La dimensión de la distancia

Cuando los caminos te lleven por otros rumbos y la lejanía se haga infinita, recuérdame y abrázame a la distancia para que yo te sienta junto a mí.
Y cuando a mi lado estés, no dejes de rodearme con tus brazos porque así, entre ellos, yo podré entregarme confiada a ese sosiego.
Quiero todos los abrazos del día y la noche, quiero amanecer sintiendo la tibieza de tus brazos cubriéndome, quiero saber que, al desvelarme, ellos estarán ahí para cuidarme.
Abrázame al caminar, al festejar. Abrázame cuando me emocione, cuando llore y cuando la tristeza llegue a mí. No olvides abrazarme, aun cuando te pida que me dejes… igual ¡abrázame!

Caso aceptado

Daba y daba vueltas en mi habitación, como quién anda en una calesita sacando todos los boletos de la tarde. Sin apuro, llegaba al punto de la ventana, que se me hacía el de la partida, y empezaba la vuelta, hacia la puerta de la salida, en el otro extremo. Trataba de pensar. Trataba de decidir. Ni el pensamiento ni la decisión aparecían, y yo me estaba mareando. Decidí recostarme y hacer una siesta, pero como tardaba en llegar, me puse a pensar y me quedé dormida.
Sin embargo, al despertar, tenía la solución: Los Simuladores. Me vestí rápido, hice alguna llamada y ubiqué la oficina donde el grupo me esperaría hasta las 18 horas. Ya en el taxi me sentí aliviada pero nerviosa. Me recibieron muy bien, y me explicaron que el grupo había sacado su inspiración de El Quijote de la Mancha. Los cinco eran fanáticos del libro de Cervantes y seguían el sendero de la Justicia y Verdad, en todas sus acciones. Para lograr la eficacia necesaria en la resolución de cada caso, no dudaban en utilizar varios de los recursos de Misión Imposible y algunos códigos no muy apreciados por la injusta Justicia de los hombres. Dominaban la tecnología y contaban con equipos de primera. Me informaron que tenían redes de contacto a lo largo y ancho de todo el país, que eran individuos formados por ellos y de total confianza.
Ya más tranquila, comencé a exponerles mi caso. Me dejaron hablar sin interrumpirme. Yo lo relataba con cierto dramatismo y angustia, pero a medida que lo exponía, se me iba pasando, y yo tenía que recordar no sólo los hechos, sino también la angustia y el dolor, para poder reproducirlo y conmoverlos. Terminé el relato un poco aburrida de oírme repetir y repetir parte de mi vida, hasta llegar al momento actual y mi desesperación. Cuando llegué a ese punto, el aburrimiento me sorprendió en medio de una frase, y me vino a la cabeza mi habitación y la cama, dónde me vi dormida, soñando con ellos.
Cuando terminé, ellos comenzaron a desplegar papeles sobre la mesa, mapas y guías telefónicas, aparatos técnicos y computadoras y a escribir en un pizarrón. Luego me sometieron a un interrogatorio muy preciso e, inmediatamente que yo contestaba, ellos anotaban o accionaban alguno de los aparatos electrónicos registrando todo. Uno de ellos realizaba anotaciones en el pizarrón, en el cuál dibujaba además, figuras geométricas que de alguna manera asociaba a datos íntimos que yo les proporcionaba. El lugar estaba, además, lleno de cuerdas, escaleras, tablas, algunas piedras, ruedas y matrículas de autos, era algo así como un depósito de posibilidades.
Me despidieron gentilmente y me dijeron que se contactarían. Que bajo ningún pretexto, yo me comunicara con ellos. Tanto despliegue, había logrado excitarme. La sangre del corazón me bombeaba en las mejillas, y mi cara pasó del verde hepático indisimulado al rojo, sin pasar por el amarillo, sin el menor escrúpulo. Pasaron varios días sin ningún contacto. Yo, simplemente, esperaba mientras vivía mi angustia de siempre, desvalorizándome. Sin saber qué hacer ni a qué atenerme. Levantándome del piso a la altura de una hormiga, para desde allí, sentir el desplome de la injusta vida sobre mi frágil cuerpo.
Los días seguían pasando, y yo comencé a ponerme apática. Mi tranquilidad era recordar que no me habían pedido ningún dinero por adelantado. Eran buena gente. Habían establecido que únicamente cobrarían si la gestión resultara un éxito para el cliente. Yo les había dejado en claro que, parte de mi sufrimiento, era el terrible estado económico en que esta penosa situación me había dejado. Ellos se mostraron comprensivos y muy tolerantes. Además, me aclararon que muchas veces, su ganancia la obtenían de la contraparte. Eso, me consolaba. Pero no me sacaba el problema de encima, que me angustiaba, que me ponía peor, porque me acordaba de lo que les había contado y me daba mucha lástima de mí misma.
Al año me di cuenta de que ya no me llamarían. A esa altura, no importaba porque el motivo de mi consulta había desaparecido. Se había muerto de muerte súbita. Pero eso, no me hizo más feliz.

