14811

Ya no sudaba tanto. Haber parado en aquel café había resultado ser un bálsamo luego de tanta adrenalina. Llevó su mano al bolsillo y tomó la llave. Definitivamente no era una llave común. Era antigua pero se veía en perfecto estado. Los arabescos dorados resaltaban en la empuñadura y la extraña combinación de metales. Acero, aluminio y lo que parecía ser oro amarillo y rojo. Tal vez también bronce. La volvió a guardar y tomó la nota.
Una hoja común. Un texto más bien breve, escrito a máquina con dificultad. Resaltaban enseguida varios errores y teclas mal presionadas que habían hecho impactar las letras más arriba.

Querido Diego:
Nunca pensé que me iría sin verte pero, si estás leyendo esta carta, entonces significa que ya no podré darte el abrazo que siempre quise. Te quiero. A pesar de todo lo que te puedan decir, siempre te quise con todo mi corazón.
Como prueba de mi amor te dejo mi llave. Es lo único verdadero que poseo y, como luego verás, es la más grande posesión que un ser humano puede anhelar.
Debes ir al Banco Popular. La caja es la 14811.
Con amor,
Tu padre

Media hora antes había estado en el estudio de abogados que lo había convocado. Para él su padre había muerto justo antes de su nacimiento pero, cincuenta años después, se estaba enterando que su padre acababa de fallecer. Lo único que tenía de él era una llave que acababan de entregarle y esa breve carta.

Fue al baño a lavarse la cara y salió rumbo a su casa a contarle todo a su esposa y a sus hijos. Era una locura. Pensaba en su madre también fallecida, buscando respuestas.

De pronto, el golpe en la espalda. Cae al piso desvanecido. Al reaccionar lo rodeaba un grupo de gente y un enfermero. “No se levante todavía señor. Recibió un golpe. Lo asaltaron”.
Le habían robado de nuevo el pasado y esta vez también el futuro. Se habían llevado la llave.

Ayni

Suena la alarma. Me inunda de inmediato la sensación de pesar. Aun no he abierto mis ojos y ya siento la urgencia de cerrarlos de nuevo. Siento el olor a café que emana de la cafetera que programé la noche anterior.
Desde mi teléfono suena la voz reconfortante del asistente electrónico que me anuncia que es un día gris, con un índice alto de polución, un porcentaje alto de acidez en el aire y que hay probabilidad de granizo gris en la tarde. Otro día igual que el anterior en la larga hilera de días sin fin.
Pongo un pie sobre el piso y se abre mi placard, saltando al frente la ropa sugerida del día. Pantalón negro, blusa gris, botas de goma, gorro protector, gabardina. Se proyecta una foto de mí con esa combinación de elementos en la pared. Tengo una sonrisa quimérica pegada en mi cara que me resulta hipnotizante. Apruebo la elección de ropa con la esperanza secreta de que, al ponérmela, me voy a sentir como la de la foto. Me meto en la ducha, me entrego al tamborileo del agua caliente sobre mi cabeza adormecida y lloro.
Voy revisando mis correos en el subte, planificando mi mañana en el trabajo y escuchando las noticias en la radio. Un día normal, sin sobresaltos. Un olor distinto me hace levantar la cabeza. Un vapor dulce y espeso con aires primitivos. Identifico inmediatamente la fuente. Un hombre sentado frente a mí. Sus pelos gruesos y negros están alborotados, su piel morena brilla. Su ropa me llama la atención, no está preparado para la lluvia, sus pantalones son de lino y están sucios y raídos. Sus zapatos parecen de otra época. Cuando se da cuenta que lo estoy mirando sus ojos negros se clavan en mi. Tiene una mirada penetrante y envolvente, no puedo dejar de mirarlo, su presencia es como un imán.
Me susurra algo que no comprendo. Es en otro idioma. Siento el aporreo de mi corazón en mi pecho. ¿Por qué me está hablando a mí? Miro alrededor. Nadie más parece haberse percatado de su presencia, todos siguen inmersos en su rutina. Vuelvo al océano oscuro de los ojos del indio. Se me acerca. Sigue susurrando.
—¿Me puedes ver?
No comprendo su pregunta y me invade el miedo. Claro que lo puedo ver. Mis entrañas me dicen que no haga preguntas. Le doy con mi cabeza una respuesta positiva. El indio toma mis manos con las suyas, están sorprendentemente suaves y tibias. Mientras me observa con sus ojos de anciano, coloca en la palma de mi mano húmeda y pálida una llave antigua y tallada que brilla con una energía que me quema la retina. Siento el calor que me transmite corriendo por las venas de mis brazos hasta que llega a mi espalda obligándome a convulsionar. Me ahogo en una ola de paz, de silencio, de sanación.
—Ayni —me susurra al oído. Esa palabra retumba en mi alma nueva. Abro los ojos. El indio no está más.
Suena la alarma. Abro los ojos de inmediato, llena de una sensación de éxtasis inexplicable que me hace temblar los labios. Miro alrededor. Mi cama, la vista de la ciudad hermosa desde la ventana, el exquisito olor a café que me seduce desde la cocina.
El recuerdo de la voz del indio aún resuena en mí, siento aún el calor de sus manos y su olor a puro. Nunca había tenido un sueño tan real. De hecho, no recuerdo la última vez que había tenido sueño alguno. Apago el asistente electrónico que habla desde mi teléfono y googleo la palabra que me dijo el indio. Descubro que es Quechua y que significa solidaridad y cooperación recíproca. Ayuda a otros cómo quisieras que te ayuden. ¿Quizás lo había visto alguna vez en un documental y no lo había registrado? Me sorprendo de las cuevas que tiene el cerebro humano que permite retener este tipo de información sin saberlo.
Me levanto y decido elegir mi propia ropa, algo de colores, aunque no recuerdo si tengo algo así en mi ropero. Tarareando una canción de mi infancia camino al baño y lo que veo de reojo me para en seco. Sobre la mesa de madera una llave antigua con la palabra AYNI tallada en oro me vigila.

