Días de tormenta

La tormenta era intensa, como nunca había visto. Los truenos que conocía parecían sollozos afónicos de anémicos viejitos ante lo que aullaban en esta. Sigilfredo conocía del tema, le gustaba estudiar la naturaleza y sabía perfectamente que esta tormenta no era común. Como le gustaba decir “una tormenganza del padre cielo”. No hacía falta saber nada para darse cuenta que se encontraban ante algo inusual. Las lluvias eran insoportables, el agua pegaba y dolía, restregaba enfurecida su indómita fuerza violando la tierra, esa virgen desolada y desprotegida del único pueblo olvidado en el mapa: Villa Sola, así lo habían bautizado los abuelos de sus abuelos. Encadenado al medio del desierto de Sonora, lo único que le faltaba era vida y de la buena.
— Se termina el mundo —dijo Manuela.
Más que eso, pensó Sigilfredo.
— Esto no es para ni madre —dijo Manuela.
La miró como preguntándole de dónde saldría tamaña afirmación. No dijo nada.
Miró hacia la calle y vio pasar una vieja carcacha pintada de rojo carmesí. Avanzaba paso a paso, como pidiendo permiso al muro de agua. Adentro, se adivinaba la figura de un hombre escuálido y con cara de santurrón. Vestía un pullover verde y llevaba un sombrero tan inútil como colorado. ¡Qué año para pasear eligió!, pensó.
El hombre le devolvió la mirada y lo saludo como se saluda un domingo al pasar por la iglesia.
Su viaje tranquilo y cansino no coincidía con la atmósfera de locura que se ensañaba con todo lo que estaba vivo y muerto. Parece la antigua serpiente escapando de su propia fiesta, pensó Sigilfredo.
Ya costaba respirar. El viento no podía moverse ante el aguacero apretado que seguía cayendo, no había lugar para hacerlo. Sigilfredo pensó en carpir el aire a ver si podía rescatar un poco aunque sea para humedecer su garganta, pero ya ni ganas de hablar tenía. Miraba la lluvia que caía indomable y su cuerpo evocaba el olor a Sol que acompañaron sus primeros amores detrás de las cactáceas ya extintas.
De pronto la voz chillona y enchilada de Manuela lo sacó de su letargo.
—Me quiere decir cuándo va a parar esta porquería.
La miró como destrozando su inocencia y acusándola de algo, de lo que sea, pero de algo.
— ¿Por qué no se calla? —le dijo con su voz baja y pesada.
—Ud. siempre el mismo fufurufo, desde que comenzó, no me habla. Ándale si quieres, no me hace falta.
Cerró sus ojos y, en la soledad de su adentro, la mató varias veces; se lo tenía merecido.
Respiró como pudo, abrió sus párpados como quién abre una portera pesada y la miró con esa mirada fulminante que solo los esposos hastiados le dan a la causa de su hastío y, con voz más pesada y más lenta, le dijo:
—Va a parar cuando tenga que parar, ¿qué apuro tiene?
—Yo quiero que paré ahora, estoy chingada de escuchar caer esta lluvia maldita, me crispa oír cómo crecen los hongos, extraño el viento seco, el olor penetrante del desierto que ahora está más muerto que mi abuela, el calcinar del día, los panaderos al viento y los gorriones en flor, a veces me pregunto dónde estarán las chicharras, ¿Entiende que me estoy volviendo loca?
Nuevamente silencio.
No se da cuenta que hace tiempo está loca, pensó
Pasaron varios días y nada cambiaba, el cielo se vestía de negro como los disfraces de luto de un infierno mexicano. Lloraba sufriendo la impotencia de no saber cómo parar y cada tanto se escuchaba el zigzaguear de un relámpago tristón que se escapaba en las horas interminables de tanta humedad y calor. Todos en el pueblo estaban solos, ya nadie podía saber de nadie. El negocio del chisme había sido exterminado por la lluvia. Las viejas expertas sufrían de una jubilación forzada y los noticieros cerraron pues había solo una noticia que todos conocían y ya a nadie le interesaba.
Manuela no aguantó más y se entregó a la Intensa, así la llamaba. Su cuerpo sintió los efectos tempranos de un torrente que desmorona a cualquiera. Sigilfredo no tuvo más remedio que sacarla de aquél suicidio líquido. Pasaron varios días y Manuela no recordaba su cuerpo, estaba aletargada como las paredes de la casa que ya estaban poniéndose de rodillas. Así se sentía, así quería entregarse de una vez por toda a la muerte sórdida en ese verano putrefacto.
De pronto, esa noche, la calamidad cesó y un vacío ostentoso se adueñó del espacio como un sigiloso ladrón que aprovecha la ocasión para robarte los sueños. Ya nadie pudo dormir, una cosa era ese ruido enloquecedor y otra tener que aguantar el silencio.
Desde ese día, las noches nacen eternas y todos en Villa Sola dejan escapar las fantasías como cometas perdidos en vientos de añosas primaveras.
Solo Sigilfredo duerme. Él sabía que en sus sueños iba a encontrarse con la lluvia compañera. Y fue el único en todo el pueblo que no se equivocó.

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