La mujer y el soldado

Ella corrió desesperada, huyendo en una noche ennegrecida por el miedo. Sabía que el enemigo estaba cerca, pero más cerca aún lo estaba el enemigo de su enemigo. Salió a buscarlo en un acto desesperado, como su única esperanza, enredando sus cabellos entre los espinos del camino, mojando y desgarrando su blanca túnica enjaezada con piedras preciosas, apenas cubiertos sus pies por frágiles sandalias. Corría, ciega al riesgo, trepando las zonas rocosas del lugar. Cruzando lagunas y cañadas.
Antes de ver a los hombres, observó el reflejo de las lanzas y armaduras, y escuchó por primera vez el relincho de un caballo, envuelto en el humo de su aliento, que logró aterrorizarla. Atravesó el campamento y llegó hasta el hombre barbado casi arreada por dos fornidos soldados. Ese hombre era su esperanza. Y sus ojos de cielo, lo confirmaron.
De manera rudimentaria, usó sus tímidos conocimientos del idioma extranjero. Él quedó maravillado. Se comunicaron perfectamente. Pero no sólo en la palabra, también en la mirada. Ella entendía sobre esas cosas. Sabía, porque en su tribu la mirada ocupaba el lugar del corazón. Con los datos que ella le daba, elaboraron juntos un plan militar, para derrocar al enemigo de ambos.
Al otro día, se produjo la batalla. El pueblo de la tribu de la mujer Princesa quedó a salvo del bárbaro enemigo pero, ella y su tribu, pasaron a pertenecer para siempre, hasta su muerte, hasta la eternidad de los tiempos, al hombre de la armadura de hierro y del caballo de fuego en el despreciable mundo de la traición.

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