Fuego

El olor. El olor es una mezcla de heces, orín, algún bicho muerto podrido y basura, mucha basura.
El olor penetra en las narices como un latigazo, imposible eludir las arcadas al entrar a ese lugar.
Montañas de deshechos se acomodaban junto a los colchones tirados en el piso, mohosos, telas húmedas, diarios y cartones con que se tapan.
Gente. Ahí, vive gente. Seres en un estado de descomposición humana. Comparten con las ratas que circulan con total comodidad hasta que aparecen los perros que son los que marcan territorio.
La mansión está abandonada hace décadas, tapiadas puertas y ventanas, selladas a cal y canto. Sin embargo, un boquete abierto en una pared lateral oficia de “entrada principal ” disimulada por el matorral que crece adelante.
Es el refugio de muchos. El infierno de otros. Hombres y mujeres, manada en la miseria. Prenden fuego, los une, los atrapa, los divierte.
Qué será esa atracción del fuego que invita a más, más llama, más calor, más luz.
Se les va de las manos. Todo se prende. Todo cambia; hasta el olor nauseabundo.
El humo los espantaba. Salen con dificultad, tosiendo, refregándose los ojos, mas hombres que mujeres. Jóvenes y viejos, una veintena, quizás, mareados, borrachos, increpándose unos a otros con violencia. Con o sin fuego viven el infierno.

-Te dije, te dijeeeee, pará de echar porquerías al fuegooooo.
-Mirá , mirá , mirá lo que es.
-Que sí, que la llama, que está de más, de más esta mierda, que tenemos acá. ?No aguanto más, qué calorrrrr.
-Ni manta, ni colchón mojado, nada lo paraaaa.
-Salííí, se te cae encima, salí, salííí

Se ahoga, toce, escupe, se ahoga, no puede con él, lo arrastra, lo abraza.
¡Ya está! No le da, no puede más… Lo mira. ¡Ese fuego está espectacular!

La inmortalidad de la duda

Escuchar nunca fue un problema para Carlos, de hecho era su mayor talento, sin dudas. Desde chico le fascinaba escuchar con atención -primero los cuentos que le leía su madre, después los que le contaban sus amigos, y finalmente los de sus pacientes. Escuchaba con aplicación casi obsesiva todo lo que le contaban. Visualizaba cada personaje que le describían, retenía cada detalle.
Analizar tampoco le costaba demasiado. Sacar sus propias conclusiones y contextualizar los cuentos le resultaba un pasatiempo entretenido. Tenía buen olfato para las personas y con facilidad lograba ver entre líneas y llegar al meollo del asunto.
Pero hoy, sentado bajo la tenue luz que entra por la única ventana de su consultorio, jugando con los pelos de su barba blanca, contempla lo pesada que le resulta la carga de ser el que aporta objetividad y trae a la luz la verdad. El que tira abajo las construcciones efímeras de las fantasías y las remplaza por las inamovibles murallas de la realidad.
-Es que estoy muy solo. Si no fuera por Noelia, no tendría con quien hablar estas cosas – desde el diván la voz ronca de Juan lleva el peso audible de la desgracia negada. Continúa hablando con la carga emocional de alguien que hace días espera su turno para hacer su cuento.
¿Y cuán inamovibles son esas murallas de la realidad? se pregunta Carlos, mientras observa los labios de Juan moverse al ritmo de su verborragia. ¿Son realmente inamovibles? Al fin y al cabo ¿no es más feliz alguien que habita en la calidez de su construcción efímera? Mi construcción de la realidad es más inhóspita, sin dudas. ¿Qué aporto con eso?
-Y anoche cuando le pregunté qué pensaba me dijo que estaba de acuerdo conmigo. Y me llamó la atención, entiende doctor. Porque estaba convencido de que me iba a decir que no. Tenía hasta miedo de preguntarle, no sé por qué…
¿Curo con la verdad? O ¿curaría mejor con un abrazo? ¿Cuál es la verdadera sanación? Quizás mi visión de la realidad ni siquiera es realidad. No es más que mi visión. Soy un atrevido que empuja una visión por encima de otra. Hago creer a otros que mi realidad los va a curar. ¡Y me pagan! Dios mío ¡soy una basura! me pagan por eso, porque de eso vivo y de eso me alimento. Pero no los curo, los destruyo.
-Últimamente me siento un poco confundido con ella doctor, cuando le hablo… como que las cosas cambiaron.
Quizás no destruyo pero sí los desarmo, porque alguna vez se vuelven a armar de algún modo ¿o no? ¿Cómo sería contigo Juan: Destrucción o desarmado?
– Como si yo estuviera aferrado a algo que fuimos, pero ahora no hay más que un fantasma del amor que tuvimos, y me siento más solo que nunca.
Desarmado. Te recompondrías en algún momento si te lo dijera… estoy seguro… además ya lo intuís en algún lado de tu ser. Sabés que está muerta Juan. Sabés que hace semanas que hablas solo.
Los labios de Juan dejan de moverse. Se hace un silencio que se empieza a hacer pesado de la expectativa. Llegó el momento que Carlos estaba esperando.
-Terminemos por hoy, Juan – le dice Carlos levantándose con una leve sonrisa. Nos vemos mañana, estamos haciendo muy buen progreso.

