Sombreros de copa

—Los días deberían tener más horas. Así no se puede. ¡Ya no sé qué hacer para perder esta dependencia!
—Yo tampoco conozco la solución. Pero me parece sumamente perjudicial que el tiempo te maneje a ti.
—Sí, soy su esclava.
Haberlo dicho así, de ésa manera, tan segura, tan inexorable, me perturbó. Mientras caminaba por la Ciudad Vieja hacia la oficina, -ya fatigada, aunque recién me había levantado,- me di cuenta que es cierto, que me siento de esa manera. Quizás de allí, proviniera esta inconformidad permanente, esta rabia acumulada que, inexorablemente, se refleja en la ineficacia de mis esfuerzos laborales. Y en los otros…
Entonces, me encontré sentada en la Plaza Matriz, pensando largamente en ¿quién es el tiempo para que me domine de esta manera? La mañana era espectacular, la Plaza constituía uno de mis amores, la fuente, sus árboles y el espacio recortado en edificios emblemáticos, la hacían única. Volé por encima del campanario de la Catedral y vi la bahía, su barrio portuario y el Cerro de Montevideo, vigilando desde lejos, atento y pétreo, pero despierto. Y pensé que el tiempo es esto. Es las cosas que veía, es testimonio, es pasado que yo actualizo mientras miro. Entonces todo vive y se muestra porque está mirado por alguien. El tiempo entonces es mirada que ve y se apropia de quién lo mire.
No sé cuanto rato estuve, pero cuando llegué a la oficina, todos tenían cara de: ¿vos que pensás de la vida, te aparecés a trabajar cuando se te canta y, cuando te preguntamos, ni siquiera nos das una excusa razonable… y te limitás a decir que el tiempo te retuvo. ¿Qué tiempo? Y vos contestás: Él.
Por supuesto, me tuve que quedar después de hora para terminar mi trabajo. Todos parecían haberse puesto de acuerdo para amargarme el día. Sin embargo, la soledad y el silencio de la oficina, me metieron en mis pensamientos. Mientras me servía mi tercer café, pensaba en lo magnífico que resultaba el transcurrir imparable del tiempo. Como corre y corre, viene de atrás y nos atropella, y sigue, sigue su carrera. No hay nada más vivo que el tiempo. Es puro movimiento, es agitación, es vibración, es lo que nos hace sentir que estamos metidos en algo grandioso, que nuestra dimensión humana apenas percibe porque, cuando llega a nosotros, es para irse. Esto es misterioso, me dije. ¿Será por eso que me atrae? ¿A dónde se va el tiempo? ¿Tendrá un lugar donde llegar?
Salí muy tarde y en la calle me encontré con “la movida” de los viernes de noche. Los boliches estaban llenos, la noche de luna llena era un farol más, iluminándolo todo. La música se salía por las ventanas y se mezclaba en el empedrado. Mis pasos caminaron al ritmo de mis zapatos y llegué casi bailando al Pony Pisador, donde el olor a pizza de mariscos me fuera guiando apenas desemboqué en la calle Bartolomé Mitre. La muchachada bañada en cerveza, por dentro y por fuera, literalmente cierto, jugaban a sacudir las botellas y, cuando tomaban presión, apuntaban a un amigo para empaparlo. Me senté lo más lejos posible, pero cerca de la banda. Los Quizz, en ese momento, se había aquietado y recreaba a Bob Dylan en Gone with de Wind. Entre mi pizza y mi cerveza, pensaba que era una tonta, que el tiempo no se va a ninguna parte, que se queda dentro de cada uno, que somos acumuladores de tiempo, especies de silos, verticales y ambulatorios, donde el tiempo queda atrapado y se va acumulando. Es por eso que envejecemos. Es la carga de tiempo acumulada que nos corroe intentando salirse de las paredes de nuestro cuerpo. ¡Ah, el maligno tiempo! ¡Por fin te descubro! En ese momento me sentí fuera de lugar, cansada, envejecida, muy alejada de todos los chicos que me rodeaban, cuyos almacenes estaban mucho más vacíos que el mío. Pagué y me fui, sin haber terminado mi cerveza. Ella también acumularía tiempo en mi vaso y pronto estaría tibia y sin burbujas. Habría envejecido antes de que yo llegara a tomar mi taxi.