Pica

El pueblo de Pica Valle se encontraba en completo silencio aquella mañana de principios de primavera. Los más aventajados cruzaban las calles en sus autos de vidrios polarizados, tratando de frenar la menor cantidad de veces posible. El sol quemaba la acera, mientras el cielo seguía cambiando su color de rosa a turquesa. Las flores provocaban un delicioso olor en el ambiente, ininterrumpido por la falta de transeúntes.

Es una casa humilde, una familia se preparaba para el nuevo día. La pintura de las paredes estaba gastada y las puertas mal barnizadas. No había dos sillas del mismo juego y la heladera se encontraba casi vacía. Sin embargo, las ventanas estaban muy limpias y ni una pelusa se podía ver en el suelo. Las camas tendidas y los pocos juguetes en perfectas condiciones.

– Pórtense bien-dijo el padre en dirección a los niños-. No le den muchos problemas a mamá.

Sus cuatro hijos asintieron con solemnidad. La madre tenía la mirada triste y clavada en el suelo. Parecía preocupada.

– ¿Te pasa algo?

-No quiero que vayas -explicó ella soltando un suspiro-. Quedate en casa.

-Chicos, levanten la mesa, por favor.

Los niños obedecieron, abandonando el salón y dirigiéndose a la escuálida cocina. El más grande, comprendiendo la situación, cerró la puerta.

-Tengo que ir-dijo el hombre-. Necesitamos mi trabajo. Y hay que comprar comida.

-Es que tengo mucho miedo.

-Siempre lo tenés, es todos los días lo mismo.

-Hoy es distinto. Tengo un mal presentimiento-la recorrió un escalofrío-. Dejame ir a mí.

-Es peligroso, y más si tenés un mal presentimiento. Sabés que si a alguno le pasa algo, tiene que ser a mí. Vos tenés que quedarte con los niños.

Ella asintió al borde del llanto. Él la abrazó, sabiendo que si le decía que todo iba a estar bien, estaría mintiendo.

– ¡Vengan a saludar a papá! -llamó la madre al separarse de sus brazos.

