Buscamos

Hoy encontré una carta. Creo que habla de mí. Estoy…no sé…una mezcla de feliz, asombrada, triste, perpleja… Es extraño, muy extraño…me siento rara…
Lucía trabaja en la Biblioteca Nacional, investigadora y profesora de Historia, su pasión es la poesía y la música.
Esa tarde buscó, como tantas otras, un libro de poesías de Idea Vilariño. Es una de sus preferidas y el poema Buscamos le produce siempre una sensación de incomodidad y deseo.

“Buscamos
cada noche
con esfuerzo
entre tierras pesadas y asfixiantes
ese liviano pájaro de luz
que arde y se nos escapa
en un gemido.”

Para su sorpresa encontró dentro una carta…

“Si lees esto algún día, y pongo toda mi fe para que así sea, será porque te has salvado y yo no estaré vivo. Me llamo Juan Alfonso Mernie. Toda mi vida fui escritor, poeta y músico.Nos unimos al Movimiento desde los primeros tiempos con mi esposa Sandra Castellar. Ahora estamos “desencontrados” y sabiendo que nos están buscando para matarnos. Ya hace un tiempo que no veo tu hermosa carita y te extraño con toda mi alma. Sofía, así te llamamos en honor a tu abuela materna. Naciste en una época difícil y probablemente no llegues a saber de mi o de tu madre, pero igualmente quiero contarte mi verdad. Creo que el futuro de alguna manera nos buscará. Tu madre también es escritora y poeta, así que ya ves estabas sentenciada a leer este libro que ahora tienes en tus manos…” Y en ese momento Lucía dejó caer el libro…asombrada y conmovida por lo que leía. Reaccionó, tomo fuerzas y volvió a él…”y eso querida hija es mi esperanza y mi venganza por nuestra innecesaria muerte. De nacimiento tienes una marca en la rodilla derecha, una especie de flor pequeña que llena el hoyuelo externo…y desde chiquita sufres de los bronquios…”… “Hoy me vinieron a buscar y apenas pude escapar, me refugie en la Biblioteca que es mi segundo o tal vez mi primer hogar. Decidí escribirte, mi corazón me dice que algún día vendrás a leer este libro de poemas, que tanto gusta a tu madre y a mí. Busca…busca y encuéntrate”.

Y decidió buscar, sin que nadie supiera. Comenzó por indagar quiénes fueron o son Juan Alfonso Mernie y Sandra Castellar. Juan había sido detenido y muerto en la cárcel a causa de las torturas. Sandra era una poetisa consumada que usaba el apodo de Sofía Mernie, seguramente por su hija perdida. Lucía había leído lo poco que había publicado de ella, la consideraba de una exquisita sensibilidad y profundidad. Y la buscó…se verían en su casa, no le adelantó nada, quería ver primero…no estaba segura, ni sabía bien que hacer.
Sandra la recibió con su habitual cordialidad y dulzura, después de todo Lucía venía a hacerle una entrevista sobre su vida y su obra.
-Quería darle las gracias por recibirme y por dedicarme su tiempo.
-Me llamó la atención que se interesará por mí. No soy conocida.
-Leí un libro de poemas suyos y me pareció exquisito y me pregunté ¿de dónde sale tanta sensibilidad? Y pensé, esta mujer debe de haber tenido una vida dura.
-Si estuve presa muchos años durante la dictadura, perdí a mi esposo y a mi hija. No tengo a nadie en el mundo…la soledad ha sido mi maestra.
-¿Su esposo e hija fallecieron?
-Mi esposo murió estando preso, lo mataron en una sesión de torturas. De mi hija nunca supe. Cuando me liberaron dedique años a buscarla y un día comprendí que debía seguir con mi vida, no he perdido la esperanza de saber de ella, pero ya no tengo la confianza de antes.
-Cuénteme de su esposo, ¿qué hacía?
-Un gran escritor y músico. Era un hombre sensible y humano, nos amaba profundamente, siempre recordaré su cara el día que nos separamos para huir y proteger nuestra vida y la de nuestra hija Sofía.
-¿Recuerda su letra?
-¡Claro como no me voy acordar! ¿Por qué pregunta?
-Tengo una carta que quiero que vea. Y le mostró la que había encontrado dentro del libro de poemas.
-Es de Juan…y comenzó a llorar de emoción y mientras leía reía y seguía llorando.
Con lágrimas en los ojos Lucía tomó las manos de Sandra.

La miro con mucha ternura y dejó que su rodilla desnuda fuera encontrada.