Una canción para Tomás

Un pasillo blanco que parece infinito, sin ventanas, solo puertas también blancas que permanecen cerradas. Hay gente caminando por él. Algunos deambulan sin rumbo, no saben adónde van sus pies, hace tiempo que tampoco saben dónde están sus mentes. Sus brazos cuelgan a los costados de sus cuerpos, como si solo fueran extremidades inertes con la única función de balancearse sin ritmo. Sus ojos perdieron la capacidad de enfocar y recorren, sin brillo alguno, la blancura del lugar como si no hubiesen visto la luz del sol en años. Parecen no saber cómo se usa un peine, ni cómo cortarse las uñas, ni que el zapato derecho va en el pie derecho y no en el izquierdo.
Su caminar lento e irregular molesta a los otros. A los de bata blanca y pelo prolijo. Esos que corren de un lado a otro, que salen de una puerta para meterse en otra. Esquivan con agilidad al resto, sin siquiera levantar la vista de la planilla que llevan en mano. Algunos hasta saludan con educación, otros solo sueltan un bufido molesto.
Son una serie de movimientos que ese pasillo ha visto durante cada día, de cada mes, de cada año.
En una de las habitaciones que encierran las puertas blancas, hay un escritorio. Tras él, hay una de esas mujeres de bata blanca. Aguarda por un paciente al que no ve hace mucho, debido a un receso que tuvo que tomarse en el trabajo por problemas personales.
La puerta blanca se abre y entra un joven. No es como el resto. Él está bien peinado y tiene los zapatos en su lugar, la remera al derecho y no hay rastro de sangre bajo sus uñas. Aunque, cada tanto, se le pierde la mirada.
– Buenas tardes, doctora. Me alegra verla de nuevo.
– Tomá asiento, Jaime, por favor.
El paciente obedece y la observa en silencio.
– ¿Cómo andás con tus alucinaciones?
– Ya le expliqué, doctora, que no son alucinaciones. No tengo esquizofrenia ni ninguna de las otras enfermedades que me diagnosticaron.
– ¿Estás diciendo que de todos los doctores y psiquiatras que te analizaron y diagnosticaron, ni uno acertó?
– Sí, doctora.
– A ver, decime vos entonces. ¿Qué tenés?
– No tengo nada.
– Está bien. ¿Y tus aluci…? Perdón, me refiero a eso que ves, que nadie más lo ve, ¿qué es para vos?
– Me alegro que lo pregunte, doctora. Nadie nunca había pedido mi opinión y, si igual la daba, me mandaban a callar diciendo que no la habían preguntado. Pero como usted preguntó, doctora, le voy a explicar. Lo que yo veo, es gente muerta.
– Ajá…
– No me mire como si siguiera pensando que estoy loco.
– No lo hice.
– Es en serio, doctora. Los veo. Y me hablan. No puedo dejar de verlos, doctora, pero no estoy loco. Son reales.
– Seguro.
– Hay alguien acá, ahora.
– ¿Y quién es?
– El niño.
– ¿Qué niño?
– Es un niño rubio, doctora. Siempre lo veo caminando detrás de usted en los pasillos. Bueno, desde que se reintegró, en realidad.
– ¿Un… un niño rubio?
– Sí, dice que se llama Tomás, doctora, y dice que es… oh… Dice que es su hijo.
– Mirá, Jaime, no sé de dónde sacaste toda esa información sobre mí, pero no es gracioso.
– ¡No me lo estoy inventando, doctora! ¿Cómo voy a estar jugando con algo así? Está ahí, atrás suyo, como siempre.
– ¡Ya basta, Jaime!
– Dice que extraña oírla cantar.
– ¿Q… qué?
– Dice que usted antes le cantaba todas las noches, pero que ya nunca le canta.
– Yo… no…
– Y dice también que la perdona, doctora. Por el accidente, dice. Dice que le gusta ser invisible, que en realidad está bueno porque hace travesuras. Que le esconde cosas y que hace ruidos, pero que usted no puede rezongarlo porque es invisible.
– ¡Qué estás diciendo! Yo…
– Sí, y dice que es muy feliz ahora. Pero dice que extraña oírla cantar.
– Jaime, creo que eso es todo por hoy. Andate, por favor.
– Le juro que no me inventé nada, doctora.
– Salí, Jaime.
Él se para y camina hasta la puerta. Antes de salir, mira a un punto en la equina detrás del escritorio, y sonríe.
– No hay de qué.
Cuando cierra la puerta, el silencio ensordece a la doctora. Suelta las lágrimas que estuvo aguantando durante los últimos cinco minutos. Y, con voz ahogada, comienza a tararear la canción preferida de Tomás.