Los hijos salieron de la cocina como estampida y abrazaron al padre. Este se vio rodeado por dieciséis manitos que parecían querer sujetarlo de caer en la angustia. Más allá de la preocupación que tenía, logró sonreír.

-Bueno, bueno-dijo, esforzándose porque su voz adquiriera un tono normal-. Nos vemos de noche-besó a cada uno en la frente y, el último beso, se lo dio a su mujer en los labios.

-Suerte-susurró ella.

Él le dirigió una sonrisa de ánimo, que se esfumó de su rostro en cuanto cerró la puerta. Caminó con sigilo por el pavimento. Su trabajo se encontraba solo a cinco cuadras. Cada vez que le parecía detectar un movimiento con el rabillo del ojo, se escondía tras un árbol.

Cuando estaba a mitad del camino, un hombre dobló por la esquina. En cuanto se vieron quedaron congelados. Se evaluaron con la mirada y se prepararon para correr. Aguardaron. Ninguno se movió pasados un par de minutos. Él asintió con la cabeza y el hombre le devolvió la señal. Cada uno siguió su camino.

Apuró el paso cuando solo quedaba una cuadra. Quería llegar y sentarse tranquilo en su escritorio. Pero entonces, sucedió el segundo encuentro.

Una mujer, más joven que él, caminaba por la acera del frente. También se detuvieron en cuanto sus miradas se encontraron. Esperaron unos segundos y entonces, ella salió corriendo. Él no perdió el tiempo, la siguió a una velocidad de la que había sido incapaz hasta que la adrenalina invadió todo su cuerpo. Incluso su cerebro parecía ser dominado por esta, ya que pensaba con mayor claridad.

No tardó en alcanzarla. Ella le dirigió una mirada de alerta en cuanto lo notó. Parecía implorarle. Pero él no se detuvo. No es momento de ser un caballero, pensó. Sus piernas se movían tan rápido como las ruedas de los autos, en los que viajaban aquellos que estaban a salvo.

La dejó atrás y siguió en dirección al centro del pueblo. Cuando creyó que ya no podría correr más, lo vio: El Muro. Sonrió, sabiéndose a salvo. Pero los pasos de la mujer parecían cada vez más cercanos, como si la visión de El Muro también hubiese surtido efecto en ella.

Él apuró más el paso. Ella lo imitó. Sentía que le sangraban los pies, pero no se detuvo. Extendió los brazos con las palmas hacia delante. Chocó contra la pared, produciendo un gran estruendo. Pero él solo pudo escuchar un único sonido. Un suspiro en forma de “oh”. El grito de unos pulmones quedándose sin aire.

Se dio la vuelta. Allí estaba la mujer, tirada en el suelo. Muerta. Trató de recuperar el aire, mientras asimilaba lo que estaba pasando.

Ya no podría volver a casa esa noche. No vería a su mujer ni a sus hijos. Ahora era El Buscador. Su vida sería matar o morir. Estaba condenado.

