de cuero, con una serpiente y un águila. Ése antiguo y extraño que tú me alcanzaste junto a la copa de licor.
—Mmmm, Alicia, qué mal te cayó la siestita. Nunca llegué a darte ningún libro, ni tú sacaste uno. Ni siquiera nos acercamos a la Biblioteca. Nos apoltronamos a charlar y yo te conté sobre un sueño, un sueño horroroso que me persigue desde hace un tiempo. Donde él está y pasan cosas terribles… pero bueno… vos te quedaste dormida enseguida. Ahora que te despertaste quiero contarte ese sueño terrible. No lo puedo interpretar. Estoy yendo al psicólogo, grupos esotéricos, maestro espirituales, para que me expliquen, porque ¿sabés?, en mi sueño somos todas mujeres en un jardín, jugando y riendo. Él está siempre mirándonos y, de pronto, se transforma en un ave negra de rapiña… y las mujeres… nos transformamos en serpientes, y…

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