No hay mal que por bien no venga

La fiesta de esa noche prometía ser de las mejores del año. Venía enlazada con la época de la vendimia y estaba organizada en las bodegas de uno de los viñedos más importantes del país. Febrero caía a plomo en olas de calor trepadoras. Me puse un vestido de gaza seductor, escotado y envolvente. Me calcé livianas y transparentes sandalias de tiras. Me maquillé y me peiné hacia arriba, con un gracioso moño, engarzado con un broche negro de pedrerías. Cuando me miré, me aprobé con una sonrisa.
A las 20hs. nuestros amigos pasaban a levantarnos en su auto. Mi esposo ya estaba pronto y, con su típica ansiedad, esperaba al matrimonio en la puerta de calle. Su jefe y su esposa pasarían por nosotros. Claudio había establecido una buena amistad con ellos, y yo los vería por segunda vez.
La cava era impresionante y estaba llena de diplomáticos, gente del gobierno y empresarios. Yo me sentía muy segura de mí misma, y veía que despertaba cierta admiración en hombres y mujeres. Pronto comenzaron a servirnos distintos tipos de jerez helado, “para matar la sed”, según dijo el jefe de mi esposo. Deliciosa manera de cometer un crimen, pensé yo, luego de mi tercera copa. Los bocaditos escaseaban, y comencé sentir hambre, un hambre feroz con urgencia de comer, bastante irracional. Las pocas bandejas que aparecían eran vaciadas en un santiamén por las primeras y afortunadas manos ubicadas cerca de la cocina que actuaban al estilo del más temible de los insectos: la marabunta. Dejé al grupo de mi esposo y busqué un lugar estratégico. Sin darme cuenta, me convertí en la reina del hormiguero y pelee cada bocadillo. El jerez seguía promocionándose en abundancia y yo seguía con sed, y no dije no a ninguna vuelta.
En determinado momento, me encontré subiendo la escalera con dificultad. Mi intención era ir al baño de señoras, no lo puedo creer, esta escalera es eterna, pensé, malhumorada. Alguien, vino en mi ayuda y me tomó del brazo. Sé que le causé una inexplicable lástima a la cuidadora del baño quién se ofreció a ayudarme en la rutina de bajarme las medias y la bombacha. Me aparté de ella ofendida, y luché varios minutos para lograrlo, no del todo bien, porque al bajar la escalera, me noté mojada en la entre pierna y húmedos los zapatos. ¡Que bueno estar mojada, con este abominable calor! pensé naturalmente agradecida. Luego, intenté reunirme con mi esposo, su jefe y mi potencial amiga.
Inexplicablemente, decidieron irse. Mi esposo insistía en llamar un taxi y ellos que no, que nos habían llevado, qué debíamos volver juntos, que era lo mejor. Mientras discutían, los mozos seguían ofreciendo jerez, y yo matando mi sed. Ganaron ellos. Y no supe más nada.
A la mañana siguiente, me despertó el teléfono de línea y la voz de mi esposo en el comedor. Yo escuché, instalada aún en esa especie de bobera etílica, sin capacidad de recordar, ni entender lo que oía, ni por qué decía lo que decía.
—No, todavía no se despertó. Pero no se molesten. Yo voy a buscar los zapatos, la cartera y el broche del pelo. Disculpen. Sí, se bajó descalza y yo no me di cuenta, recién al acostarla lo noté y no me fijé en que tampoco traía la cartera. No, no se molesten, yo ya voy a buscar todo. Bueno… bueno, si ustedes quieren…. Los espero…
Lo terrible no fue lo que le entregaron, sino lo que no le entregaron. Porque la bombacha negra con puntillas rojas, nunca apareció.
Ellos vinieron por última vez y por un ratito. Mi esposo fue despedido el lunes siguiente. Lo positivo es que mi marido consiguió un empleo mucho mejor. Que yo nunca más me acerqué al jerez ni a ningún derivado alcohólico y que, a los amigos se los somete pruebas. Si no las pasan es porque no lo eran.
A los matrimonios les pasa lo mismo. Ayer, se dictó la sentencia del divorcio de común acuerdo. Hoy salgo con mi nueva pareja, mucho menor que él, más buen mozo y muy tolerante. Y él con una compañera de trabajo, mayor que él, más delgada que yo, más atractiva y muy maternal. Nos pasan a buscar a las 20hs.

