Sucumbir

La memoria más clara de mi infancia fue la primera vez que escuché su voz. Me asustó, porque pensé que estaba solo y el tono de su voz por alguna razón me hizo poner la piel de gallina. Tenía 9 años. Un día, estaba en el jardín subido a mi bicicleta nueva tratando de hacer un wheelie, totalmente ajeno a la reunión familiar que había en mi casa. En un momento, sentí algo en mi brazo: un San Antonio. Por unos instantes, disfruté las cosquillas que me hacían sus patitas al caminar por mi brazo desnudo. Miré con fascinación como amagaba desplegar sus alas de colores intensos, pero no se iba. Se había encariñado conmigo. En ese instante, fantaseando con haberme hecho un nuevo amigo, fue cuando sentí su voz con tono de urgencia, desafiándome a que lo aplaste. Lo consideré durante un segundo pero no lo hice. Frente a su segundo desafío, me dio curiosidad saber qué sentiría al apretarlo contra mi propia piel. Lo hice, sin saber muy bien por qué, pero con cierto alivio de que no me podía decir que era un cobarde. Cuando crujió bajo la presión de mis dedos y sus entrañas humedecieron mi piel, la única sensación que me invadió fue la vergüenza. Esa es la única emoción que aún me invade cuando me acuerdo de ese día.
Si bien nunca lo quise mucho, nuestras vidas estaban de alguna manera entrelazadas. En la siguiente década, tuvimos unos cuantos momentos de encuentro. La mayoría de ellos no muy positivos. Su presencia siempre me dejaba nervioso y su influencia sobre mí era mayor a lo que me gustaba admitir.
¿Cómo se sentirá apretar su cuello hasta que deje de respirar?, me preguntó un día en casa. Yo estaba sentado en el sillón mirando algo distraído la televisión mientras mi novia dormía. Su cabeza en mi falda, mis manos acariciando su cuello. Hice de cuenta que no lo había escuchado y seguí mirando la televisión aunque, de repente, fui consciente del potente latido de la yugular sobre mi mano. Me volvió a insistir con la misma pregunta, esta vez con cierto grado de excitación en su voz.
—¡Basta! —le dije entre dientes, con miedo que mi novia escuchara. Te odio —espeté, al borde del llanto. Pero no me levanté. Me quedé sentado donde estaba y no moví mi mano.
Después de eso y en las semanas siguientes, fue creciendo su participación en mi vida. Al principio, me resistí. Tenía miedo. Me aferraba al último hilo de luz que quedaba dentro de mí. Pero, lentamente, comprendí que nuestra fusión era inevitable y me entregué. No tenía sentido defenderme del mal. El mal era yo.

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