Feliz día

-¡Feliz día! -exclamó Ricardo sonriendo, extendiendo en sus manos un pequeño paquete.
Ella lo miró con indiferencia.
– ¿De dónde venís? -preguntó, sin siquiera ver su regalo.
-Ay, no te pongas con eso ahora…
-Venís de la casa de ella, ¿no? -insistió la mujer?. ¡Claro! Si es más joven, más divertida, ¡cómo no vas a venir de la casa de ella!
– ¡Tranquilizate! -exclamó Ricardo-. Solo vengo de comprar tu regalo…
– ¡Ah! ¡Mirá vos! Lo dejaste para último momento, ¿eh? ¿El de ella hace cuánto lo compraste? ¿Hace una semana? ¿Un mes? -los ojos de la mujer ya estaban llenos de lágrimas.
– ¿Podés abrir tu regalo en vez de quejarte tanto? -pidió él.
Ella tomó el regalo con aire ofendido. Lo abrió y se encontró con una hermosa pulsera de oro.
– ¿Te gusta? -preguntó él sonriendo.
– ¿Y a ella qué le regalaste? -inquirió la mujer, dolida?. ¿Un juego de pulsera, collar y anillo de oro? ¡Fue eso!
– ¡Me cansaste! -explotó Ricardo. ¿Cómo no querés que la prefiera a ella si vos sos así de insoportable?
-Ricardo… -murmuró la mujer, ya llorando.
– ¡Y si es verdad! ¡Te la pasás quejando, mamá! ¡Chau, me vuelvo a lo de mi suegra!

Sal y pimienta

Repasó sus labios con un pálido lápiz rosa, peinó su cabello con un simple movimiento de dedos, se dio una última mirada en el espejo y siguió con paso firme. La luz brillante del centro comercial acompasaba su caminar cadencioso y la firmeza de sus piernas bajo la falda semi corta le daban aspecto sexy a sus años maduros. Una cita a ciegas a su edad. Se sintió como la pimienta, picante y sobria. Sin embargo, podía sentir su espíritu joven galopando dentro de su pecho. Se sentó en la mesa pactada de antemano. Frente a la ventana. La lluvia caía lenta, incesante, monótona. Vio reflejada en el vidrio su propia imagen desdibujada que la llevó a su juventud. El timbre daba nota que la clase había terminado. Las compañeras junto a ella salían en estampida. Bajaban apresuradas las escaleras que daban a la calle de la vieja facultad de derecho. Conversaban y reían de todo lo que era importante para las chicas de su edad: la moda, los muchachos y las salidas con la típica emoción y frescura de la juventud. La taza de café depositada por el mozo sobre la mesa la trajo de nuevo a su cita. No estaba nerviosa pero si ansiosa de conocerlo. Rompió el sobre de azúcar y la dejó caer suavemente sobre el líquido humeante. Una amiga en común de ambos había sido la celestina. Él también se encontraba solo. Era viudo. Su vos en el teléfono era calma y su conversación interesante. Sintió que él era la sal, el condimento principal de toda comida. El remolino de la cuchara en la taza, absorbió su mirada transportándose a un sábado a la noche. Ruleros puestos, planchado de pantalón Oxford y esmaltado de uñas mientras en el tocadiscos sonaba nuevamente el long play de los Beatles. La llevaría su padre al baile del club del barrio y en el viejo cachilo recogerían algunas amigas más. Podía sentir el olor a esmalte fresco de uñas recién pintadas. Como en esa misma tarde de la cita lo sintió. Esta vez una bocina de la calle la volvió a traer al presente. El café ya estaba listo para tomar. Él parado frente a ella. Comprendió que la vida siempre da nuevas oportunidades.

Despertar

Después de trabajar casi veinte años en la misma empresa, Dinora se encontraba de pie frente a la puerta del viejo edificio en la ciudad vieja. Apretaba entre sus brazos una caja llena de los objetos que habían decorado su escritorio. Colgaba de su hombro una larga cartera de hilo y su pelo enrulado y sus lentes habían comenzado a mojarse con el chaparrón que, en ese preciso momento, se había largado. Intentó varias veces detener algún taxi, pero fue en vano. Entonces, decidió comenzar a caminar dejando que la lluvia la empapara por completo. Al llegar a su pequeño mono-ambiente, se dejó caer en su viejo sillón y, sin secarse, se tapó con un mantón hecho a crochet. Lloró hasta quedarse dormida. El sonido del teléfono la despertó.
– Hola
– ¡Por fin, Dinora, te dignaste a atender! ¿Estás mejor?
– No lo sé. ¿Qué día es hoy?
– Miércoles
– ¡Por Dios! ¡Cuánto tiempo perdido!
– ¿Durmiendo?
– ¡No mujer! Trabajando para estos usureros que, a la primera de cambio, te sustituyen por otro más joven, menos capacitado y pagándole menos.
– Te estoy llamando desde que me enteré de tu despido y después de un día entero, me contestás. Estaba preocupada.
– ¿Qué me hace perder veinticuatro horas durmiendo cuando he perdido veinte años de mi vida sirviendo a esa manga de vivos? Horas extras, quedándome hasta la noche en la oficina, llevando trabajo a casa para terminarlo en el fin de semana…
– No hablemos de cosas que te hacen mal. Solo quería decirte que estoy y que hoy, sin falta, paso por tu casa y charlamos.
– Te espero. Gracias amiga.
Al cortar, Dinora se dio cuenta que aún conservaba la ropa húmeda del día anterior. Sintió su estómago reclamando comida. Miró a su alrededor y todo le pareció un caos. Se acercó a la ventana y abrió sus hojas de par en par. Respiró el aire fresco de la mañana otoñal. Sentía todo el cuerpo entumecido por el mal descanso. Le dolía el orgullo. Hoy era un nuevo día. Ayer ya había pasado. Había que sacar fuerzas de lo más profundo para seguir adelante. Arrastró sus pies hasta llegar al baño. ¿Qué voy a hacer ahora? dijo metiéndose bajo el agua caliente de la ducha.

