Momento de lucidez

Diomedes sacudió su cabeza en desconcierto mientras seguía mirándose los pies. Hacía fuerza para acordarse cómo había llegado ahí, con un zapato puesto y el otro pie con una sola media que, alguna vez había sido blanca, pero no pudo recordar nada. Era como si se hubiera dormido en el viaje y, de repente, se hubiera despertado en su destino sin comprender del todo cómo había arribado. Tenía una leve sensación de incomodidad y angustia. Se sentía agitado y tenía la frente transpirada como si hubiera estado corriendo, pero supo que no podía ser, a su edad ya hacía muchos años que no corría, a no ser que fuera una emergencia.
Observó sus alrededores, era una calle poco transitada, residencial. Tenía amplios jardines y rejas con plantas y flores. Había árboles grandes y troncosos cuyas hojas se movían suavemente al ritmo suave del viento primaveral, encantándolo con su dulce susurro. El ladrido de un perro a lo lejos lo volvió a la realidad.
Se levantó con la ayuda de un árbol. Sintió el lamento silencioso y de su noble cuerpo al hacerlo. Comenzó a caminar, tenía una sensación de urgencia aunque no sabía dónde iba ni en busca de qué.
—Ahí estás!
El grito lo congeló en sus pasos. Su corazón se aceleró de nuevo, y la angustia le cerró el pecho. Estaba asustado. No entendía qué estaba sucediendo. Se dio vuelta y vio una enfermera que corría hacia él.
Diomedes siguió caminando para el otro lado arrastrando el pie sin zapato, pero sus pasos eran muy lentos y en pocos segundos la enfermera lo alcanzó. Lo agarró fuerte del brazo y lo dio vuelta de golpe.
—Siempre lo mismo con vos! No te podés escapar así. Hay que volver a la casa a tomar el remedio —su tono era agresivo y la voz fuerte y poderosa.
— ¡No! —Diomedes se negó enérgicamente con la cabeza. No estaba seguro por qué, pero aún tenía la sensación de que no quería eso. La enfermera le dio una mirada fulminante y el viejo bajó la cabeza. Ya no tenía argumentos. La enfermera lo llevaba del brazo con fuerza, casi arrastrándolo en la otra dirección. Diomedes se encontró siguiéndolo el paso con dificultad. Estaba cansado y con miedo.
—Viejo de mierda —murmuró la enfermera entre dientes.
Diomedes prefirió hacer de cuenta que no la había escuchado. Hicieron el resto del camino en silencio.
Mientras caminaba la brisa le secó la transpiración y los rayos de sol que traspasaban las hojas de los árboles y llegaban a su cara lo transportaron por un instante a su niñez, cuando jugaba con sus primos en el campo, con los primeros soles de la primavera calentando su cuerpo.
Cuando estaban llegando a la casa, vio una bota negra con los cordones desatados que estaba tirada al lado de un árbol como si alguien hubiera salido tan de apuro que no tuvo tiempo de terminar de calzarse. Tuvo la sensación de que estaba conectado a él de alguna manera pero no logró darse cuenta por qué. Siguió caminando rumbo a su cuarto. Iba a dormir un rato. Estaba cansado del paseo que había dado con la enfermera.

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