Ese silencio

Gabriela, desnuda, en su cuarto, lloraba frente al espejo.

Pablo había pasado a buscarla temprano para llevarla a su casa porque esa noche iba a presentarla a sus padres.

Había estado contenta y con expectativa todo el día, no tanto por conocer a la familia de su novio, que le interesaba, sino porque era como un gesto de reafirmación entre ambos, y eso la había hecho sentir feliz.

Estaba muy bonita esa noche, su pelo rizado, negro, brillante, caía sobre sus hombros. Algo de maquillaje, lo justo para dar más fuerza a sus hermosos ojos café. Y los labios, dueños de la sonrisa que había cautivado a Pablo, tenían el mismo color que llevaban la noche en que él la había conocido.

Cuando llegaron a la casa, la primera en recibirlos fue la madre que, con una actitud amable y cariñosa, les dio la bienvenida y los invitó a pasar.

Avanzaron juntos, de la mano, hasta el living donde el padre esperaba leyendo el diario. Elegante, seguro, lo sostenía con los brazos extendidos como un telón que preservaba su imagen antes de salir a escena.

Primero asomó el pelo cano, bien peinado, luego sus ojos azules algo gastados de tanto ver en la vida y después su sonrisa.

Fue en ese instante que se produjo el silencio, cuando su sonrisa casi convertida en mueca apareció de atrás del diario.

Un silencio frío, helado de asombro.

No fueron más que uno o dos segundos pero parecieron años, siglos de miedo y consternación.

Él no estaba preparado para eso. Fue un impulso genético, involuntario, de tiempo y vidas anteriores que lo condicionaron de ese modo. No fue su razón, mucho menos su intención. Es que nadie le había dicho que la novia de su hijo tenía la piel oscura.

Luego, apenas unos instantes después, recuperado del impacto, acostumbrado a enfrentar situaciones complejas y haciendo uso de todo su oficio, se incorporó, acomodó su cuerpo y brindó a Gabriela un saludo amable, cordial.

Pero afecto y cordialidad, son cosas diferentes.

Gabriela, desnuda, en su cuarto, lloraba frente al espejo.

 

El llanto de Gabriela no era por el color de su piel, ni por su raza, ni por la de sus padres, abuelos o tatarabuelos. Lloraba por ella y lloraba por Pablo.

Le dolía no volver a verlo nunca más.

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