Así será

Los más próximos al cajón lloraban o, como sucedáneo del llanto, expresaban en sus caras el dolor más genuino posible. Es probable que lo fuera.
A partir de este centro neurálgico, la concurrencia se explayaba de forma desordenada pero manteniendo una cierta racionalidad con la escala del dolor. Las capas externas prácticamente no lo sentían. Esto quedaba claro por las risas y hasta débiles carcajadas que a veces se escuchaban.
En los estratos intermedios, el tema preponderante eran asuntos relacionados con el difunto.
Como sucede generalmente se contaban sus virtudes que se validaban con anécdotas más o menos repetidas, nada originales. El pueblo era chico y todos se conocían, por lo que no había necesidad de mostrar la otra cara de la moneda, no en ese momento y de forma explícita. El extinto lo habitaba desde cincuenta años atrás y lo seguiría habitando en otra condición por muchos años más.
Recordó cuando llegó al pueblo con apenas ocho de edad. Recordó las calles polvorientas y maulas que se transformaban en barro intransitable al caer las primeras gotas. Recordó el piso de su rancho que en esas ocasiones se solidarizaba con las calles, pues el piso era de tierra y el techo en complicidad telúrica con el agua, la dejaba entrar por donde quisiese.
Recordó a varios compañeros de escuela y de juegos en la plaza, ya olvidados esos juegos por los niños actuales, aunque la mayoría de los recordados estaban presentes: Juanita la costurera, Perla la cocinera, Pedro un híbrido entre carpintero y herrero, los hermanos Héctor y Damián chacareros, Asdrúbal el holgazán y después empleado del correo como entregador de la correspondencia, cambió de estatus pero mantuvo su cualidad genética ya mencionada, Luisa la lavandera, que en sus ratos libres que eran los más, ofrecía sus servicios alternativos a los muchachos y hombres del pueblo. Recordó a varios otros.
Con algunos había compartido mínimas ilusiones y grandes desilusiones. Con Luisa había compartido otras cosas más tangibles.
Con el pasar del tiempo se había distanciado de casi todos por su casi exclusiva culpa. Tenía carácter hosco, nulo para el elogio y propenso a la crítica. Ahora lo sabía bien.
Vio a Asdrúbal, quien diría, en primera fila, sollozando. Nunca lo hubiera imaginado y, menos aún, que Luisa estuviese a su lado consolándolo con real congoja. Más atrás reconoció a Pedro que traía de la mano a dos de sus hijos, todos ellos con caras muy serias, pero como otra cara de la moneda oyó a lo lejos las risas de los hermanos Héctor y Damián con los cuales nunca se había relacionado bien. Estaban presentes pensó, apenas por “el qué dirán”.
Y así transcurrió el velorio corto y sin mayores imprevistos. Lo que más le molestaba era la posición incómoda, boca arriba, justo a él que siempre se acostada de lado. Lo compensaba el hecho de poder ver con los ojos cerrados.
Se acostumbró a su nuevo estado, nada de extraordinario. Apenas como otra ventaja adicional, si es que ésto es una ventaja, el tiempo solo se medía por nuevas muertes de viejos conocidos y de las cuales era avisado para poder participar de los velorios en carácter de espectador. Esta ventaja acabaría cuando los conocidos también se acabasen. Cosa curiosa y poco creíble, pero así funcionaba.
Cuando le llegó el turno a uno de los hermanos chacareros, no sabía con certeza si era Héctor o Damián y poco le importaba, vio que la audiencia era mínima. Merecido se lo tenía. Se rió a carcajadas silenciosas desde lejos y disfrutó de esa escasa presencia. Si bien él estaba presente no hacía parte de la misma.
Ya cuando le llegó el turno a Asdrúbal, se sintió en la obligación de actuar correspondiendo a la actitud de él en el pasado. Sollozó pegado al cajón, sollozos inaudibles tanto cuanto él era invisible.
Con Luisa, que fue la última, su comportamiento fue más efusivo, tal vez queriendo rememorar un lejano tiempo vivido. No lloró pero acarició y besó en la frente aquel cuerpo ajado por los años. Ni él ni el cuerpo lo percibieron.

