Una canción para Tomás

Un pasillo blanco que parece infinito, sin ventanas, solo puertas también blancas que permanecen cerradas. Hay gente caminando por él. Algunos deambulan sin rumbo, no saben adónde van sus pies, hace tiempo que tampoco saben dónde están sus mentes. Sus brazos cuelgan a los costados de sus cuerpos, como si solo fueran extremidades inertes con la única función de balancearse sin ritmo. Sus ojos perdieron la capacidad de enfocar y recorren, sin brillo alguno, la blancura del lugar como si no hubiesen visto la luz del sol en años. Parecen no saber cómo se usa un peine, ni cómo cortarse las uñas, ni que el zapato derecho va en el pie derecho y no en el izquierdo.
Su caminar lento e irregular molesta a los otros. A los de bata blanca y pelo prolijo. Esos que corren de un lado a otro, que salen de una puerta para meterse en otra. Esquivan con agilidad al resto, sin siquiera levantar la vista de la planilla que llevan en mano. Algunos hasta saludan con educación, otros solo sueltan un bufido molesto.
Son una serie de movimientos que ese pasillo ha visto durante cada día, de cada mes, de cada año.
En una de las habitaciones que encierran las puertas blancas, hay un escritorio. Tras él, hay una de esas mujeres de bata blanca. Aguarda por un paciente al que no ve hace mucho, debido a un receso que tuvo que tomarse en el trabajo por problemas personales.
La puerta blanca se abre y entra un joven. No es como el resto. Él está bien peinado y tiene los zapatos en su lugar, la remera al derecho y no hay rastro de sangre bajo sus uñas. Aunque, cada tanto, se le pierde la mirada.
– Buenas tardes, doctora. Me alegra verla de nuevo.
– Tomá asiento, Jaime, por favor.
El paciente obedece y la observa en silencio.
– ¿Cómo andás con tus alucinaciones?
– Ya le expliqué, doctora, que no son alucinaciones. No tengo esquizofrenia ni ninguna de las otras enfermedades que me diagnosticaron.
– ¿Estás diciendo que de todos los doctores y psiquiatras que te analizaron y diagnosticaron, ni uno acertó?
– Sí, doctora.
– A ver, decime vos entonces. ¿Qué tenés?
– No tengo nada.
– Está bien. ¿Y tus aluci…? Perdón, me refiero a eso que ves, que nadie más lo ve, ¿qué es para vos?
– Me alegro que lo pregunte, doctora. Nadie nunca había pedido mi opinión y, si igual la daba, me mandaban a callar diciendo que no la habían preguntado. Pero como usted preguntó, doctora, le voy a explicar. Lo que yo veo, es gente muerta.
– Ajá…
– No me mire como si siguiera pensando que estoy loco.
– No lo hice.
– Es en serio, doctora. Los veo. Y me hablan. No puedo dejar de verlos, doctora, pero no estoy loco. Son reales.
– Seguro.
– Hay alguien acá, ahora.
– ¿Y quién es?
– El niño.
– ¿Qué niño?
– Es un niño rubio, doctora. Siempre lo veo caminando detrás de usted en los pasillos. Bueno, desde que se reintegró, en realidad.
– ¿Un… un niño rubio?
– Sí, dice que se llama Tomás, doctora, y dice que es… oh… Dice que es su hijo.
– Mirá, Jaime, no sé de dónde sacaste toda esa información sobre mí, pero no es gracioso.
– ¡No me lo estoy inventando, doctora! ¿Cómo voy a estar jugando con algo así? Está ahí, atrás suyo, como siempre.
– ¡Ya basta, Jaime!
– Dice que extraña oírla cantar.
– ¿Q… qué?
– Dice que usted antes le cantaba todas las noches, pero que ya nunca le canta.
– Yo… no…
– Y dice también que la perdona, doctora. Por el accidente, dice. Dice que le gusta ser invisible, que en realidad está bueno porque hace travesuras. Que le esconde cosas y que hace ruidos, pero que usted no puede rezongarlo porque es invisible.
– ¡Qué estás diciendo! Yo…
– Sí, y dice que es muy feliz ahora. Pero dice que extraña oírla cantar.
– Jaime, creo que eso es todo por hoy. Andate, por favor.
– Le juro que no me inventé nada, doctora.
– Salí, Jaime.
Él se para y camina hasta la puerta. Antes de salir, mira a un punto en la equina detrás del escritorio, y sonríe.
– No hay de qué.
Cuando cierra la puerta, el silencio ensordece a la doctora. Suelta las lágrimas que estuvo aguantando durante los últimos cinco minutos. Y, con voz ahogada, comienza a tararear la canción preferida de Tomás.

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