Viniste

La tarde se hace noche oscura, los relámpagos brillan, los truenos son eternos.
El viento sopla con fuerza, los árboles agitan los nidos, las ramas crujen sus nudos.
Estoy en el auto. Miro a través del parabrisas polarizado.
Se reflejan luces y se escurren gotas de lluvia.
Trato de no pensar en nada. Escucho el afuera.
Miro entre los troncos. Busco entre las sombras.
¿Qué busco entre las sombras? No lo sé…
Simplemente, busco, miro, vislumbro, percibo. En realidad, trato de adivinar en la oscuridad.
Imagino que no estoy sola, que vos estás conmigo.
En realidad, te busco y te encuentro. Tu silueta asoma de entre los troncos.
Y estás…
Viniste a acompañarme, a no dejarme sola en esta tarde de lluvia.
Y estás…
Me mirás con tus ojos chispeantes, esos ojos, ¡tus ojos! que no necesitan palabras.
Y estás…
Me tocás con tus manos, con tus dedos, con tus uñas, me acaricia tu calor.
Y estás…
Escucho tu risa, tu voz, tus palabras insensatas, tus palabras certeras, tus palabras.
Y estás…
Huelo ese aroma que es único, particular, esa combinación inusual entre tu olor y el tabaco. Huelo tu perfume.
¡Sí! Sos vos. No tengo dudas.
Viniste a despedirte.
Viniste a acompañarme.
Viniste….

Segunda piel

– Promesa bendita,

fruto del deseo,

habitante esperado en la

matriz fecunda que te abraza.

– Serás fuerte, coloso

sobre el mundo

y tus semejantes.

– Gris existencia

te traerá el tedio

cadencia rutinaria del día a día

cotidianeidad desabrida

y anhelo desesperado de asombros.

– ¡No! El destino de masas sin alma

no tendrás deparado.

Serás tibia arcilla

en el pico de un hornero

y agua serena que refleja el cielo.

– ¡Cuidado! Solo cuentan las cifras, los montos,

las cuentas corrientes, vivirás saldando deudas

en el arduo acontecer, superviviente.

 – Recuerda…Continuarás la estirpe

con lealtad debida

A tus venerados ascendientes

reverenciarás

postrándote con tu frente

en la tierra abonada con el arraigo de sus creencias.

– ¡Calla tu voz!

No empañes con espectros

el límpido azogue de sus ojos.

– Pondré mis manos sobre mi vientre

y te acunaré bajo mi voz

que canta tu nombre

y te susurraré caricias

que la vida me ha ido soplando.

Seguirás el camino de tu esencia:

ser emanado del Universo.

Y estrujarás, romperás y volverás añicos

los mandatos convertidos en encorsetadas etiquetas

que cual babosa piel reptiliana

obtura los poros de aquella primera piel,

tersa, primigenia envoltura que cubre y protege el cuerpo vivo

desbordante de sentidos y colmado de placeres.

– ¿Has oído? ¡Arranca esa segunda piel!

Sin peros ni tapujos…

y quedarás en cueros

mudado ya de estéril pellejo

esperando con lozanía el encuentro

con la evidencia del amor.

La indescifrable noche

Silenciosa y oscura, la noche envuelve entre sus brazos a los inocentes durmientes de la Chacra De los Ríos. Se mete en los calurosos cuartos de todos, invadiendo los sueños de algodón de cada uno de ellos y, dependiendo de su humor, los trasforma en pesadillas dolorosas o en encuentros esperanzadores.