Sucumbir

La memoria más clara de mi infancia fue la primera vez que escuché su voz. Me asustó, porque pensé que estaba solo y el tono de su voz por alguna razón me hizo poner la piel de gallina. Tenía 9 años. Un día, estaba en el jardín subido a mi bicicleta nueva tratando de hacer un wheelie, totalmente ajeno a la reunión familiar que había en mi casa. En un momento, sentí algo en mi brazo: un San Antonio. Por unos instantes, disfruté las cosquillas que me hacían sus patitas al caminar por mi brazo desnudo. Miré con fascinación como amagaba desplegar sus alas de colores intensos, pero no se iba. Se había encariñado conmigo. En ese instante, fantaseando con haberme hecho un nuevo amigo, fue cuando sentí su voz con tono de urgencia, desafiándome a que lo aplaste. Lo consideré durante un segundo pero no lo hice. Frente a su segundo desafío, me dio curiosidad saber qué sentiría al apretarlo contra mi propia piel. Lo hice, sin saber muy bien por qué, pero con cierto alivio de que no me podía decir que era un cobarde. Cuando crujió bajo la presión de mis dedos y sus entrañas humedecieron mi piel, la única sensación que me invadió fue la vergüenza. Esa es la única emoción que aún me invade cuando me acuerdo de ese día.
Si bien nunca lo quise mucho, nuestras vidas estaban de alguna manera entrelazadas. En la siguiente década, tuvimos unos cuantos momentos de encuentro. La mayoría de ellos no muy positivos. Su presencia siempre me dejaba nervioso y su influencia sobre mí era mayor a lo que me gustaba admitir.
¿Cómo se sentirá apretar su cuello hasta que deje de respirar?, me preguntó un día en casa. Yo estaba sentado en el sillón mirando algo distraído la televisión mientras mi novia dormía. Su cabeza en mi falda, mis manos acariciando su cuello. Hice de cuenta que no lo había escuchado y seguí mirando la televisión aunque, de repente, fui consciente del potente latido de la yugular sobre mi mano. Me volvió a insistir con la misma pregunta, esta vez con cierto grado de excitación en su voz.
—¡Basta! —le dije entre dientes, con miedo que mi novia escuchara. Te odio —espeté, al borde del llanto. Pero no me levanté. Me quedé sentado donde estaba y no moví mi mano.
Después de eso y en las semanas siguientes, fue creciendo su participación en mi vida. Al principio, me resistí. Tenía miedo. Me aferraba al último hilo de luz que quedaba dentro de mí. Pero, lentamente, comprendí que nuestra fusión era inevitable y me entregué. No tenía sentido defenderme del mal. El mal era yo.

Plaza, abrázame con tu presencia

La plaza, ser palpitante de forma cuadrangular que preside el centro de la ciudad, ha despertado mi curiosidad precisamente ahora.
A través de la ventana del dormitorio, mientras me visto para ir al trabajo, relojeo a la distancia, ese espacio urbano que me atrae, provisto de forma y contenido; que he decidido escrutar con obsesiva precisión. Antes de oír el llamado de mi mujer ¡Ignacio, apurate!…ya saqué el auto de la cochera… había observado al diariero parado junto a la estatua vendiendo los periódicos. Sus manos desprovistas de guantes, posiblemente escaldadas por el frío, se movían con precisión desde el bolsillo de su chaqueta hasta las manos ahuecadas de los compradores que recibían el vuelto. El tintinear de las monedas era silenciado por el ruido del tránsito que a esa hora de la mañana circulaba urgido por la prisa.
Alejados del vendedor de diarios, un pequeño grupo de chiquilines había llamado mi atención. Desafiaban las bajas temperaturas jugando un partido de fútbol vestidos solo con short y camiseta. Cada tanto, la pelota escapaba del cantero rectangular de césped e iba a parar frente a las ruedas de un auto que la evitaba bajo los insultos de su conductor.
Mientras desempeño mi trabajo en la oficina, cada tanto, pienso en ese acotado espacio verde y en su peculiar característica de satisfacer tanto la necesidad de anonimato como la de encuentro. Cuando hago un alto en mi tarea, a media tarde y me preparo un café, me descubro a mí mismo pensando nuevamente en la plaza. Las promotoras están re buenas…¡paa ! siempre paradas cerca del semáforo…jaja …cruzo a la plaza justo por ahí…¡a propósito! …solo para verlas.
Tengo que evitar a ¡esa vieja! Puajjjj…¡qué olor rancio tiene! Aunque pase lejos igual se siente El que seguro es “chorro”, es el que usa esa gorra de pichi…y ¿el que pasea con celular?… yo no me pasearía con ese celular… qué pinta de ejecutivo arrogante tiene… qué idiota se ve re descuidado… ¡paaaa! lo va a robar… se lo roba… se lo roba… ¡ay! la puta… menos mal que estoy lejos… no, no, no la van a agarrar…pobre tipo cómo corrió… qué hijo de puta, nadie lo pudo agarrar… ¡qué desastre esos pibes!… no les importa destruir el pasto, pobres flores ¡son terribles!… pobres maestras… qué manera de gritar… ellos… como si nada…
Casi la piso, qué asco… No podés ni caminar… tiene razón doña Anselma, “La gente es chancha, la gente es chancha”. Es culpa de los dueños, los pobres perros no tienen la culpa… tiene razón cuando los insulta.
En ocasiones me pongo a rememorar la plaza de mi pueblo natal. Es pequeña y está situada frente a la iglesia. No he olvidado cuando jóvenes, con mi barra de amigos, salíamos a dar una vuelta por la plaza para mirar a las chiquilinas que salían de misa. Las miradas de ellas y las nuestras se encontraban en un juego de seducción muy disimulado, debido a la estricta observancia de los mayores. Ya no existen más esos juegos, en el presente, he podido apreciar entre los jóvenes que frecuentan la plaza situada frente a casa, otras costumbres y formas de vincularse. Aún estando a pocos metros unos de otros, se relacionan a través de diversos dispositivos de comunicación. Mi nieto intentó explicarme la diferencia entre unos y otros pero yo he terminado confundido entre tantas funciones que tienen dichos aparatos.
Al anochecer, la luz de la plaza se filtra a través del cortinado de mi dormitorio.
Ya entrada la noche, está desierta. Antes de dormir la imagino, también a ella, preparándose para el descanso. El reflejo de los focos de luz baña la estatua, la fuente y los árboles, dotándolos de un aspecto fantasmagórico. El ulular del viento entre el follaje se mezcla con los sonidos inaudibles de las palabras que aún permanecen en el éter. Son las palabras de cuántos han pasado por allí en ese día y que constituyen la memoria viviente de la plaza. ¿Qué sería de las plazas si nunca fueran habitadas por ningún ser humano? ¿Y qué sería de un ser humano que nunca tuvo oportunidad de sentarse en un banco de la plaza y respirar el aire en compañía o solo. Hombre y plaza forman un mismo organismo. No pueden vivir el uno sin el otro.
A mí me ha llegado el momento de disfrutar de su incondicional compañía.
El mes que viene, ya seré un hombre jubilado y podré sentarme precisamente en el banco que está frente a la fuente y leer a Borges mientras el viento primaveral cosquillea mis mejillas.