Irse al mazo

Es la tercera vez que te veo partir a una de tus reuniones de negocios nocturnas y me siento atrapada en otra mano de un juego del que no quiero participar. Intento encontrar en tu beso una seguridad que no existe, en tus palabras una confianza ya quebrada y en tus ojos un amor que hace tiempo se desvaneció.
Las otras dos veces, decidí confrontarte y la tormenta se adueñó del cuarto piso de Soriano y Convención. Mi llanto se convirtió en la lluvia torrencial que se llevó los recuerdos de un tiempo feliz. Tus corridas tras de mí, mientras intentaba escapar, en las ráfagas de viento que volcaron la biblioteca del corredor, el perchero de la entrada y el cuadro que nos regalaron tus padres para la boda. Tus gritos negándolo se convirtieron en los truenos que despertaron a los vecinos a medianoche, quienes se acercaron al otro día para corroborar que no hubieran víctimas de tan severa tormenta. Y la palma de tu mano, en el rayo que impactó en mi cara, como una descarga eléctrica que recorrió todo mi cuerpo y terminó de confirmarme lo poco que conozco al hombre que duerme junto a mí. El miedo y el cansancio vencen a la de intriga por preguntarte a donde irás, por exigirte que me enseñes tu jugada. Entonces te despido con un beso y te dejo ir al mazo, sin que me muestres tu carta, dejándote ganar este juego lleno de mentiras y engaños.

Sin preguntas

El pueblito de Santa Felipa era tan recóndito que nadie fuera de él sabía de su existencia. Tenía apenas doce cuadras por doce cuadras, una asfaltada y las demás de tierra, todas limpias y bien mantenidas. Las casas eran todas pequeñas, todas ordenadas, todas del mismo color. Las pocas personas que habitaban Santa Felipa se conocían por nombre y apellido, y todos vivían la vida privada de manera muy pública.

Desde el principio de los tiempos, todas las decisiones grandes en Santa Felipa se tomaban en conjunto porque afectaban a todos y, con el fin de mejorar la experiencia de vida de todos, se habían establecido algunas reglas siguiendo una lógica. Se plantaban las verduras en combinación así no había excedente de ninguna, los jóvenes estudiaban lo que el pueblo necesitaba que estudiasen, se casaba solo una pareja al año así todos preparaban la boda y permitían solo una embarazada a la vez, así todos se preparaban para la nueva vida. Era por el bien mayor del pueblo, por eso, absolutamente nadie iba en contra de las reglas.

El día que Martina llegó a Santa Felipa en su auto humeante hacía calor. El pueblo estaba reunido en la plaza decidiendo cuál de las mellizas que cumplían 18 iba a estudiar cocina y cuál carpintería. Con las últimas gotas de nafta y con su auto tosiendo, Martina logró estacionar en frente a la plaza. Abrió la puerta y, cuando la cerró con un golpe, la tierra que traía de los caminos enredados formó una nube marrón alrededor suyo. Caminó hacia la plaza con pasos cortos y decididos, sus tacos altos retumbaron en el silencio inquietante que se había hecho.

Llegó a donde estaban todos reunidos y frenó repentinamente. Parecía haberse olvidado qué estaba haciendo ahí, o quizás había perdido el ímpetu. La observaron todos en silencio. La primera en acercarse fue Candelaria quien, en sus escasos años de vida, no había visto a nadie llegar sorpresivamente al pueblo.

—¿Te has perdido?—le preguntó inocentemente

Martina dudó en contestar —sí, me perdí, me quedé sin nafta y se me rompió el auto.

Su explicación parecía algo vaga pero el mecánico no necesitó más para ir caminando hacia el auto para prestar sus servicios.

Del fondo de la multitud, se escuchó la voz fuerte y seca de Marta.

—¿Qué estás haciendo acá?

Se acercó lentamente hacia Martina y quedó frente a ella. Se miraron a los ojos intensamente. Eran las dos morochas y de la misma altura, de generaciones distintas pero con el mismo aire altanero y desafiante.

—Me perdí y necesito auxilio mecánico— repitió Martina.

