Dulce Afrodita

Eugenia Ledesma es una mujer respetable, abogada penal de larga trayectoria siempre en la defensa de casos difíciles. Toda su vida quiso casarse, tener un hijo y ser feliz. Casarse se casó con Ricardo García, no tuvo hijos y feliz nunca fue. Seria y confiable, se supo abrir camino en su vida con esfuerzo, dedicación y honestidad. Su imagen es intachable.
Ricardo es un violento, una persona envidiosa, amargada y negativa. Hijo único, siempre acostumbrado a que le den todo lo que pide se transformó con los años en un hombre frustrado, pendenciero y exigente.
Cuando se casaron no era así, o al menos Eugenia no lo veía así. Pero años de matrimonio aburrido, sin hijos y con vaivenes económicos fue despertando el lado más oscuro de Ricardo. Ella fue mostrando a su vez su lado más vulnerable, apocado, inseguro y pusilánime, sometida al carácter díscolo de su marido. Fue acomodándose de tal forma que trataba de pasar lo más desapercibida posible en un matrimonio con sentencia al fracaso.
Nunca tuvo el coraje de dejarlo, le tuvo desde siempre un miedo irracional. Por eso se vengaba en silencio. En las noches mientras Ricardo miraba fútbol y charlaba horas con su madre, ella entraba a una Red Social y se mostraba como la ganadora y conquistadora que deseaba ser en su vida real.
Su profesión le daba la ventaja de un diálogo rico y variado que parecía gustar mucho. Tenía ya una legión de admiradores que la buscaban cada noche. Procuró poner una foto de cuando era más joven y además la retocó un poco para que no la reconocieran. Uso el nombre de Dulce Afrodita, por las connotaciones le parecieron muy adecuadas a como se sentía interiormente o a sus deseos más escondidos.
Una noche conoce a Iván. Comenzaron a hablar cada noche, y el interés mutuo comenzó a crecer rápidamente. Al poco tiempo se contaban los planes de vida que tenían y, poco a poco, fue lógico que aparecieran cosas más íntimas. Eugenia se fue enganchando cada vez más y ahora hablaba únicamente con Iván. En la confianza que da estar atrás de una pantalla comenzó a contar sin mucho detalle su miserable vida con Ricardo. Iván la entendía, siempre la entendía y alentaba.
Era inevitable encontrarse… él insistía cada vez más, solo el miedo que ella tenía a lo que pudiera ocurrir con sus sentimientos tan necesitados de amor hacía que alargara el deseo irresistible que tenía de conocerlo.
Una noche, Iván le preguntó ?¿qué pasaría si no tuvieras el compromiso que te impide que estemos juntos?
La obligó a pensar mucho y se dio cuenta que Ricardo era el problema, necesitaba deshacerse de él. Una nueva y amorosa vida se abría frente a ella y su esposo era lo único que la separaba de un futuro ideal. Sentía que dejarlo sería imposible. Ni hablar de divorciarse aun. Lo único que le quedaba era matarlo. Sabía perfectamente el riesgo, pero confiaba en su experiencia como abogado penal para no cometer errores.
Programó el asesinato en silencio, ni siquiera a su amigo virtual se lo dijo, solo le adelantó que viajaría por trabajo a Buenos Aires y que estaría desconectada unos días. Al regresar encararía a Ricardo.
El plan era muy simple, simular una entrada por la ventana de la cocina que daba al fondo de la casa donde vivían con Ricardo y matarlo de una cuchillada, “robar” algo de plata, simular una pelea y desordenar un poco la casa y, fundamentalmente, no dejar rastros.
Ella estaría de viaje. Para eso contó con el apoyo de una ex presidiaria que le debía muchos favores, quien se haría pasar por Eugenia y viajaría a Buenos Aires en su lugar y con su pasaporte.
Todo transcurrió según sus planes. De noche entró en su propia casa en silencio. Fue hasta su cuarto. Ricardo de espaldas tirado en la cama como siempre ni se molestó en saludarla. Sacó su cuchillo y le cortó la yugular con rapidez y total frialdad. Ricardo cayó de lado aterrado por su propia muerte.
Frente a ella en una Tablet tirada en la cama se leía un mensaje: “Suerte en Buenos Aires te voy a extrañar mucho, Iván”.

