Hoy, escribe la ironía

Falta un minuto para las seis de la tarde. Jorge se enfrenta otra vez a una hoja en blanco, una hora antes de tener que entregar su columna en el semanario.
Ya no alcanzará con una excusa. Se lo advirtieron con claridad las últimas dos veces. Si no cumple o se demora, será despedido.
Jorge se ha enredado por enésima vez en un sinfín de distracciones, y su adicción a la adrenalina lo ha mantenido en la gatera hasta el momento previo a la largada.
El reloj no se apiada; los minutos siguen pasando.
Por un momento, piensa en tomar unos textos viejos. Incluso en copiar algo que había leído la semana anterior. Por suerte, para, respira hondo con los ojos cerrados y se define a cruzar la línea de llegada a tiempo, como tantas otras veces.
Debe cubrir un tema polémico, sobre la fuga de menores de un centro de reclusión. A Jorge nunca le preocupó que los políticos de turno se enojaran con sus enfoques periodísticos, pero esta vez había algo que le decía que debía caerle bien a la directora del semanario. El creía que con un artículo exitoso, limpiaría el sarro acumulado de tanto abandono.
Afortunadamente, la fe estaba intacta. Lo peor que podía pasarle era no creer que fuese posible completar la tarea en unos pocos minutos. Como catarata, las ideas caían desde su cabeza y hacían mover sus dedos sobre el teclado. Iba bien. Cuando ya había escrito la mitad del texto, el título le vino a la mente como un flash en una noche oscura: “Hoy no es un buen día para abrir las rejas”.
Solo faltaba rematar la nota, con alguna ironía ácida con destino al Ministro de Cárceles.
En ese momento, golpearon la puerta. Pensó no atender y terminar lo suyo, pero seguían golpeando insistentemente.
Se acercó al pestillo pensando todavía en el final de su historia. Abrió apurado pero despacio. Los dos muchachos se metieron a su casa. Uno lo golpeó a la pasada, mientras el otro lo tiró al piso. Lo ataron con los cables de las lámparas. Jorge no salía de su asombro. Boca abajo, con un pedazo de tela en su boca, sentía moverse a los intrusos a su lado, revolviendo todo, sin decir palabra. Sin esperarlo, sintió un golpe en la cabeza.
Cuando se despertó ya era de noche. Le dolía todo y tenía los brazos dormidos por la posición en que había quedado. Le costó unos minutos incorporarse. Lo primero que vio fue que faltaba su computadora, y con ella, su columna para el semanario. Se dio cuenta que ya era muy tarde.
No había cumplido con la entrega. Se había quedado sin trabajo. Moviendo la lengua en su boca, notó que le faltaban uno o dos dientes.
Se estremeció al recordar el título de su nota: “Hoy no es un buen día para abrir las rejas”. Justo ahora que no la necesitaba, por fin, tenía una historia.

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