Así será

Los más próximos al cajón lloraban o, como sucedáneo del llanto, expresaban en sus caras el dolor más genuino posible. Es probable que lo fuera.
A partir de este centro neurálgico, la concurrencia se explayaba de forma desordenada pero manteniendo una cierta racionalidad con la escala del dolor. Las capas externas prácticamente no lo sentían. Esto quedaba claro por las risas y hasta débiles carcajadas que a veces se escuchaban.
En los estratos intermedios, el tema preponderante eran asuntos relacionados con el difunto.
Como sucede generalmente se contaban sus virtudes que se validaban con anécdotas más o menos repetidas, nada originales. El pueblo era chico y todos se conocían, por lo que no había necesidad de mostrar la otra cara de la moneda, no en ese momento y de forma explícita. El extinto lo habitaba desde cincuenta años atrás y lo seguiría habitando en otra condición por muchos años más.
Recordó cuando llegó al pueblo con apenas ocho de edad. Recordó las calles polvorientas y maulas que se transformaban en barro intransitable al caer las primeras gotas. Recordó el piso de su rancho que en esas ocasiones se solidarizaba con las calles, pues el piso era de tierra y el techo en complicidad telúrica con el agua, la dejaba entrar por donde quisiese.
Recordó a varios compañeros de escuela y de juegos en la plaza, ya olvidados esos juegos por los niños actuales, aunque la mayoría de los recordados estaban presentes: Juanita la costurera, Perla la cocinera, Pedro un híbrido entre carpintero y herrero, los hermanos Héctor y Damián chacareros, Asdrúbal el holgazán y después empleado del correo como entregador de la correspondencia, cambió de estatus pero mantuvo su cualidad genética ya mencionada, Luisa la lavandera, que en sus ratos libres que eran los más, ofrecía sus servicios alternativos a los muchachos y hombres del pueblo. Recordó a varios otros.
Con algunos había compartido mínimas ilusiones y grandes desilusiones. Con Luisa había compartido otras cosas más tangibles.
Con el pasar del tiempo se había distanciado de casi todos por su casi exclusiva culpa. Tenía carácter hosco, nulo para el elogio y propenso a la crítica. Ahora lo sabía bien.
Vio a Asdrúbal, quien diría, en primera fila, sollozando. Nunca lo hubiera imaginado y, menos aún, que Luisa estuviese a su lado consolándolo con real congoja. Más atrás reconoció a Pedro que traía de la mano a dos de sus hijos, todos ellos con caras muy serias, pero como otra cara de la moneda oyó a lo lejos las risas de los hermanos Héctor y Damián con los cuales nunca se había relacionado bien. Estaban presentes pensó, apenas por “el qué dirán”.
Y así transcurrió el velorio corto y sin mayores imprevistos. Lo que más le molestaba era la posición incómoda, boca arriba, justo a él que siempre se acostada de lado. Lo compensaba el hecho de poder ver con los ojos cerrados.
Se acostumbró a su nuevo estado, nada de extraordinario. Apenas como otra ventaja adicional, si es que ésto es una ventaja, el tiempo solo se medía por nuevas muertes de viejos conocidos y de las cuales era avisado para poder participar de los velorios en carácter de espectador. Esta ventaja acabaría cuando los conocidos también se acabasen. Cosa curiosa y poco creíble, pero así funcionaba.
Cuando le llegó el turno a uno de los hermanos chacareros, no sabía con certeza si era Héctor o Damián y poco le importaba, vio que la audiencia era mínima. Merecido se lo tenía. Se rió a carcajadas silenciosas desde lejos y disfrutó de esa escasa presencia. Si bien él estaba presente no hacía parte de la misma.
Ya cuando le llegó el turno a Asdrúbal, se sintió en la obligación de actuar correspondiendo a la actitud de él en el pasado. Sollozó pegado al cajón, sollozos inaudibles tanto cuanto él era invisible.
Con Luisa, que fue la última, su comportamiento fue más efusivo, tal vez queriendo rememorar un lejano tiempo vivido. No lloró pero acarició y besó en la frente aquel cuerpo ajado por los años. Ni él ni el cuerpo lo percibieron.

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