Pasión de arena

La noche sombría arropa truenos que estremecen y un olor a rancio se adueña de todo. El calor pegajoso no deja respirar.
La calle padece de soledad.
Nadie mira hacia afuera, ya aburren tres días de lluvia, y nada hay para ver.
Solo pasa el viento.
De tanto en tanto, se escucha el ladrido de algún perro allá a lo lejos, y el ir y venir de las olas que rompen en la playa Arachania.
Los tres escalones que separan la casa de la arena se quejan por la intromisión. La mohosa puerta de madera también. Entra sin apuro. Está agotado por fuera y por dentro, carga su tormenta hace veinte años.
La madrugada va tragando la noche y el aire se hace silencio.

Sentada en una roca mojada mira de reojo al escuchar pasos.
-¿Ya terminaste?
-Sí.
-Debe de haber sido difícil.
-Sí, lo fue, ¡mierda!
-Me imagino que sí. ¡Me da tristeza!
-¡Qué noche, por Dios!
-Paradójico que te acuerdes de Dios.
-Él tiene algo de responsabilidad también.
-¿Qué harás ahora?
-No sé. Necesito pensar.
-¿Qué crees que sigue?
-¿Por qué me preguntás? ¿Vos qué crees?
-Te veo flaquear.
-Es que tengo miedo.
-Sí, eso lo sé. Me imagino que necesitaremos algo de tiempo antes de vivir juntos.
-Yo creo que lo mejor es no vernos por un tiempo.
-No me parece inteligente.
-Se va hacer inaguantable.
-Primero llamá.
-Dame un rato… no sé qué decir.
-“Su hermana y su esposo la encontramos muerta”, eso estará bien.

Casamiento en la playa

Habían anunciado buen clima para el día de la ceremonia. Laura estaba en el hotel que daba a la playa donde se realizaría la futura unión. Mientras la peluquera le daba los últimos detalles al tocado, sus amigas le sacaban fotos como locas. Al rato, llega la madre con el ramo de flores. Había una gran alegría concentrada en la habitación 101 del hotel, pero la imagen de novia pronta para casarse que se le reflejaba en el espejo no le lograba sacar ni media sonrisa.
Los nervios de Federico se percibían desde la playa vecina. Él ya estaba con la arena entre los dedos de los pies recibiendo a los primeros invitados. De frente al mar, había un sendero delimitado por pequeñas piedras que terminaba en un altar delicadamente decorado de blanco. Todo era muy sencillo pero hermoso. El DJ pone música suave para ir ambientando; eso comienza a serenar a Federico.
Abuelos, tíos, primos, padres y amigos más cercanos de los novios ya estaban en la playa. Laura miraba a través de la cortina del inmenso ventanal de la habitación con cara de espanto. Su cabeza era un campo de concentración. Miraba la sonrisa de oreja a oreja de su madre y más miedo le daba. Claro, ellas no saben nada – pensó. ¿Y si mañana me arrepiento? ¿Y si en realidad no lo quiero tanto como yo pensaba? Lo de ayer fue lo peor que podría haber hecho. O sea, era mi despedida de soltera y había mucho ron… aparte él seguramente hizo cosas peores aquel fin de semana que se fue con todos los amigos a Punta del Diablo… No sé, no sé qué pensar, qué hacer…
Con el atardecer, entraba la novia. A Federico le pareció raro que las amigas de Laura ya hayan bajado y volvieron los nervios. Miró al horizonte y respiró hondo, al abrir los ojos vio que se acercaban unas nubes bastante cargadas. La ceremonia se estaba empezando a retrasar.
Laura entre tanta indecisión y tras abrir el mini bar se olvidó de la hora. A los veinte minutos su cabeza había pasado de ser un campo de concentración a una pandemia de pánico. “Porque me mueero de amooor si no estasss…” Ay no puedo estar cantando ya. ¡Esta bueno este vestido eh! No puedo creer lo caro que salió todo y eso que me estoy casando en una playa como las hawaianas. Hablando de Hawai, me podría hacer un viaje con las chicas. Igual está bueno el vestido pero hasta ahí porque toda la porquería de Cenicienta para los casamientos no me gusta. ¡Ay no! ¡Me tengo que casar! – Laura salió como pudo de la habitación 101 dejándola como un chiquero.
El cielo estaba cubierto y Federico desesperado. Ya iba una hora de atraso cuando empezaron los vientos fuertes. Voy a denunciar a los meteorólogos de Canal 12 – pensó apretando los dientes. De repente se escuchó un llamado desde la bajada del hotel a la playa. Todos se dieron vuelta al darse cuenta que era Laura la que venía saltando y gritando en dirección al altar. – ¡Acepto, mi amor! ¡Acepto! – dijo la novia mientras el mar se retraía dejando mas playa de lo normal, para luego agrandarse bestialmente en una ola gigante.

