La indescifrable noche

Silenciosa y oscura, la noche envuelve entre sus brazos a los inocentes durmientes de la Chacra De los Ríos. Se mete en los calurosos cuartos de todos, invadiendo los sueños de algodón de cada uno de ellos y, dependiendo de su humor, los trasforma en pesadillas dolorosas o en encuentros esperanzadores.

Cuando se siente despechada o de humor negro, la noche entrelaza los cables y hace que la señora María sueñe que cabalga por los campos de maíz dorado con el jovencito peón que en los días de calor trabaja sin camisa para espectáculo de todas las mujeres de la Chacra. Al jovencito, lo enloquece con imágenes de Carmencita, hija menor de Pedro y María de los Ríos, paseándose por la terraza iluminada solo por la luna con un camisón de lino blanco que una vez divisó en la cuerda de colgar. En Carmencita, echa leña al sentimiento de enojo contra su padre quien no aprueba su noviazgo con Javier, compañero de liceo e hijo de la eterna contrincante por el mejor ganado del pueblo. Y, al señor Pedro, lo obliga a dormir con el revólver bajo el colchón por sus eternas pesadillas de que vendrán los trabajadores, a quienes explota a conciencia, a reclamar su parte de la riqueza y, peor aún, a llevarse a sus dos mujeres.

De todos modos, cada tanto la noche se vuelve compasiva y melancólica. Entra a las habitaciones como una inexistente brisa a quitar el sudor y el nerviosismo de los rostros de cada uno. Los observa a pocos metros y se entristece al conocer las penas que invaden sus quebrados corazones. Se enfada ante su incapacidad de abrirle los ojos y gritarles a toda voz: Disfruten la vida, que es una sola, no se amarguen por banalidades. Pero el estricto reglamento terrenal lo prohíbe por lo que se limita a acercar las manos de Pedro y María para que se despierten unidos, a matar los mosquitos en torno al viejo catre del peón para que descanse mejor y pueda soportar el infernal calor del otro día, y a rellenar el vaso de agua junto a Carmencita quien le tiene miedo a la noche y nunca abandonaría su cama a esas horas.

Justo cuando esta por amanecer, toca la puerta en la única habitación que se abstiene de invadir. Sabe que no responderá nadie, porque así viene siendo hace 23 años. Nunca olvidará cuando convencida de que todos dormían procedió a efectuar el encargo que se le había encomendado. Tomó al abuelo Carlos entre sus manos y lo entregó a Dios en el portón de la Chacra. Al darse vuelta, se encontró con la abuela Sara plantada en la terraza con los brazos cruzados sobre el torso y un odio indescriptible en su rostro. La noche intentó explicarse pero la abuela le cerró la puerta en su cara. Hace 23 años, la noche siempre vuelve en búsqueda de un perdón que jamás le será otorgado.

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