Cuando se siente despechada o de humor negro, la noche entrelaza los cables y hace que la señora María sueñe que cabalga por los campos de maíz dorado con el jovencito peón que en los días de calor trabaja sin camisa para espectáculo de todas las mujeres de la Chacra. Al jovencito, lo enloquece con imágenes de Carmencita, hija menor de Pedro y María de los Ríos, paseándose por la terraza iluminada solo por la luna con un camisón de lino blanco que una vez divisó en la cuerda de colgar. En Carmencita, echa leña al sentimiento de enojo contra su padre quien no aprueba su noviazgo con Javier, compañero de liceo e hijo de la eterna contrincante por el mejor ganado del pueblo. Y, al señor Pedro, lo obliga a dormir con el revólver bajo el colchón por sus eternas pesadillas de que vendrán los trabajadores, a quienes explota a conciencia, a reclamar su parte de la riqueza y, peor aún, a llevarse a sus dos mujeres.

De todos modos, cada tanto la noche se vuelve compasiva y melancólica. Entra a las habitaciones como una inexistente brisa a quitar el sudor y el nerviosismo de los rostros de cada uno. Los observa a pocos metros y se entristece al conocer las penas que invaden sus quebrados corazones. Se enfada ante su incapacidad de abrirle los ojos y gritarles a toda voz: Disfruten la vida, que es una sola, no se amarguen por banalidades. Pero el estricto reglamento terrenal lo prohíbe por lo que se limita a acercar las manos de Pedro y María para que se despierten unidos, a matar los mosquitos en torno al viejo catre del peón para que descanse mejor y pueda soportar el infernal calor del otro día, y a rellenar el vaso de agua junto a Carmencita quien le tiene miedo a la noche y nunca abandonaría su cama a esas horas.

Justo cuando esta por amanecer, toca la puerta en la única habitación que se abstiene de invadir. Sabe que no responderá nadie, porque así viene siendo hace 23 años. Nunca olvidará cuando convencida de que todos dormían procedió a efectuar el encargo que se le había encomendado. Tomó al abuelo Carlos entre sus manos y lo entregó a Dios en el portón de la Chacra. Al darse vuelta, se encontró con la abuela Sara plantada en la terraza con los brazos cruzados sobre el torso y un odio indescriptible en su rostro. La noche intentó explicarse pero la abuela le cerró la puerta en su cara. Hace 23 años, la noche siempre vuelve en búsqueda de un perdón que jamás le será otorgado.

Ese silencio

Gabriela, desnuda, en su cuarto, lloraba frente al espejo.

Pablo había pasado a buscarla temprano para llevarla a su casa porque esa noche iba a presentarla a sus padres.

Había estado contenta y con expectativa todo el día, no tanto por conocer a la familia de su novio, que le interesaba, sino porque era como un gesto de reafirmación entre ambos, y eso la había hecho sentir feliz.

Estaba muy bonita esa noche, su pelo rizado, negro, brillante, caía sobre sus hombros. Algo de maquillaje, lo justo para dar más fuerza a sus hermosos ojos café. Y los labios, dueños de la sonrisa que había cautivado a Pablo, tenían el mismo color que llevaban la noche en que él la había conocido.

Cuando llegaron a la casa, la primera en recibirlos fue la madre que, con una actitud amable y cariñosa, les dio la bienvenida y los invitó a pasar.

Avanzaron juntos, de la mano, hasta el living donde el padre esperaba leyendo el diario. Elegante, seguro, lo sostenía con los brazos extendidos como un telón que preservaba su imagen antes de salir a escena.

Primero asomó el pelo cano, bien peinado, luego sus ojos azules algo gastados de tanto ver en la vida y después su sonrisa.

Fue en ese instante que se produjo el silencio, cuando su sonrisa casi convertida en mueca apareció de atrás del diario.

Un silencio frío, helado de asombro.

No fueron más que uno o dos segundos pero parecieron años, siglos de miedo y consternación.

Él no estaba preparado para eso. Fue un impulso genético, involuntario, de tiempo y vidas anteriores que lo condicionaron de ese modo. No fue su razón, mucho menos su intención. Es que nadie le había dicho que la novia de su hijo tenía la piel oscura.

Luego, apenas unos instantes después, recuperado del impacto, acostumbrado a enfrentar situaciones complejas y haciendo uso de todo su oficio, se incorporó, acomodó su cuerpo y brindó a Gabriela un saludo amable, cordial.

Pero afecto y cordialidad, son cosas diferentes.

Gabriela, desnuda, en su cuarto, lloraba frente al espejo.

 

El llanto de Gabriela no era por el color de su piel, ni por su raza, ni por la de sus padres, abuelos o tatarabuelos. Lloraba por ella y lloraba por Pablo.

Le dolía no volver a verlo nunca más.