Pica

El pueblo de Pica Valle se encontraba en completo silencio aquella mañana de principios de primavera. Los más aventajados cruzaban las calles en sus autos de vidrios polarizados, tratando de frenar la menor cantidad de veces posible. El sol quemaba la acera, mientras el cielo seguía cambiando su color de rosa a turquesa. Las flores provocaban un delicioso olor en el ambiente, ininterrumpido por la falta de transeúntes.

Es una casa humilde, una familia se preparaba para el nuevo día. La pintura de las paredes estaba gastada y las puertas mal barnizadas. No había dos sillas del mismo juego y la heladera se encontraba casi vacía. Sin embargo, las ventanas estaban muy limpias y ni una pelusa se podía ver en el suelo. Las camas tendidas y los pocos juguetes en perfectas condiciones.

– Pórtense bien-dijo el padre en dirección a los niños-. No le den muchos problemas a mamá.

Sus cuatro hijos asintieron con solemnidad. La madre tenía la mirada triste y clavada en el suelo. Parecía preocupada.

– ¿Te pasa algo?

-No quiero que vayas -explicó ella soltando un suspiro-. Quedate en casa.

-Chicos, levanten la mesa, por favor.

Los niños obedecieron, abandonando el salón y dirigiéndose a la escuálida cocina. El más grande, comprendiendo la situación, cerró la puerta.

-Tengo que ir-dijo el hombre-. Necesitamos mi trabajo. Y hay que comprar comida.

-Es que tengo mucho miedo.

-Siempre lo tenés, es todos los días lo mismo.

-Hoy es distinto. Tengo un mal presentimiento-la recorrió un escalofrío-. Dejame ir a mí.

-Es peligroso, y más si tenés un mal presentimiento. Sabés que si a alguno le pasa algo, tiene que ser a mí. Vos tenés que quedarte con los niños.

Ella asintió al borde del llanto. Él la abrazó, sabiendo que si le decía que todo iba a estar bien, estaría mintiendo.

– ¡Vengan a saludar a papá! -llamó la madre al separarse de sus brazos.

Los hijos salieron de la cocina como estampida y abrazaron al padre. Este se vio rodeado por dieciséis manitos que parecían querer sujetarlo de caer en la angustia. Más allá de la preocupación que tenía, logró sonreír.

-Bueno, bueno-dijo, esforzándose porque su voz adquiriera un tono normal-. Nos vemos de noche-besó a cada uno en la frente y, el último beso, se lo dio a su mujer en los labios.

-Suerte-susurró ella.

Él le dirigió una sonrisa de ánimo, que se esfumó de su rostro en cuanto cerró la puerta. Caminó con sigilo por el pavimento. Su trabajo se encontraba solo a cinco cuadras. Cada vez que le parecía detectar un movimiento con el rabillo del ojo, se escondía tras un árbol.

Cuando estaba a mitad del camino, un hombre dobló por la esquina. En cuanto se vieron quedaron congelados. Se evaluaron con la mirada y se prepararon para correr. Aguardaron. Ninguno se movió pasados un par de minutos. Él asintió con la cabeza y el hombre le devolvió la señal. Cada uno siguió su camino.

Apuró el paso cuando solo quedaba una cuadra. Quería llegar y sentarse tranquilo en su escritorio. Pero entonces, sucedió el segundo encuentro.

Una mujer, más joven que él, caminaba por la acera del frente. También se detuvieron en cuanto sus miradas se encontraron. Esperaron unos segundos y entonces, ella salió corriendo. Él no perdió el tiempo, la siguió a una velocidad de la que había sido incapaz hasta que la adrenalina invadió todo su cuerpo. Incluso su cerebro parecía ser dominado por esta, ya que pensaba con mayor claridad.

No tardó en alcanzarla. Ella le dirigió una mirada de alerta en cuanto lo notó. Parecía implorarle. Pero él no se detuvo. No es momento de ser un caballero, pensó. Sus piernas se movían tan rápido como las ruedas de los autos, en los que viajaban aquellos que estaban a salvo.

La dejó atrás y siguió en dirección al centro del pueblo. Cuando creyó que ya no podría correr más, lo vio: El Muro. Sonrió, sabiéndose a salvo. Pero los pasos de la mujer parecían cada vez más cercanos, como si la visión de El Muro también hubiese surtido efecto en ella.

Él apuró más el paso. Ella lo imitó. Sentía que le sangraban los pies, pero no se detuvo. Extendió los brazos con las palmas hacia delante. Chocó contra la pared, produciendo un gran estruendo. Pero él solo pudo escuchar un único sonido. Un suspiro en forma de “oh”. El grito de unos pulmones quedándose sin aire.

Se dio la vuelta. Allí estaba la mujer, tirada en el suelo. Muerta. Trató de recuperar el aire, mientras asimilaba lo que estaba pasando.

Ya no podría volver a casa esa noche. No vería a su mujer ni a sus hijos. Ahora era El Buscador. Su vida sería matar o morir. Estaba condenado.

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