Desde lejos te pienso

María,
¿Cómo estás pasando? Mis hijas me mostraron unas fotos que habías puesto en tu facebook. Sabés que odio esas cosas pero ahora que te fuiste pienso en hacerme uno para poder ver las fotos que pones. Al menos así no te pierdo el rastro. Me pareció que estabas más flaca. ¡¿Te están dando de comer bien ahí?!
Te vi sonriente. Hacía mucho que no te veía así y me gustó. Me gustó pensar que estabas pasando lindo, que la vida te estaba dando esta oportunidad.
Por acá todo igual, no te estás perdiendo nada. Te mando un abrazo, Víctor.

Víctor,
¡Qué lindo recibir tu mail! Entré a chequear pensando que no iba a tener noticias de nadie y me sorprendió gratamente ver tus líneas. Estoy pasando divino. Me están haciendo mucho bien estas vacaciones, me he encontrado con mi prima que se vino de Barcelona a verme y nos estamos recorriendo todo juntas como si fuéramos unas gurisas. ¡Vamos a ver cuánto aguantamos! La verdad es que hacía tiempo que no la pasaba tan bien. Ha sido tan difícil todo desde lo de Pedro. Creo que ya ni me acordaba lo que era estar bien y sonreír y despertarme con ganas de hacer cosas. Como si al irse Pedro se hubiese llevado también mi razón de vivir. En fin… Sé que a vos también te afectó mucho esto, y estoy muy agradecida de la compañía que me has hecho en este tiempo. Te vendría bien unas vacaciones. ¿Cómo estás? ¿No querés venirte? Jaja

María.
No hay nada que agradecer. Ha sido un honor para mí poder acompañarte en estos tiempos. Si bien hace años que nos conocemos siento que pese al dolor terrible que me provoca la ausencia de mi amigo, su falta me dio la bendición de acercarme más a ti: una gran mujer. En este tiempo te convertiste en mi amiga, y la verdad es que en estos días que no estás ¡siento tu falta! Nadie me recibe con tortas humeantes y quemaditas en los bordes, no tengo con quien compartir los mates de los domingos de mañana, y la verdad es que las idas a la feria los domingos se han vuelto mucho más aburridas.
Ayer traté de armarme el facebook. No tuve resultado, así que por el momento seguiré disfrutando de las hermosas fotos que ponés, desde el de mis hijas. Saludos a tu prima y que sigas disfrutando.

Víctor.
¡Qué lindas palabras, me emocionaste! A pesar de que estoy pasando divino, confieso que hoy dejé de ir a un museo y me vine a sentar en este cafecito donde me cobran 10 euros el café así podía chequear el mail y ver si me habías escrito. A veces – no te rías – pienso que es un poco raro que hace tantos años que te conozco y he compartido tantas cosas junto contigo y tu familia, pero en verdad no te conocía hasta ahora. Pedro te quería tanto y, por extensión yo también, pero lo hacía sin saber bien por qué. Ahora entiendo por qué Pedro tenía esa adoración contigo.
Lo que quiero decir es que yo también te extraño. Aunque veo esas palabras escritas y me duele el pecho de la culpa de decirlo. Pero bueno, ya hemos hablado mucho sobre la inutilidad de la culpa, ¿no? Así que no las voy a borrar

María.
No puedo parar de leer tu mail. Peleo diariamente con la culpa que me llena el corazón cada vez que pienso en vos. No me había dado cuenta de la importancia que habías ganado en mi vida. Pensé que te estaba acompañando en este tiempo pero en verdad estoy viendo que me estabas rescatando vos a mí. De mi vejez, de mi soledad y de mi desgano. Volví a sentir que tenía un corazón, que late, que extraña. Que quiere.
Hasta antes de que te fueras de vacaciones, no había pensado en ti más que como una amiga que había ganado en la vida. Pero leo tu mail y me vuelvo a sentir como un chiquilín de 20. Tengo ganas de abrazarte, de besarte, de acariciar esas arrugas de tus ojos de las que tanto te quejas, y que no paro de ver en mis sueños iluminándome el camino.

