Sin preguntas

El pueblito de Santa Felipa era tan recóndito que nadie fuera de él sabía de su existencia. Tenía apenas doce cuadras por doce cuadras, una asfaltada y las demás de tierra, todas limpias y bien mantenidas. Las casas eran todas pequeñas, todas ordenadas, todas del mismo color. Las pocas personas que habitaban Santa Felipa se conocían por nombre y apellido, y todos vivían la vida privada de manera muy pública.

Desde el principio de los tiempos, todas las decisiones grandes en Santa Felipa se tomaban en conjunto porque afectaban a todos y, con el fin de mejorar la experiencia de vida de todos, se habían establecido algunas reglas siguiendo una lógica. Se plantaban las verduras en combinación así no había excedente de ninguna, los jóvenes estudiaban lo que el pueblo necesitaba que estudiasen, se casaba solo una pareja al año así todos preparaban la boda y permitían solo una embarazada a la vez, así todos se preparaban para la nueva vida. Era por el bien mayor del pueblo, por eso, absolutamente nadie iba en contra de las reglas.

El día que Martina llegó a Santa Felipa en su auto humeante hacía calor. El pueblo estaba reunido en la plaza decidiendo cuál de las mellizas que cumplían 18 iba a estudiar cocina y cuál carpintería. Con las últimas gotas de nafta y con su auto tosiendo, Martina logró estacionar en frente a la plaza. Abrió la puerta y, cuando la cerró con un golpe, la tierra que traía de los caminos enredados formó una nube marrón alrededor suyo. Caminó hacia la plaza con pasos cortos y decididos, sus tacos altos retumbaron en el silencio inquietante que se había hecho.

Llegó a donde estaban todos reunidos y frenó repentinamente. Parecía haberse olvidado qué estaba haciendo ahí, o quizás había perdido el ímpetu. La observaron todos en silencio. La primera en acercarse fue Candelaria quien, en sus escasos años de vida, no había visto a nadie llegar sorpresivamente al pueblo.

—¿Te has perdido?—le preguntó inocentemente

Martina dudó en contestar —sí, me perdí, me quedé sin nafta y se me rompió el auto.

Su explicación parecía algo vaga pero el mecánico no necesitó más para ir caminando hacia el auto para prestar sus servicios.

Del fondo de la multitud, se escuchó la voz fuerte y seca de Marta.

—¿Qué estás haciendo acá?

Se acercó lentamente hacia Martina y quedó frente a ella. Se miraron a los ojos intensamente. Eran las dos morochas y de la misma altura, de generaciones distintas pero con el mismo aire altanero y desafiante.

—Me perdí y necesito auxilio mecánico— repitió Martina.

Se siguieron mirando en silencio mientras el pueblo observaba este extraño intercambio.

—¿Le puedo ofrecer un vaso de agua? —interrumpió un muchacho joven, sin poder esconder su entusiasmo por la novedad de tener una chica que no conocía.

Martina accedió. Otro muchacho le ofrecía una silla para sentarse y también la aceptó. La reunión se disipó lentamente y la tensión que se había formado momentáneamente se esfumó con la novelería de una visita inesperada. La noche caía y la brisa pedía un abrigo. Martina se encogió de hombros y tembló, visiblemente con frio. El viejo sabio le ofreció quedarse la noche en el pueblo, insistió que en cualquier casa habría un plato de comida para darle y una cama donde dormir.

—Se queda conmigo —dijo Marta.

Nadie se lo refutó, su tono había sido tajante.

—¿Estás segura? No quisiera incomodarte – le preguntó Martina, había una cierta ironía en su voz, pero su sonrisa dulce lo disimulaba.

Así fue que se decidió que Martina se quedaba en el pueblo. A la noche compartieron un guiso que había preparado una de las mellizas. Varias de las muchachas más jóvenes se quedaron conversando con Martina en la casa de Marta, haciéndole preguntas sobre la gran ciudad, su vida y su familia. Así supieron que Martina era actriz, que vivía con varios amigos en un departamento en el centro de la ciudad y que era huérfana, ya que sus padres la habían abandonado cuando recién nació, aunque confesó que sabía quién era su madre y algún día se iba a vengar.

Después de esa última confesión, Marta resolvió que ya era tarde y mandó a dormir a las chicas, cada una a su casa. Cuando la última de las chicas se fue, cerró la puerta de un portazo que hizo eco en la cocina donde estaba Martina esperándola.

Al otro día cuando Candelaria fue a llevarle pasteles a Martina, Marta le anunció que ésta había huido en la madrugada sin despedirse.

—Pero… ¿su auto está aún aquí? —musitó Candelaria, confundida y decepcionada. Miró para adentro incrédula, buscando a la muchacha.

—La habrán venido a buscar —le dijo Marta. Agarró la fuente con los pasteles, la empujó hacia afuera y le cerró la puerta en la cara.

Candelaria se quedó parada un instante frente a la puerta y luego emprendió su corto camino a casa. Quizás era mejor no preguntar por qué Martina había huido pero había dejado sus botas al lado de la puerta. Si algo había aprendido en su corta vida era que, en Santa Felipa, no había lugar para cuestionamientos.

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