Caso aceptado

Daba y daba vueltas en mi habitación, como quién anda en una calesita sacando todos los boletos de la tarde. Sin apuro, llegaba al punto de la ventana, que se me hacía el de la partida, y empezaba la vuelta, hacia la puerta de la salida, en el otro extremo. Trataba de pensar. Trataba de decidir. Ni el pensamiento ni la decisión aparecían, y yo me estaba mareando. Decidí recostarme y hacer una siesta, pero como tardaba en llegar, me puse a pensar y me quedé dormida.
Sin embargo, al despertar, tenía la solución: Los Simuladores. Me vestí rápido, hice alguna llamada y ubiqué la oficina donde el grupo me esperaría hasta las 18 horas. Ya en el taxi me sentí aliviada pero nerviosa. Me recibieron muy bien, y me explicaron que el grupo había sacado su inspiración de El Quijote de la Mancha. Los cinco eran fanáticos del libro de Cervantes y seguían el sendero de la Justicia y Verdad, en todas sus acciones. Para lograr la eficacia necesaria en la resolución de cada caso, no dudaban en utilizar varios de los recursos de Misión Imposible y algunos códigos no muy apreciados por la injusta Justicia de los hombres. Dominaban la tecnología y contaban con equipos de primera. Me informaron que tenían redes de contacto a lo largo y ancho de todo el país, que eran individuos formados por ellos y de total confianza.
Ya más tranquila, comencé a exponerles mi caso. Me dejaron hablar sin interrumpirme. Yo lo relataba con cierto dramatismo y angustia, pero a medida que lo exponía, se me iba pasando, y yo tenía que recordar no sólo los hechos, sino también la angustia y el dolor, para poder reproducirlo y conmoverlos. Terminé el relato un poco aburrida de oírme repetir y repetir parte de mi vida, hasta llegar al momento actual y mi desesperación. Cuando llegué a ese punto, el aburrimiento me sorprendió en medio de una frase, y me vino a la cabeza mi habitación y la cama, dónde me vi dormida, soñando con ellos.
Cuando terminé, ellos comenzaron a desplegar papeles sobre la mesa, mapas y guías telefónicas, aparatos técnicos y computadoras y a escribir en un pizarrón. Luego me sometieron a un interrogatorio muy preciso e, inmediatamente que yo contestaba, ellos anotaban o accionaban alguno de los aparatos electrónicos registrando todo. Uno de ellos realizaba anotaciones en el pizarrón, en el cuál dibujaba además, figuras geométricas que de alguna manera asociaba a datos íntimos que yo les proporcionaba. El lugar estaba, además, lleno de cuerdas, escaleras, tablas, algunas piedras, ruedas y matrículas de autos, era algo así como un depósito de posibilidades.
Me despidieron gentilmente y me dijeron que se contactarían. Que bajo ningún pretexto, yo me comunicara con ellos. Tanto despliegue, había logrado excitarme. La sangre del corazón me bombeaba en las mejillas, y mi cara pasó del verde hepático indisimulado al rojo, sin pasar por el amarillo, sin el menor escrúpulo. Pasaron varios días sin ningún contacto. Yo, simplemente, esperaba mientras vivía mi angustia de siempre, desvalorizándome. Sin saber qué hacer ni a qué atenerme. Levantándome del piso a la altura de una hormiga, para desde allí, sentir el desplome de la injusta vida sobre mi frágil cuerpo.
Los días seguían pasando, y yo comencé a ponerme apática. Mi tranquilidad era recordar que no me habían pedido ningún dinero por adelantado. Eran buena gente. Habían establecido que únicamente cobrarían si la gestión resultara un éxito para el cliente. Yo les había dejado en claro que, parte de mi sufrimiento, era el terrible estado económico en que esta penosa situación me había dejado. Ellos se mostraron comprensivos y muy tolerantes. Además, me aclararon que muchas veces, su ganancia la obtenían de la contraparte. Eso, me consolaba. Pero no me sacaba el problema de encima, que me angustiaba, que me ponía peor, porque me acordaba de lo que les había contado y me daba mucha lástima de mí misma.
Al año me di cuenta de que ya no me llamarían. A esa altura, no importaba porque el motivo de mi consulta había desaparecido. Se había muerto de muerte súbita. Pero eso, no me hizo más feliz.

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