La llave

La soñé de oro, pero era de barro. Me di cuenta el día en que quise abrir la puerta, un día de lluvia torrencial. Se me deshizo en la mano y fue a dar al resumidero, en la esquina de la cuadra que linda con la placita del barrio. Era linda, bien hechita, parecía buena. Entonces, tuve que agarrar la puerta a patadas para poder entrar y acostarme. Estaba molido. Al otro día, decidí arreglar la puerta y mandar hacer otra llave. La pedí de hierro fundido, tosca y pesada. Que sirviera para todo clima. Al principio anduvo de maravilla, me daba una gran seguridad sentir su peso en mi bolsillo y saberla tan fuerte, pero al tiempo empezó a chirriar apenas la giraba en el tambor. Probé el aceite de oliva que era lo único que tenía a mano y anduvo mejor, pero se fue enrojeciendo y descascarando como si tuviera lepra, y hasta me daba un poco de miedo tocarla y que me lastimara. Un día quedó atascada en la cerradura. Ni para atrás ni para adelante. Otra vez, rompí la puerta para poder entrar, tenía la ceremonia en la facultad y me entregaban el Diploma de Abogado. Qué poco había durado esta llave, el material era duro pero ordinario, era una llave mala. Al cerrajero le encargué que me hiciera la más cara que tuviera. Me ofreció una muy sofisticada a prueba de todo tipo de ladrones. Llena de dientes en escalera, dura y agresiva. Durante años, sirvió de maravilla, pero un día, un diente mordió la combinación interna de la cerradura y la rompió. La llave daba media vuelta y se trancaba sin terminar la operación de abrir. De tan agresiva y entusiasta que era, se quebró un diente el día que yo me casaba. No esperé al cerrajero y rompí la puerta a patadas. Tenía que entrar a ponerme el esmoquin, sin riesgo de llegar tarde a la ceremonia. La nueva llave la mandó a hacer mi mujer. Dadas mis anteriores peripecias, ella la encargó de plata. Y resultó buenísima, nunca nos dejó afuera, pero la perdíamos a cada rato. O ella nos perdía a nosotros. Lo cierto es que estuvimos a punto de volvernos locos. Y los vecinos empezaron a quejarse de lo a menudo que teníamos que romper la puerta a patadas en los horarios más insólitos o en los momentos en que teníamos urgencia de entrar. A mi me internaron más de una vez por algún desequilibrio nervioso. Lo de ella fue mas leve, pero le ganó mala reputación en el barrio. Un día, en que los dos nos sentíamos bien, decidimos investigar y profundizar juntos el tema de la llave. Estuvimos estudiando mucho. Compartimos lecturas de los grandes pensadores, nos quedábamos despiertos casi toda la noche, tratando de desentrañar las enseñanzas de los grandes filósofos y fuimos adquiriendo un gran sentido común, y un equilibrio estable y duradero. Fue durante esa época que decidimos gastar todos nuestros ahorros en una llave de oro para nuestra casa. Ambos estábamos convencidos de que el origen de nuestras desgracias e insatisfacciones anteriores estaban en los malos momentos que las malas llaves nos habían traído. No podíamos correr ningún nuevo riesgo de quedar del lado de afuera de nuestra puerta, porque estábamos arrastrando muchas frustraciones al tratar de abrirla en cada uno de los casos. No podíamos arriesgar a desestabilizarnos ahora, en que la armonía vivía en nuestras vidas y la paz parecía haberse encariñado con nosotros. Y así vivimos muchos años, con la refulgente llave en nuestras manos, hasta que un día, alguien nos habló de una nueva llave que se ofrecía en el mercado. Era bella y poderosa, más cara que la de oro, pero más redituable. Era de diamante. Dura y eterna como el planeta y traía visiones a quienes la poseyeran. Esas visiones nos ubicarían por encima del común de los hombres y, quizás, nos adoraran. Mi esposa y yo decidimos fundar una secta amparados en sus poderes extrasensoriales, para ello, nos deshicimos de la antigua llave de oro, de la cuál nos habíamos enamorado, y decidimos que los beneficios de la de diamante eran absolutamente superiores. Con ella, dominaríamos parte de la humanidad y, por qué no, quizás, al mundo entero. La llave de diamante nos sedujo. Teníamos el poder en nuestras manos. Vimos doblegarse a nuestros amigos y a los amigos de nuestros amigos, a nuestros vecinos del barrio y a los ciudadanos de nuestra ciudad y, luego, del país entero. Marchábamos por el mundo para conquistarlo, ebrios de poder y convicción. Un día, al regresar a casa de una gira agotadora, la llave no funcionó. No se rompió, ni se atascó. Giraba en la cerradura, giraba el tambor, pero no abría. La puerta permaneció cerrada como si estuviera sellada. Hicimos uso de todo mi poder unido al de mi mujer pero no lo logramos. No hubo manera. Ni siquiera cuando la agarré a patadas, esta vez, cedió. No se astilló siquiera. Entonces un chico de la casa de al lado, vino para tratar de ayudarnos. Aunque yo no quería, mi esposa le entregó la llave. En un santiamén la cerradura giró y la puerta se abrió, pero ella y yo nunca más nos atrevimos a entrar.

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