Víctor.
Me siento como una adolescente. Busco cualquier excusa para venir a ver si tengo unas líneas tuyas. Me vine de viaje en busca de felicidad y resulta que la felicidad más grande la encuentro en mi casilla de correos. No pensé que era posible volver a sentirme así. Pensé que había algunos sentimientos que ya no me corresponderían nunca, como esta sensación en el estómago, y las sonrisas solitarias que se apoderan de mi cara cuando pienso en vos. Siento culpas, pienso en lo que diría Pedro, pero a la vez pienso que se pondría feliz de que no estemos solos y tristes. ¿No? Lo cierto es que ya cada vez me importa menos..
Faltan pocos días para volver. No veo la hora de que se pasen.

María.
No sé por qué te escribo si sé que no lo vas a recibir. Supongo que en algún lugar recóndito albergo aún la esperanza de que no sea verdad lo que me dijeron. Lamento con toda mi alma haberte dejado subir a ese avión. Maldigo mi cobardía por no haberte hablado antes de lo que estaba sintiendo. Quizás así no te hubieras ido. Quizás así otros autos hubieran chocado y serían otros los que estarían llorando sin consuelo.
¿Podrás verme desarmado acá, desconsolado por las ironías de esta vida de perros? ¿Estarás con Pedro? ¿Pensás en mí? ¿O soy yo el único infeliz que tiene la maldición de poder extrañar? Quedé atrapado acá en la tierra, aferrado a la luz que por un momento me iluminó, pero que me arrebataron sin piedad.

En blanco

Todo está blanco y quieto. Frío. Frío quirúrgico, frío antártico en el block de operaciones, donde todo es frío y blanco. Como la muerte quizá.
Las dos camas son blancas, bajo la potente lámpara blanca.
Del mundo de los vivos los separa una puerta también blanca, con una ventanita pequeña por la que aparece de vez en cuando una mirada que los observa allí tirados bajo las sábanas blancas, quietos, inmóviles, como debe ser.

– ¿Estoy muerto? ¡Por favor alguien que conteste! ¿Estoy muerto?

El frío se ha metido por todos lados.

– ¿Estoy muerto? ¡Por favor alguien que conteste! ¿Estoy muerto?
– ¡No grites más marica, no estás muerto!
– ¿Sos vos? ¿Qué haces, dónde estás, no te veo, sos vos?
– ¡Sí, soy yo, quien otro va a ser!
– No te veo. ¿Dónde estás?
– Estoy acá, yo tampoco te veo.
– Entonces, ¿vos también estás muerto?
– ¡Dejáte de gritar marica! Si estuvieras muerto no hablarías.
– Es que hablo con vos porque también estás muerto, ¿no te das cuenta? ¡Los dos estamos muertos!
– Creo que estamos en un hospital, o algo así…
– ¿No te das cuenta que estamos muertos los dos? Veo todo blanco, solamente blanco, y esa luz fuerte allí arriba, ¡es el túnel!, ¡estamos en el túnel de luz!
– ¡No digas más pavadas y tranquilízate, querés!
– ¡No me puedo mover, los brazos no me responden, estamos muertos te digo!
– ¡Calláte de una vez marica!, ¡por tu culpa estamos acá, así que cállate!
– ¡No fue mi culpa, fue tu culpa! Vos quisiste entrar allí y estaba lleno de guardias.
– ¡Pero fuiste vos marica que te asustaste y empezaste a disparar! ¡Y claro!, el banco lleno de guardias…
– ¡Estamos muertos, mierda! ¡Estamos muertos! ¡Yo no quería morir!
– ¡No estamos muertos te digo! Si no, no hablaríamos. Yo tampoco me puedo mover, pero nos deben haber dado una anestesia o algo parecido…
– ¿Y por qué no vemos nada? ¿Eh? ¡Sólo esa maldita luz blanca! Es el túnel, es el túnel de luz!

Una vez más, la mirada vuelve a asomar por la ventanita de la puerta pero, esta vez, hay más, entran más, varios más.

– Esto ya está doctor, no hay vuelta… ya pasó más de una hora.
– De acuerdo. A la morgue nomás. Después, me encargo de los certificados.
– Entendido doctor.