Los ladrones de medias

Recién comenzó a llover. Para variar los pronósticos anunciaban sol todo el día, pero se hizo de noche en medio de la tarde y vi desde la ventana caer las primeras gotas. Bajé lo más rápido que pude y fui al fondo a entrar algo de ropa que aun colgaba de la cuerda. La llevé al cuarto de lavar y, por un momento, me detuve en la bolsa de las medias. No son medias para guardar. Son huérfanas que esperan desde tiempos inmemoriales que aparezca su pareja.
No hablo de una bolsa pequeña cual sorpresitas de cumpleaños, sino de una enorme que desborda medias que lloran en medio de la ausencia. Lo increíble es que llevamos menos de un año en esta casa y la bolsa ya no admite más huéspedes.
Es que cada vez que se guarda la ropa limpia quedan medias sin su pareja y, a pesar que uno hace su mejor esfuerzo en juntarlas con otras al menos parecidas, es imposible aceptar la idea de no saber a dónde van a parar todas estas medias perdidas.
Cada mes, revisamos la bolsa con la expectativa de encontrar finalmente los pares y, si bien hay veces que formamos dos o tres, siempre son más las nuevas medias solitarias que llegan que las que dejan la bolsa.
Lo peor de todo es que me he descubierto de noche con medias totalmente distintas en los pies, con lo que el número de medias sueltas es aún mayor.
Durante años, pensé que esto era un problema nuestro. Que alguien robaba medias del tendedero, o que el viento se las ingeniaba para hacer volar solamente estas prendas de la cuerda. También desconfié de mi perro, pero nunca pude encontrar una prueba que confirmara mis sospechas.
Me sentí mucho más tranquilo hace unos meses cuando, conversando sobre esto en una reunión, supe que no era un problema exclusivamente nuestro sino que a casi todo el mundo le pasa lo mismo. Salvo a los Gonzales, claro, ya que ellos por un tema religioso no usan medias.
Marcia, la muchacha que trabaja en casa y que nos ayudó a criar a nuestros hijos, tiene una teoría interesante al respecto. Bueno, antes que nada, lo de muchacha es en sentido cariñoso. Marcia cumplió ayer sesenta y nueve años, aunque sigue siendo joven. Una niña.

Ella le ha contado siempre a los niños que los ratones usan las medias para guardar secretos, dientes y recuerdos. Según Marcia, los dientes de los niños que los ratones cambian por dinero debajo de las almohadas, deben ser guardados en algún sitio, para que no se mezclen con otros. Y para esto usan medias pequeñas, en lo posible de colores claros.
Los ratones también guardan recuerdos que apreciamos mucho cuando somos chicos y luego olvidamos al crecer. Para esto usan medias oscuras, para que se mantengan intactos con el paso del tiempo. Finalmente, los secretos los guardan en medias comunes, para que nadie sospeche de su presencia.
La teoría de Marcia no me convence demasiado, pero me tranquiliza pensar que puede ser cierta y que hay una razón importante detrás de la constante pérdida de las medias. Incluso la prefiero a mis estúpidas suposiciones de robos nocturnos.
Mis hijos ya están en casa. Bajo a saludarlos y veo a Marcia hablando sola como político que ensaya un discurso. Me quedo en silencio tratando de escuchar, pero no entiendo lo que dice. Está algo agachada en una esquina de la cocina. Saludo a mi hija y le pregunto qué está haciendo Marcia. Y ella me responde sin titubear: Hablando con los ratones.

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