El pueblo sin nombre

Perdido en unos parajes desérticos, se encontraba el pueblo. Un puñado de pequeñas casas achaparradas, polvorientas, desvencijadas, sedientas.
El entorno tórrido, mísero y abandonado reflejaba sobre los habitantes, convirtiéndolos en piezas talladas de igual manera.
Se conformaban con lo que les tocaba vivir, era lo único que conocían, pastoreaban, cultivaban lo que la empobrecida tierra les daba, se curaban y, cuando no, se enterraban ahí mismo. Allí nacían. Ahí morían.
Un día, de la nada, algo los puso en alerta.
Entrecerraron los ojos para ver a la distancia, agudizaron los oídos, bajo sus pies tembló el terruño, creyeron ellos que se avecinaba más que una tormenta de polvo en el horizonte.
Buscaron refugio en sus chozas a la espera que amainara.
¡Y amainó! A unos escasos metros de sus ranchos.
Cuando el asombro que había desdibujado sus ajeadas facciones se suavizó, parcos y desconfiados salieron a recibir a los forasteros.
Bajaron de distintos trasportes, pero hablaban el mismo idioma.
¡Y como hablaban! De tanto escucharlos los pobres aldeanos se sentían mareados como si hubieran fumado yerba brava.
Venían buscando votos. Sí, a ese lugar tan recóndito del país. Pero ¿qué podían ofrecerles que les interesara a cambio del voto?
Pues, ¡no mucho!
Así era su vida y así pretendían quedarse.
Cambiando la estrategia ya que lo individual por estas latitudes no generaba codicia, optaron por lo colectivo y la propuesta fue para todos los moradores del pueblo.
? ¡Amigos queridos! ¡Bauticemos con grandes honores a este lugarejo y a sus amados habitantes! ¡Que el nombre sea digno y para que así se les pueda llamar!
¡Viva el pueblo Manantiales!

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