Mientras espero

La vida se nos pasa esperando. Esperamos en promedio nueve meses para venir al mundo. Esperamos crecer para hacer lo que no nos dejan de chicos. Esperamos que llegue el fin de semana. Esperamos el ómnibus para ir donde queremos, o no. Esperamos dentro del ómnibus hasta llegar a nuestro destino. Cuando llegamos, seguimos esperando a que nos atiendan, a que nos sirvan. Esperamos a que nos escuchen o nos amen. Esperamos que no nos ignoren.

Y cuando, finalmente, creemos que no esperamos, en realidad, esperamos que las cosas sean de una u otra forma. Esperamos que nuestro equipo gane. Que ella me mire. Que mi hijo me quiera. Que el mundo me sonría.

Diego venía con todo esto en su cabeza. Entró al Café y, allí mismo, decidió no esperar más. Se sentó en la mesa junto a la ventana. Abrió su cuaderno y comenzó a escribir. Cuando llegó el mozo le pidió un cortado y dos medialunas. Dejó su lapicera sobre la mesa y tomó el teléfono. Llamó a su casa y habló con sus hijos. El café comenzaba a enfriarse. Colgó y lo tomó de un sorbo. Puso una de las medialunas sobre el papel y calcó su contorno. Luego la comió despacio, mirando a través de la ventana a la gente pasar. Se puso a imaginar a dónde iría cada uno.

Luego de un rato, pidió la cuenta. Pagó y salió a la vereda. Decidió caminar de regreso a casa. De camino se detuvo a comprar un cuaderno nuevo y un par de lapiceras. Iba observando cada cosa. La gente, los autos, los árboles. El cielo. ¡Qué cielo! Las conversaciones de las personas llegaban a sus oídos, junto con bocinazos y algún grito de reclamo de alguien a quien no le había parado el ómnibus. De pronto, todo desaparecía y oía a los pájaros.

Al llegar a su casa, se cambió de ropa. Tomó la escoba y la pala y salió a barrer la vereda. Hacía mucho que no lo hacía. Tal vez esta era la primera vez. Disfrutó haciéndolo, igual que cuando jugaba a la pelota de niño en la calle con sus amigos. Su esposa lo vio al bajar del ómnibus. Él la vio venir desde la esquina. La abrazó y, sin esperar, le dijo:
-Entremos y te preparo un café. Quiero contarte algo.

Juegos de espejos

En la penumbra de su cuarto, el repiqueteo continuo e incesante del reloj marcaba las horas agónicas de un sueño que no llegaba.
Los últimos tenues recuerdos que le venían a la mente se empeñaban en martirizarlo. Un torrente de pensamientos confusos chocaban entre sí disgregándose, formando nuevos laberintos en su cerebro.
Inquieto, recorrió la habitación con los ojos afiebrados. Luego, sintió el frío del piso en sus pies a medida que deambulaba cansinamente por los rincones del habitáculo. Tenebroso y titubeante, palpó las paredes oscuras, heladas y vacías de la nada que lo rodeaba.
Acurrucado se quedó, sin saber que esperar.
La luz tenue del amanecer se filtró tímidamente a través del tragaluz, ahuyentando las sombras siniestras de la noche. Maltrecho, entregó todo su ser al aseo del enfermero.
-Hace tiempo doctor que el paciente con trastorno de personalidad no se opone a que se le atienda, sencillamente se deja hacer.
-¡Bien! Me complace saber eso. Es señal de que el tratamiento es eficaz; el olvido de sí mismo le devolverá la cordura.
Recordaba el enfermero al comienzo de la internación lo difícil que había sido lidiar con él, pues insistía en que le había quedado inconcluso algo muy importante; eso lo había desquiciado.
-Los paseos alrededor del lago le devuelven a la vida -le dijo al doctor.
-¿Del lago?
-Sí, se sienta un buen rato pensativo, mirando hacia abajo, luego, gesticula una palabra, mueve una mano, la alza, golpea sobre un lado en el aire y se le ilumina el rostro.
A partir de se día, se le prohibieron los paseos al lago.
A él poco le importó, pues, día tras día, sentado delante de su reflejo en el lago, él ya había concluido su última partida de ajedrez, ganándole a su otro yo.