Trapitos sucios

—No señor, no soy una alcahueta… aunque estos ojos han visto mucho en esta casa y mis oídos… todo lo que han escuchado… Hace veinte años que trabajo con los patrones, ellos son mi familia. Yo me vine de jovencita para la capital, allá… entre las inundaciones y la falta de trabajo vivíamos muertos de hambre y de frío. Eramos ocho bocas para alimentar… la cosa no era fácil…
Acá, tengo casa y… comida no me hace falta gracias a Dios… Ellos me dicen: “lleve, lleve nomás Doris la comida que quedó sin tocar… total los muchachos no vuelven a comer lo mismo en la cena”. Y, sí… hay gente que no sabe lo que es pasar hambre… La comida que me llevo de acá ¿entiende? en casa, le doy una calentadita en el microondas que me compré el mes pasado y queda como recién hecha. Después, me hago un té o una taza de leche y ya me da para aguantar hasta la mañana siguiente porque, enseguida que llego, tengo que preparar el desayuno para todos y ya de paso me tomo un café con los bizcochos que la señora me manda traer de la panadería. Y no sabe usted la ropa linda que deja la señora casi sin uso… se la renueva cada vez que viaja. Cuando me llama: “Doris, suba un momento a mi dormitorio” voy volando, ya sé que me va a decir que me pruebe la ropa que yo quiera y, si me queda bien, me la lleve.
¿Para qué le estoy contando todo esto? ¡Ah! sí… para dejarle en claro a usted que yo estoy muy agradecida con todos ellos… y si he escuchado o visto cosas… que en fin… no están bien… allá ellos… pero no será por mí, justamente, señor policía que usted se va a enterar. ¿En qué casa no hay secretos? ¿Qué familia no tiene asuntos que no desea ventilar? Dígame… a ver… ¿Usted tiene hijos, oficial? Pues claro que he tenido que ordenar camas, tirar colillas de cigarrillos y hasta porros… botellas vacías de whisky… en fin… los jóvenes de la casa tienen que divertirse, son cosas de la edad…
— ¡Hágame el favor de remitirse a lo concreto y no se ande por las ramas!— dijo el policía impaciente. Usted, es una testigo importante y su declaración va a ser una pieza clave en la investigación. Fíjese que recibimos una denuncia de que aquí, precisamente en esta casa,se desarrollan actividades sexuales con chicas menores que involucran al dueño de casa y sus dos hijos varones.
—¿Cómo?… A ver si entiendo… ¿algo así como orgías, dice usted? Pero noooo… oficial ¿quién va a creer algo así? Le vuelvo a repetir, de mi boca no va a salir nada que pueda perjudicar a mis patrones. Después de todo… yo no debo meterme… mi única función es cocinar y limpiar… Soy muy buena limpiando, dejo todo reluciente, no soy como esas muchachitas que se meten de limpiadoras porque no tienen más remedio… esas… son las que barren la mugre y la dejan bajo la alfombra porque no quieren tomarse el trabajo de agacharse para agarrar la pala. No, oficial… gracias a Dios, no soy como ellas. Yo hago una limpieza profunda, por eso, muchas veces los patrones elogian mi trabajo. Ahora usted va a tener que irse retirando, no tengo más que agregar y es hora de que vaya a recoger la ropa de la cuerda. El sol del mediodía daña la tela delicada de las sábanas, la reseca. Ya deben estar prontas y con el rico perfume del suavizante quedan como nuevas.
— Usted me está echando, es un atrevimiento de su parte. Mire que la puedo acusar de estar entorpeciendo la investigación. Esto no queda acá, probablemente la citen para declarar nuevamente y esta vez en el juzgado. Usted está ocultando información y no dice todo lo que sabe.
—Váyase al diablo oficial… muchos de ustedes han de tener también el culo sucio. Se lo doy por hecho, como que me llamo Doris Peralta.

