La loca del gato ensangrentado

Ese domingo amaneció igual que muchos otros en primavera. Los rayos del sol se asomaban tímidamente a través de los árboles demacrados de la cuidad que vigilaban los escasos transeúntes. En algún lugar lejano, un perro aullaba y su quejido desolado hacía eco por cada rincón de la ciudad. Las primeras golondrinas planeaban como balas negras perdidas. La ciudad despertaba para algunos, mientras que para otros la mañana estaba teñida de olor a final.
Una brisa fresca le sopló el pelo a Soledad, un mechón se le interpuso entre sus ojos y la puerta que intentaba abrir, pegándose contra su frente sudada. Frenó su actividad y se recogió el pelo con impaciencia. Tenía la respiración entrecortada y la cara incinerada de la frustración.
—¡Abrime, mierda!— gritó. A nadie. Al baldío que rodeaba la casa. Al aire fétido contaminado por el alcohol acumulado que supuraban sus poros. Pateó la puerta con furia. La puerta vibró y volvió estoica a su lugar.
Cerca de la puerta encontró una piedra con forma de búfalo. Con sus brazos flacos y machucados, la levantó con dificultad y, con su mayor esfuerzo, la tiró por la ventana de adelante. El vidrio estalló, abriendo un portal para el interior de la casa. Soledad se trepó por el agujero, cortándose la cara y los hombros sin sentirlo. Parada en el living oscuro, miró alrededor. Un hilo fino de humo salía de un incienso casi inexistente cuyo olor se entremezclaba con el aire tóxico de la casa.
— ¿Joel?—
El silencio la abrazaba.
—Perdón. Joel. ¡Quiero volver! —balbuceó. Su voz se desvanecía con el peso de la angustia.
—Lucho está loco —agregó, casi no se animó a decirlo y al pronunciar esas palabras, cobraron realidad. De repente, el pánico la invadió. Arrastró sus pies hasta la cocina y quedó petrificada en el marco de la puerta.
El cuerpo despatarrado de Joel yacía semi desnudo, lleno de agujeros que supuraban muerte. Sus ojos abiertos sin vida seguían pidiendo ayuda. Su sangre corría por el piso en la ranura entre las baldosas blancas, y terminaba acumulándose en un lago al lado de la puerta de la cocina donde el gato dormía la siesta.
Con un grito atrapado en la garganta, Soledad se desplomó. Su mente nublada no lograba entender la totalidad de la tétrica escena que estaba presenciando. Al costado de su pierna, vio el cuchillo de cocina que había tomado la vida de Joel. Su cuchillo. Con el que tantas veces había cortado vegetales en lo que parecía otra vida, antes de la huida, antes de las drogas, antes de que Lucho le arrebatara la vida.
—Perdón mi vida —susurró. —Nunca me tendría que haber ido.
Lloró con angustia tendida sobre el cuerpo de su esposo muerto.
Cuando el cabo de la seccional 5 la encontró, estaba durmiendo arriba del muerto, abrazada al gato. Se la llevaron esposada y a los tirones, estaba rabiosa, cubierta en sangre seca, su cara desfigurada y sus ojos con la mirada de los que tienen el alma muerta. Sus gritos desesperados clamando su inocencia fueron tragados por la nube de rumores y las conjeturas que luego se convertirían en leyendas urbanas.
A 7 cuadras y media del loquero al cual Soledad está condenada de por vida, Lucho se mira las manos. Están coloradas y descascaradas de tanto lavarlas y cepillarlas, sin embargo, tiene la certeza de que nunca más volverán a estar limpias.

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