La llave perdida

Vivian tenía en su cuerpo la marca indeleble de una presencia que la había sostenido en sus brazos, mimado y olido su tierna piel perfumada con loción de manzanilla. Había enredado sus manos grandes y suaves entre los pequeños dedos de las manitas de la niña y los había llevado a su boca a modo de despedida.
Vivian hacía esfuerzos para recordar su rostro, pero era inútil, el destino había tendido un manto de olvido en su memoria negándole a los ojos la posibilidad de guardar para siempre el recuerdo de su madre.
Había sido criada como una verdadera hija por la familia Portela, pero ella nunca se había reconocido en ningún rasgo físico, gesto o actitud de sus padres adoptivos.
Los primeros años de su adolescencia habían transcurrido entre el despertar fervoroso del erotismo, la conquista de su autonomía y la búsqueda frenética de las marcas de su identidad.
Atosigaba a sus padres y parientes con preguntas respecto a su origen, pero éstos respondían con evasivas o mentiras que disfrazaban sus intenciones piadosas.
Poco a poco, su mente, ávida de hallar respuestas, le sugería culpables que pudieran ser portadores del misterio que llenaba sus días de amargas interrogantes.
Una idea razonable había comenzado a rondar su cabeza y estaba decidida a probar su veracidad a cualquier precio. Uno de los cajones del escritorio del cual tenía el mandato expreso de no tocar, guardaba los documentos importantes del trabajo de su padre. Es probable que allí se encontraran también las pruebas que pudieran conducirla hasta su familia biológica.
Encontrar la llave que abriera el cajón, se convirtió en una obsesiva búsqueda, y como un entomólogo que escudriña el insecto inerte, no dejaba rincón de la casa por descubrir.
Revisaba los lugares más insólitos: debajo de las alfombras, en el resquicio de las ventanas, en el interior de los floreros, entre las páginas de los libros, dentro de los zapatos, detrás de los cuadros y en cualquier otro lugar extravagante que se le ocurriera, luego de descartar aquellos más habituales.
Cada lugar por explorar, la imbuía de esperanza, pero luego, al no contener la anhelada llave, la sumía en una decepcionante sensación.
Solo los sueños que cada tanto visitaban sus noches, le aclaraban los ojos nublados por las lágrimas que derramaba antes de dormir.
Soñaba con frecuencia con castillos o catedrales de puertas cerradas a cal y canto y que debía abrir para descubrir conocimientos herméticos guardados a través de los siglos.
En sus peripecias oníricas la llave era traída por un personaje fantástico: un gnomo, hada, sirena o unicornio. Generalmente, era de plata o de oro, con incrustaciones de piedras preciosas o sin ellas, pero siempre de grandes dimensiones. Al despertar, Vivian se quedaba un rato sentada en la cama rememorando las imágenes y dejándose llevar por el sentimiento agridulce de que sólo había sido un buen sueño.
Luego del desayuno, revisaba el sector de la casa planificado para ese día. A los efectos de organizar su búsqueda, había dividido la casa en varias secciones que rastreaba por separado cada día de la semana.
Al finalizar toda la pesquisa,su paciencia se había agotado, la vivencia de derrota e impotencia habían mermado la energía de su cuerpo, lucía débil y cansada. Creía que la llave no estaba en la casa, era probable que estuviera en la caja fuerte de algún Banco. Quizás,si revolvía en el lugar de las herramientas, encontraría alguna con la que forzar la cerradura del cajón.
Mientras pensaba en esa posibilidad, descansaba en el sofá rinconero del living con Axel su perro labrador tirado a sus pies. Ella cada tanto acariciaba la enorme y peluda cabeza del animal y él respondía con unos lengüetazos en su mano, gesto que hacía cuando la notaba callada o pensativa.
-Bien Axel, creo que tienes hambre…ya voy por tus galletas -le dijo al perro quien parecía comprenderla.
Cuando hubo llenado el platillo con el alimento, lo llamó desde la cocina pero éste no respondía. Estaba entretenido en el dormitorio de su dueña hurgando entre sus zapatos, pasatiempo favorito al que se dedicaba con ahínco.
—¡Ya estás otra vez haciendo destrozos! …¡Vení para acá enseguida!…¡tengo tu comida! —le gritó con voz autoritaria.
Axel se arrimó hasta la cocina con pasos lentos y mirada cabizbaja como quien fue encontrado “con las manos en la masa”. Traía un calcetín en su boca y miraba a Vivian con ojos inocentes, pidiéndole perdón por su travesura.
—¡Dame esto! —chilló ella, arrebatándole el calcetín. Ya te dije que no andes entre mis… — y no pudo concluir la frase al observar asombrada como una pequeña llave plateada se resbalaba desde el interior de la media.
¡La llave, la llave! ¡No …no puede ser! ¡Increíble! ¿Cómo llegó allí?…¡No me lo puedo explicar! gritaba de júbilo mientras la agitaba entre sus dedos y corría al escritorio bajo los ladridos de Axel.
Con manos temblorosas, la colocó en la cerradura. Encajaba perfectamente, dio una vuelta y el cajón se abrió. Había llegado la hora en que se develaran todos los misterios. Ahora, sí estaba preparada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.