Me acosté extenuada, dormí como si hubiera estado despierta toda la noche, y me levanté cansada. Camino a la oficina, me entretuve viendo a todos los seres humanos como depósitos cónicos de acumuladores de tiempo. Y trataba de adivinar, cuanto tiempo acumulado tendría cada uno. Entonces, supe por qué a los ancianos se les ve encogidos y encorvados. Es que están repletos hasta el tope. Entonces, el tiempo pesa. A pesar de tanto movimiento y ligereza en sus pies, pesa descomunalmente, y doblega, tuerce y rompe aún las cosas más fuertes. Pensé en cerro, dicen los expertos que está más bajo.
En la oficina, hay un muchacho que me mira mucho. No confío en su mirada, porque creo que es una simple respuesta. Soy yo quién en realidad lo mira. A mí me gusta demasiado y, cuando él insiste en vernos, yo le contesto: —No tengo tiempo, otro día. Pero es miedo, sé que es miedo. Pero ayer me habló y me citó para encontrarnos hoy en La Pasionaria a tomar un café después del horario de oficina. El nombre del lugar, me llenó de premoniciones en el cuerpo y de alertas en la cabeza. Llegué a la cita más tarde, siempre soy la última en salir. Pero caminaba liviana y el verde de la Primavera teñía mi cerebro. Apenas nos sentamos, arremetió con el tema. Mi tema. Pero lo más extraordinario fue la propuesta:
—Vos, tomálo como quieras, pero a mí me hablaron de un lugar donde el tiempo se detiene, no existe.
Lo miré con incredulidad y me subí a su tren —¿Y… dónde queda ese fantástico lugar? —Cerca, muy cerca de aquí. Sólo sé que es un lugar donde la muerte no existe, donde no se envejece, más bien se rejuvenece, donde la amenaza del tiempo se detiene y su peso se aliviana.
—Quiero ir, —dije, sin pensarlo dos veces, —¿es cierto que está cerca?
—Sí, muy… Es un lugar luminoso, dónde los que llegan se descalzan, se pacifican, y se entregan de cuerpo y alma a sus beneficios. Se permanece con los ojos cerrados, sin sentir la necesidad de abrirlos, porque se mira con los dedos, con los labios, con el calor del cuerpo, con los latidos del corazón. Hay en esa entrega una enorme paz, un eterno presente. Produce un infinito goce en el alma. Y el tiempo, ni siquiera se atreve a acercarse.
Convencida y esperanzada, recorrimos, tomados de la mano con total naturalidad, la calle Rincón y, al llegar a la esquina con Ituzaingó, doblamos hacia la Rambla Portuaria y en la Rambla a la derecha, para finalmente meternos en un antro. Al final del pasillo, bajamos una escalera que nos llevó a un espacioso lugar, hábilmente iluminado, con perfume a césped y lavandas, con sonidos de cascadas y trinos de pájaros. En el centro, una gran cama blanca con almohadones de colores.
Mi compañero y yo cerramos los ojos y caminamos hacia ella. Nos amamos sin saber cuánto, ni dónde, ni por qué, ni para qué. Permanecimos con los ojos cerrados, sintiéndonos, conociéndonos, percibiéndonos. Dándonos cuenta de que hay un espacio en el alma donde nada pesa. En que el tiempo es burlado, y el infinito nos absorbe.
Conocer ese lugar, me reconcilió con el tiempo. Dejé de pelearme con él. Porque me di cuenta de que era absurdo, era una guerra que yo perdía en batallas diarias, que le daban victorias permanentes, dónde él, salía fortalecido. Pero supe que, a pesar de su maligno trato para con nosotros, sigo creyendo en su perversidad, los humanos también poseemos espacios de vida donde le cerramos la puerta en la cara. Quiero pensar que le duele. Sería lo justo. Ahora, con mi esposo y mis hijas a mi lado, sigo pensando que lo burlé. Me gusta imaginarlo, mascullando y malhumorado detrás de mis puertas, mientras yo esgrimo las armas invencibles y mágica para alejarlo: El amor y la felicidad haciendo puente entre mi cabeza y mi corazón, balanceándose tranquilo, sobre el abismo que él provoca.

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