Se siguieron mirando en silencio mientras el pueblo observaba este extraño intercambio.

—¿Le puedo ofrecer un vaso de agua? —interrumpió un muchacho joven, sin poder esconder su entusiasmo por la novedad de tener una chica que no conocía.

Martina accedió. Otro muchacho le ofrecía una silla para sentarse y también la aceptó. La reunión se disipó lentamente y la tensión que se había formado momentáneamente se esfumó con la novelería de una visita inesperada. La noche caía y la brisa pedía un abrigo. Martina se encogió de hombros y tembló, visiblemente con frio. El viejo sabio le ofreció quedarse la noche en el pueblo, insistió que en cualquier casa habría un plato de comida para darle y una cama donde dormir.

—Se queda conmigo —dijo Marta.

Nadie se lo refutó, su tono había sido tajante.

—¿Estás segura? No quisiera incomodarte – le preguntó Martina, había una cierta ironía en su voz, pero su sonrisa dulce lo disimulaba.

Así fue que se decidió que Martina se quedaba en el pueblo. A la noche compartieron un guiso que había preparado una de las mellizas. Varias de las muchachas más jóvenes se quedaron conversando con Martina en la casa de Marta, haciéndole preguntas sobre la gran ciudad, su vida y su familia. Así supieron que Martina era actriz, que vivía con varios amigos en un departamento en el centro de la ciudad y que era huérfana, ya que sus padres la habían abandonado cuando recién nació, aunque confesó que sabía quién era su madre y algún día se iba a vengar.

Después de esa última confesión, Marta resolvió que ya era tarde y mandó a dormir a las chicas, cada una a su casa. Cuando la última de las chicas se fue, cerró la puerta de un portazo que hizo eco en la cocina donde estaba Martina esperándola.

Al otro día cuando Candelaria fue a llevarle pasteles a Martina, Marta le anunció que ésta había huido en la madrugada sin despedirse.

—Pero… ¿su auto está aún aquí? —musitó Candelaria, confundida y decepcionada. Miró para adentro incrédula, buscando a la muchacha.

—La habrán venido a buscar —le dijo Marta. Agarró la fuente con los pasteles, la empujó hacia afuera y le cerró la puerta en la cara.

Candelaria se quedó parada un instante frente a la puerta y luego emprendió su corto camino a casa. Quizás era mejor no preguntar por qué Martina había huido pero había dejado sus botas al lado de la puerta. Si algo había aprendido en su corta vida era que, en Santa Felipa, no había lugar para cuestionamientos.

Solo con lo puesto

…”El tiempo me enseñó que desconfiara

     de lo que el tiempo mismo me ha enseñado

   por eso a veces tengo la esperanza

   que el tiempo puede estar equivocado”

                               Tabaré Cardozo

 

El guardiacivil sostenía en alto la orden de desalojo y, con voz autoritaria, pretendía poner orden al pánico de los okupas que,como ovejas espantadas, bajaban por la escalera principal del edificio.

“¡Solo con lo puesto! ¡solo con lo puesto!” repetía el gendarme ante una veintena de desposeídos  que lo observaban atónitos mientras aferrados a alguna bolsa de nylon que contenía unas pocas pertenencias traspasaban la puerta y quedaban expuestos a la húmeda frialdad de la calle.

Algunos protestaban habitados quizás por algún dejo de rebeldía que aún brotaba de sus gargantas pero la mayoría, estaban mudos , atrapados en una dimensión del tiempo que se había detenido y les había robado la posibilidad de entender por qué su cotidianeidad había sido alterada bruscamente. Estaban parados uno al lado del otro ateridos en la vereda, oyendo sin escuchar las palabras que la asistente social les dirigía. Entre ellos estaba Eloísa, asustada, aferrándose a los pequeños detalles que día a día conformaban su rutina ya que éstos constituían el único patrimonio que podría llevarse al lugar a dónde iba a ser trasladada. No podía pensar con palabras, solo apropiarse de esas imágenes que se negaban a abandonarla definitivamente. El matecito de vidrio ya pronto para tomarlo frente a la ventana, las frazadas raídas que la cubrían como capas de cebolla cada vez que se tiraba en el colchón, las plantas que cuidaba con tanto esmero cuyas hojas usaba para dar sabor al agua del termo, las visitas de su vecina quien muchas veces le dejaba un plato de comida para la cena, los gritos de su vecino de enfrente y, en las tardecitas, los murmullos de las conversaciones que otros tenían en planta baja mientras fumaban. Esas visiones transformadas en recuerdos eran trozos de su vida que, como una red, la habían mantenido unida al grupo de okupas que para ella habían constituido su única familia, la que había conocido desde el momento en que se había ido a vivir a la calle.

