La mirada

Ella está segura de que el cambio en su vida la beneficia. “Tengo una buena vida” suele decirme. “Estoy bien, hago lo que quiero y me gusta. Ando suelta y libre por el mundo, sin rendirle cuentas a nadie” me asegura, mientras coloca su chalina turquesa sobre su precioso cuello, apartando la mata rubia de un pelo que cae perfecto sobre sus hombros. “Dejé de sentir la mochila que arrastré ocho años sobre mis espaldas y que me sumía en el fracaso. ¿Cómo se puede ser tan ciega ante el amor hasta el punto de hacer cosas que no me gustaban, y dejar de hacer otras que son mi vida, sacrificándome para satisfacerlo a él?” argumentaba con énfasis, abriendo el último extracto francés comprado en su reciente viaje a París. “Nada es comparable a la libertad, viajar a donde quiero, París, Londres, Ginebra. Visité el boliche preferido de Hemingway, la tumba de Oscar Wilde, la última casa dónde vivió Borges. Me sentí tan privilegiada, tan próxima a ellos” me dice conmovida. “Pronto parto para Estambul, Grecia, Egipto, lo que siempre quise conocer, aprender, ver, con mis propios ojos, caminar sobre la historia de los pueblos, nutrirme de ellos. Me parece mentira ser tan feliz y olvidarme de él. Él ya fue” me convencía, exultante, bella mientras, con mano temblorosa, retocaba su maquillaje porque las lágrimas, espontáneas y solitarias fluían, independientes a sus grandes ojos morenos que hubieran dado cualquier cosa por volver a amarrarse, mirarlo cautiva y estremecerse a la manera que sólo él sabía.

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