La mujer y el soldado

Ella corrió desesperada, huyendo en una noche ennegrecida por el miedo. Sabía que el enemigo estaba cerca, pero más cerca aún lo estaba el enemigo de su enemigo. Salió a buscarlo en un acto desesperado, como su única esperanza, enredando sus cabellos entre los espinos del camino, mojando y desgarrando su blanca túnica enjaezada con piedras preciosas, apenas cubiertos sus pies por frágiles sandalias. Corría, ciega al riesgo, trepando las zonas rocosas del lugar. Cruzando lagunas y cañadas.
Antes de ver a los hombres, observó el reflejo de las lanzas y armaduras, y escuchó por primera vez el relincho de un caballo, envuelto en el humo de su aliento, que logró aterrorizarla. Atravesó el campamento y llegó hasta el hombre barbado casi arreada por dos fornidos soldados. Ese hombre era su esperanza. Y sus ojos de cielo, lo confirmaron.
De manera rudimentaria, usó sus tímidos conocimientos del idioma extranjero. Él quedó maravillado. Se comunicaron perfectamente. Pero no sólo en la palabra, también en la mirada. Ella entendía sobre esas cosas. Sabía, porque en su tribu la mirada ocupaba el lugar del corazón. Con los datos que ella le daba, elaboraron juntos un plan militar, para derrocar al enemigo de ambos.
Al otro día, se produjo la batalla. El pueblo de la tribu de la mujer Princesa quedó a salvo del bárbaro enemigo pero, ella y su tribu, pasaron a pertenecer para siempre, hasta su muerte, hasta la eternidad de los tiempos, al hombre de la armadura de hierro y del caballo de fuego en el despreciable mundo de la traición.