La mirada

Ella está segura de que el cambio en su vida la beneficia. “Tengo una buena vida” suele decirme. “Estoy bien, hago lo que quiero y me gusta. Ando suelta y libre por el mundo, sin rendirle cuentas a nadie” me asegura, mientras coloca su chalina turquesa sobre su precioso cuello, apartando la mata rubia de un pelo que cae perfecto sobre sus hombros. “Dejé de sentir la mochila que arrastré ocho años sobre mis espaldas y que me sumía en el fracaso. ¿Cómo se puede ser tan ciega ante el amor hasta el punto de hacer cosas que no me gustaban, y dejar de hacer otras que son mi vida, sacrificándome para satisfacerlo a él?” argumentaba con énfasis, abriendo el último extracto francés comprado en su reciente viaje a París. “Nada es comparable a la libertad, viajar a donde quiero, París, Londres, Ginebra. Visité el boliche preferido de Hemingway, la tumba de Oscar Wilde, la última casa dónde vivió Borges. Me sentí tan privilegiada, tan próxima a ellos” me dice conmovida. “Pronto parto para Estambul, Grecia, Egipto, lo que siempre quise conocer, aprender, ver, con mis propios ojos, caminar sobre la historia de los pueblos, nutrirme de ellos. Me parece mentira ser tan feliz y olvidarme de él. Él ya fue” me convencía, exultante, bella mientras, con mano temblorosa, retocaba su maquillaje porque las lágrimas, espontáneas y solitarias fluían, independientes a sus grandes ojos morenos que hubieran dado cualquier cosa por volver a amarrarse, mirarlo cautiva y estremecerse a la manera que sólo él sabía.

Almas con olor a cebolla

…soy yo otra vez… medio dormido todavía…despeinado… barbudo… hola ganador… Se mira al espejo. …buen día… Menea la cabeza, la hace sonar… crac… derecha, crac izquierda. Se vuelve a mirar.
… que lindo soy…, Se baña y se afeita….la trasnochada de anoche estuvo buena… el bar lleno de minas… el que no ligaba era porque no quería… la rubia de vaqueros bajita me buscó hasta encontrarme… y… me encontró la regalada… conmigo no se juega no… soy casado no castrado…. Que pavo ese Pepe… que apuesta boluda…, si te la ganas te doy cien pesos…jajaja… que idiota… me tuvo que pagar… idiota del todo… mirá si yo no me voy a ganar una tipa… esa y cuantas quiera… más si me dan filo…difícil fue sacarse del medio al plomo que tenía pegado.
Se arregla. …me voy a poner prolijo que está por llegar Alicia del viaje… pará… me olvidé de destender un poco la cama… voy a preparar café… como un galán… y a esperar mi mujercita con un buen desayuno… Alicia va a llegar cansada…es lo menos que puedo hacer… después al supermercado… y… mientras aquella duerme yo… limpio la casa….
Llega Alicia, estaciona el auto. Se mira en el espejo retrovisor y se acomoda el pelo… que noche por favor… el sobrino de doña Eulogia está que se rompe… no se cansa… que noche… y el pobre Marcelo aquí solo…me voy a hacer la enamorada…
– Hola mi amor ¿cómo estás?-
Se amalgaman en fuerte y falso abrazo.

