Morir de prisión

Como un huracán entró el alférez en el cuartito donde intentaba el joven médico conciliar el sueño con poco éxito. Al también joven alférez lo había visto una única vez pero su recuerdo era imborrable. Prepotencia, soberbia, crueldad, exhibicionismo eran adjetivos que muy bien le cabían y dejaban marcas en mentes y cuerpos.
En dos palabras, le ordenó que cuidase de aquella carne humana donde aún latía débilmente un corazón generoso, impulsado por lo que restaba de un terco cerebro que resistía a los apremios de un sádico equipo de la dictadura comandado por el alférez.
Se empeñó con enorme esfuerzo en esa tarea, por dignidad o por miedo. En ese momento no estaba para análisis existenciales de las razones que lo movían.
El médico pocas alternativas tenía para escapar de su trabajo o para reanimar a aquel hombre. La suerte ingrata lo había encontrado como médico residente en ese hospital militar suburbano cuando estalló el masivo golpe castrense que arrasó con la ya debilitada democracia.
Pasadas algunas horas, algo de la energía que el médico tenía, migró a través de sus manos hacia aquel despojo que le habían encomendado. Poco duraron sus chances de reanimarlo algo más, pues volvieron y se lo llevaron. No fue todo, el alférez le indicó con un gesto que firmase un formulario médico hospitalario, ya relleno, en que se mencionaba que el “paciente” había sido medicado y dado de alta después de una violenta caída accidental que le había causado traumatismos de diversa índole.
El médico sólo tuvo lucidez para registrar en su mente los dos nombres que sobresalían en el formulario como enormes borrones de tinta en una inmaculada hoja blanca escolar: el del “paciente” y el suyo.
Lo firmó. ¿Tenía otra opción?
Esa pregunta lo acompañó, lo acosó, lo angustió por años. Años en que la dictadura mató y murió, como tantas otras. Años en que la democracia volvió y con ella la justicia retroactiva. Años que culminaron para él, profesor emérito de prestigiosa universidad, siendo juzgado y condenado. Los fiscales lo acusaron de omisión. No había denunciado a los torturadores treinta y cinco años atrás y, más grave aún, con su firma en aquel formulario que vino a luz durante el juicio, les había querido dar una coartada para eximirlos del brutal crimen que cometieron.
El formulario con su nombre, uno de los borrones de tinta, era bandera de acusación incuestionable en la causa que juzgaba el asesinato del hombre que se correspondía con el otro borrón de tinta del mismo.
Treinta y cinco años que parecían muchos, solidarios con el olvido, se hicieron trizas. Las causas de su angustia se multiplicaron. Al dilema existencial de siempre se sumaba la cárcel, real, cruenta, feroz y como paradoja trágica del destino conviviendo en ella con asesinos comprobados, torturadores, entre los cuales el alférez de años atrás, que había llegado a general y condenado después a cadena perpetua por el mismo tribunal pacificador que enfrentó él.
La convivencia era inexistente. Se reconocían mutuamente a pesar del cambio físico nada generoso en ambos. Se ignoraban en los pocos ratos libres en que los presos ocupaban un patio externo. Él procuraba alejarse lo máximo posible de su verdugo.
En función de su buena conducta, de su profesión y de la falta de personal especializado le permitieron, de forma discreta y precaria, ejercer la misma con los limitados recursos que había. Con el pasar del tiempo, se hizo mayor la cantidad de individuos que lo procuraban, buscando de una u otra forma atenuar la agonía de esa muerte en prisión.
Sabía, pues era voz corriente, que el general padecía de una grave enfermedad, con ataques repentinos, dolorosos y cada vez más riesgosos. Su prepotencia y soberbia solo habían aumentado con el pasar de los años, lo que hacía que las autoridades carcelarias y sus propios compañeros lo despreciasen y más de uno le desease una muerte dolorosa, venganza que por sus propias manos no se atrevían a ejecutar.
Lo inevitable sucedió. Una madrugada golpearon fuertemente en la puerta de su cubículo y gritaron por la rendija. Lo llevaron a la enfermería donde encontró un cuadro no por conocido menos terrible. El tumor pulmonar, justicia tardía y definitiva, le oprimía al general de tal forma las vías respiratorias, que si no tomaba alguna providencia en pocos minutos moriría. El general estaba consciente. Su desesperación y angustia terminal eran desgarradoras. El médico sabía los terribles dolores físicos y muchísimas veces psíquicos que acompañaban a los desgraciados que sufrían ese accidente.
Le dijeron que la ambulancia tardaría una hora en llegar.
Guardaba como “oro en polvo” una ampolla de morfina que de forma arriesgada había escondido a lo largo de dos años en aquel agujero negro. También tenía una ampolla de un broncodilatador poderoso.
Ese cocktail medicamentoso le aliviaría los dolores al general y retardaría su muerte por días o semanas. Quedándose de brazos cruzados en minutos su odiado verdugo estaría en el infierno, previa atroz agonía terrenal.
No dudó.
Un rato después creyó ver una mirada diferente en aquellos ojos asesinos cuando los para médicos lo retiraban de la enfermería.

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