La engañosa ambigüedad de los que miran…

Llegó la hora de la verdad. Debo confesarles quién soy detrás de mi fachada. Esto que se llama cuerpo, esto que llamamos máscara o personalidad, esto que tiene un nombre para individualizarme, Rosita Quintana. Yo fui ratón en mi niñez “pero inteligente” según decía mamá. Fui pez en mi primera adolescencia, como muy bien lo apreció la vecina del nuevo barrio al cual nos mudamos; mona en plena adolescencia, cuando me llené toda de pelos y de granos y mis compañeros no dejaban de gritármelo a la cara y lechuza cuando cursé facultad y me recibí con las mejores notas de mi generación y unos lentes de “culo de botella” a través del los cuales veía desfilar mi vida como si estuviera enjaulada en medio del zoológico.
Pero ahora, llegó la hora de la verdad. He decidido ser humana. Una humana normal. No resistiría una mimetización más. Ya no. Quiero ser quién realmente soy. Que todos me reconozcan como tal y que nadie me asocie con quién no soy. Que Rosita Quintana se muestre y no exista dudas, ni motes, ni burlas.
Recorría mi habitación anotando en mi diario la determinación que acababa de surgir en mí. Con la libreta en mi mano izquierda, la birome en la mano derecha, caminaba y anotaba. De pronto, un ruido inusual en la planta baja dejó mi mano en suspenso. Despacio comencé a bajar las escaleras. Eran dos, uno con una linterna y el otro con un cuchillo. Llevaban una bolsa negra donde juntaban todos los objetos valiosos. Trataban de violentar el mueble del comedor. Entonces, me vieron. Yo sólo atiné a correr, pasé como una ráfaga al lado de ellos, me metí en la cocina, abrí la puerta y salí. Corrí, corrí a toda velocidad, esquivé los autos en la calle, salté los muro, los arbustos y cada obstáculo que se me presentaba. Torcí en cada esquina a una velocidad inigualable y, a veces, mayor a la de alguno de los ómnibus del transporte urbano. Cuando el chofer y los pasajeros me veían rebasarlos quedaban atónitos.
Llegué a la seccional agotada. Los dos policías me miraban y parecían no entender nada. Intenté hablar, pero no pude.
—Pero… ¿Qué es esto? ¿De dónde salió? Me querés decir ¿qué hace este siervo, aquí?
—Ni la menor idea. Pobrecito, parece asustado. Pero, mirá es hembra, no tiene cornamenta. Yo leí que sólo el venado macho la lleva.
—Hacéme un favor, llamá enseguida al zoológico y que la vengan a buscar. Decíles que es urgente. Ellos sabrán qué hacer.
Mientras tanto Rosita Quintana, empezaba a llorar.

Curvilínea

Fiel testigo milenario.
Guardas tras de sí, sueños atesorados.
Dueña absoluta de todas las intimidades.
Codicia de uno, entrega de amor de otros, repudio de algunos.
Con tu presencia, resguardas y velas los sueños.
Amiga inseparable que te amoldas, sin quejarte, a lo cotidiano.
De candente y blando líquido, te forjaron.
Para que inquebrantable seas al condensarte.
Porque de tu cuerpo moldeado y firme hemos de depender.
Hermana gemela de quién ansiosa espera el rozar de tu cuerpo,
para unirse en un solo ser.
Eres cantar de poetas,
entregas de amor,
guardiana de vida o muerte,
comienzo y fin.
A veces, por el paso del tiempo, tu cuerpo se corroe,
y dejas de girar en esa noria incesante que ha sido tu vida.
Entonces, te vas a descansar al cementerio de las llaves perdidas,
Esperando, quizás, que alguna mano te rescate del olvido.

Alma Gitana

Con esas tus manos,
Moro aceitunado,
me has embrujado.
Con esas, tus manos,
mi cuerpo has delineado.
Con esas, tus manos,
poco importa perderme
mientras ellas me guíen.
Quiero que tus manos
acaricien mi cuerpo al despertar.
Quiero que tus manos
sacien mi cuerpo al anochecer.
Quiero que, con ellas,
seques mis lágrimas.
Quiero que, con ellas,
palpes mi sonrisa.
Déjate llevar por el lazarillo de tus manos,
para que ellas descubran, antes que tú,
todo mi ser.
Quiero que entrelaces tu mano junto a la mía,
y, así, poder sentirme dichosa.
Quiero que, con ellas,
recorras el sendero de mi cuerpo,
y que, a cada paso que tus huellas den,
me hagan sentir en el paraíso.
Para qué quiero yo
que me lean las líneas de mi mano,
si ya encontré mi destino trazado.