Morir de prisión

Como un huracán entró el alférez en el cuartito donde intentaba el joven médico conciliar el sueño con poco éxito. Al también joven alférez lo había visto una única vez pero su recuerdo era imborrable. Prepotencia, soberbia, crueldad, exhibicionismo eran adjetivos que muy bien le cabían y dejaban marcas en mentes y cuerpos.
En dos palabras, le ordenó que cuidase de aquella carne humana donde aún latía débilmente un corazón generoso, impulsado por lo que restaba de un terco cerebro que resistía a los apremios de un sádico equipo de la dictadura comandado por el alférez.
Se empeñó con enorme esfuerzo en esa tarea, por dignidad o por miedo. En ese momento no estaba para análisis existenciales de las razones que lo movían.
El médico pocas alternativas tenía para escapar de su trabajo o para reanimar a aquel hombre. La suerte ingrata lo había encontrado como médico residente en ese hospital militar suburbano cuando estalló el masivo golpe castrense que arrasó con la ya debilitada democracia.
Pasadas algunas horas, algo de la energía que el médico tenía, migró a través de sus manos hacia aquel despojo que le habían encomendado. Poco duraron sus chances de reanimarlo algo más, pues volvieron y se lo llevaron. No fue todo, el alférez le indicó con un gesto que firmase un formulario médico hospitalario, ya relleno, en que se mencionaba que el “paciente” había sido medicado y dado de alta después de una violenta caída accidental que le había causado traumatismos de diversa índole.
El médico sólo tuvo lucidez para registrar en su mente los dos nombres que sobresalían en el formulario como enormes borrones de tinta en una inmaculada hoja blanca escolar: el del “paciente” y el suyo.
Lo firmó. ¿Tenía otra opción?
Esa pregunta lo acompañó, lo acosó, lo angustió por años. Años en que la dictadura mató y murió, como tantas otras. Años en que la democracia volvió y con ella la justicia retroactiva. Años que culminaron para él, profesor emérito de prestigiosa universidad, siendo juzgado y condenado. Los fiscales lo acusaron de omisión. No había denunciado a los torturadores treinta y cinco años atrás y, más grave aún, con su firma en aquel formulario que vino a luz durante el juicio, les había querido dar una coartada para eximirlos del brutal crimen que cometieron.
El formulario con su nombre, uno de los borrones de tinta, era bandera de acusación incuestionable en la causa que juzgaba el asesinato del hombre que se correspondía con el otro borrón de tinta del mismo.
Treinta y cinco años que parecían muchos, solidarios con el olvido, se hicieron trizas. Las causas de su angustia se multiplicaron. Al dilema existencial de siempre se sumaba la cárcel, real, cruenta, feroz y como paradoja trágica del destino conviviendo en ella con asesinos comprobados, torturadores, entre los cuales el alférez de años atrás, que había llegado a general y condenado después a cadena perpetua por el mismo tribunal pacificador que enfrentó él.
La convivencia era inexistente. Se reconocían mutuamente a pesar del cambio físico nada generoso en ambos. Se ignoraban en los pocos ratos libres en que los presos ocupaban un patio externo. Él procuraba alejarse lo máximo posible de su verdugo.
En función de su buena conducta, de su profesión y de la falta de personal especializado le permitieron, de forma discreta y precaria, ejercer la misma con los limitados recursos que había. Con el pasar del tiempo, se hizo mayor la cantidad de individuos que lo procuraban, buscando de una u otra forma atenuar la agonía de esa muerte en prisión.
Sabía, pues era voz corriente, que el general padecía de una grave enfermedad, con ataques repentinos, dolorosos y cada vez más riesgosos. Su prepotencia y soberbia solo habían aumentado con el pasar de los años, lo que hacía que las autoridades carcelarias y sus propios compañeros lo despreciasen y más de uno le desease una muerte dolorosa, venganza que por sus propias manos no se atrevían a ejecutar.
Lo inevitable sucedió. Una madrugada golpearon fuertemente en la puerta de su cubículo y gritaron por la rendija. Lo llevaron a la enfermería donde encontró un cuadro no por conocido menos terrible. El tumor pulmonar, justicia tardía y definitiva, le oprimía al general de tal forma las vías respiratorias, que si no tomaba alguna providencia en pocos minutos moriría. El general estaba consciente. Su desesperación y angustia terminal eran desgarradoras. El médico sabía los terribles dolores físicos y muchísimas veces psíquicos que acompañaban a los desgraciados que sufrían ese accidente.
Le dijeron que la ambulancia tardaría una hora en llegar.
Guardaba como “oro en polvo” una ampolla de morfina que de forma arriesgada había escondido a lo largo de dos años en aquel agujero negro. También tenía una ampolla de un broncodilatador poderoso.
Ese cocktail medicamentoso le aliviaría los dolores al general y retardaría su muerte por días o semanas. Quedándose de brazos cruzados en minutos su odiado verdugo estaría en el infierno, previa atroz agonía terrenal.
No dudó.
Un rato después creyó ver una mirada diferente en aquellos ojos asesinos cuando los para médicos lo retiraban de la enfermería.