¿Ahora volvería a la intemperie? Ese interrogante se sentía como un puño que le apretaba el estómago, le provocaba náuseas. Eloísa se inclinaba hacia adelante tomándose con ambos brazos.

—¿Se siente bien, doña? – preguntaba su vecino del primer piso, un cuidacoches con aliento a grappa que, para paliar el frío, empinaba la botella con ese líquido que quemaba sus tripas.

—La del Ministerio dice que nos van a realojar —comentaba mientras ayudaba a Eloísa a sentarse en el cordón de la vereda y pedía una manta para cubrirla.

Ella tenía los ojos fríos, sin lágrimas, cansados de ver tantos fantasmas que, desde el futuro, venían a burlarse de ella. Al oír las palabras de su vecino, se imaginó sentada a la mesa de un albergue, repleto de desconocidos que olían como suele oler la indigencia, entre gritos y peleas, con un plato de sopa de por medio y varios perros rondando los pies de los comensales.

Su cuerpo se puso tenso, preparado para defenderse o huir. Debía salir cuanto antes del acoso de sus fantasmas. Tiró la frazada con ímpetu bajo el influjo de la energía que le impelía a salir corriendo cuanto antes. Ya había visto estacionado el camión que los trasladaría a su nuevo destino.

Apretó la bolsa que contenía el mate y unas pocas galletas contra su pecho y empezó a correr. Corría en forma desmedida y errática. Escapaba del tiempo que ya había reanudado su marcha.

Lejanas, oía las voces de sus compañeros llamándola. Para sus adentros repetía las palabras infaustas: ¡Solo con lo puesto! ¡solo con lo puesto! y se abandonaba al regazo de la calle que la recibía nuevamente.

Sueños para soñar

Hacía tiempo que no había tenido una buena noche y, solo pensar que me aguardaba una jornada laboral sin el descanso debido, aumentaba mi malestar.

Estas noches mal dormidas ya estaban haciendo mella en mi salud.

La noche se había tornado algo agobiante para mí. Bastaba cerrar los ojos y, desde la oscuridad, asomaba una pesadilla tenebrosa que insistía en desvelarme. Esas visiones me mantenían preocupada por más tiempo en la madrugada.

Estaba decidida a consultar con algún especialista, pero ya me imaginaba la perorata: “Los tiempos que corren son de mucho estrés” y, después, te vienen con la pastillita.

No, no. ¡Yo quería otra solución!

Iba en dirección al trabajo y, por aquellas cosas del destino, cambié el rumbo. No es difícil perderse en la ciudad vieja y, sobre todo, si estás dormida.

Alce la vista para ubicarme y poder volver sobre mis soñolientos pasos y, ahí, la vi.

Era algo así como salido de un cuento de brujas. Sí, no podría catalogarla de otra manera. No cabía en mi asombro. ¿Cómo había podido mantenerse intacta con el paso del tiempo? La librería tenía el aspecto de esos lugares donde uno entra y no se sabe a dónde lo lleva esa puerta. Pero a mí me resultaba intrigante lo que había visto en su escaparate. Entre el polvo que estaba suspendido por las telas de arañas y ese libro sobre un pilar no pude dejar de entrar. “Sueños del más allá” decía en su tapa rígida. Lo compré.

Ansiosa por leerlo. Me acosté antes de la hora convencional. Tenía la certeza que este libro me abriría las puertas a ese mundo que surgía cada noche y perturbaba mi descanso. Me dormí. Y supe que eso que estaba viviendo no era la realidad, y sentí ¡qué lindo que es!

De un tiempo a esta parte, lo que me angustia es despertarme porque solo, en mis nuevos sueños recurrentes, vivo con intensidad otra vida junto al hombre que llega a mí desde el fin del mundo.