Pasión de arena

La noche sombría arropa truenos que estremecen y un olor a rancio se adueña de todo. El calor pegajoso no deja respirar.
La calle padece de soledad.
Nadie mira hacia afuera, ya aburren tres días de lluvia, y nada hay para ver.
Solo pasa el viento.
De tanto en tanto, se escucha el ladrido de algún perro allá a lo lejos, y el ir y venir de las olas que rompen en la playa Arachania.
Los tres escalones que separan la casa de la arena se quejan por la intromisión. La mohosa puerta de madera también. Entra sin apuro. Está agotado por fuera y por dentro, carga su tormenta hace veinte años.
La madrugada va tragando la noche y el aire se hace silencio.

Sentada en una roca mojada mira de reojo al escuchar pasos.
-¿Ya terminaste?
-Sí.
-Debe de haber sido difícil.
-Sí, lo fue, ¡mierda!
-Me imagino que sí. ¡Me da tristeza!
-¡Qué noche, por Dios!
-Paradójico que te acuerdes de Dios.
-Él tiene algo de responsabilidad también.
-¿Qué harás ahora?
-No sé. Necesito pensar.
-¿Qué crees que sigue?
-¿Por qué me preguntás? ¿Vos qué crees?
-Te veo flaquear.
-Es que tengo miedo.
-Sí, eso lo sé. Me imagino que necesitaremos algo de tiempo antes de vivir juntos.
-Yo creo que lo mejor es no vernos por un tiempo.
-No me parece inteligente.
-Se va hacer inaguantable.
-Primero llamá.
-Dame un rato… no sé qué decir.
-“Su hermana y su esposo la encontramos muerta”, eso estará bien.

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