Espejo

Estás sentada con una pose erguida, como muñeca de porcelana. Blanco el vestido, inmaculado, como la flor que adorna tus cabellos rubios. La fláccida muñeca de trapo que yace en tu regazo contrasta con la tensión de tu rostro, mirando hacia la cámara. ¿Qué cánones estéticos que ensalzan lo fingido, las máscaras, las apariencias, moldearon tu comportamiento?
Niña buena, niña obediente. Fiel a las buenas costumbres. Síguelas y serás buena esposa, abnegada madre, frígida a la hora de amar y te ordenarás sacerdotisa solo para absolverlo a él de sus infidelidades. Adéntrate aún más en la telaraña de los engaños hasta que cubran tu cuerpo y lo ahoguen y, entonces sí, tus partes femeninas buscando oxígeno estallarán anhelando el goce que por tanto tiempo te negaron y te negaste.

Hoy, escribe la ironía

Falta un minuto para las seis de la tarde. Jorge se enfrenta otra vez a una hoja en blanco, una hora antes de tener que entregar su columna en el semanario.
Ya no alcanzará con una excusa. Se lo advirtieron con claridad las últimas dos veces. Si no cumple o se demora, será despedido.
Jorge se ha enredado por enésima vez en un sinfín de distracciones, y su adicción a la adrenalina lo ha mantenido en la gatera hasta el momento previo a la largada.
El reloj no se apiada; los minutos siguen pasando.
Por un momento, piensa en tomar unos textos viejos. Incluso en copiar algo que había leído la semana anterior. Por suerte, para, respira hondo con los ojos cerrados y se define a cruzar la línea de llegada a tiempo, como tantas otras veces.
Debe cubrir un tema polémico, sobre la fuga de menores de un centro de reclusión. A Jorge nunca le preocupó que los políticos de turno se enojaran con sus enfoques periodísticos, pero esta vez había algo que le decía que debía caerle bien a la directora del semanario. El creía que con un artículo exitoso, limpiaría el sarro acumulado de tanto abandono.
Afortunadamente, la fe estaba intacta. Lo peor que podía pasarle era no creer que fuese posible completar la tarea en unos pocos minutos. Como catarata, las ideas caían desde su cabeza y hacían mover sus dedos sobre el teclado. Iba bien. Cuando ya había escrito la mitad del texto, el título le vino a la mente como un flash en una noche oscura: “Hoy no es un buen día para abrir las rejas”.
Solo faltaba rematar la nota, con alguna ironía ácida con destino al Ministro de Cárceles.
En ese momento, golpearon la puerta. Pensó no atender y terminar lo suyo, pero seguían golpeando insistentemente.
Se acercó al pestillo pensando todavía en el final de su historia. Abrió apurado pero despacio. Los dos muchachos se metieron a su casa. Uno lo golpeó a la pasada, mientras el otro lo tiró al piso. Lo ataron con los cables de las lámparas. Jorge no salía de su asombro. Boca abajo, con un pedazo de tela en su boca, sentía moverse a los intrusos a su lado, revolviendo todo, sin decir palabra. Sin esperarlo, sintió un golpe en la cabeza.
Cuando se despertó ya era de noche. Le dolía todo y tenía los brazos dormidos por la posición en que había quedado. Le costó unos minutos incorporarse. Lo primero que vio fue que faltaba su computadora, y con ella, su columna para el semanario. Se dio cuenta que ya era muy tarde.
No había cumplido con la entrega. Se había quedado sin trabajo. Moviendo la lengua en su boca, notó que le faltaban uno o dos dientes.
Se estremeció al recordar el título de su nota: “Hoy no es un buen día para abrir las rejas”. Justo ahora que no la necesitaba, por fin, tenía una historia.