Casi un suicidio

-Me parece espantoso que vivas tan desacomodado. No te estoy hablando del caos del dormitorio, ni de la palangana grasienta de la cocina, ni del patio con más tierra que plantas. Te estoy hablando de que vos ya no tenés remedio para salirte de la situación en que estás. Dejá todo a un lado y empezá de nuevo. Olvidate de que fuiste rico, que vivías como un payá y desperdiciabas la guita en lo que se te antojaba. Olvidate de que las minas morían por tu voz y que cuando te conocían las matabas con tu timidez. Todas jugaban a las madres contigo cuando las llevabas a la cama. Les despertabas entre pasión y besos, el instinto de protección, y dejaban todo lo que tenían a tu disposición. A más de una la dejaste en la ruina. Se acabaron esos tiempos, viejo. Ya nadie te presta un mango, mucho menos una mina porque, para ellas, sos invisible. Da vuelta la hoja, y acomodate. Ahora vas a tener que laburar. ¿Te acordás de aquello de que “todo bicho que camina, va a parar al asador”?, vos vas a tener que caer en una oficina pública. Desde que te conozco sos un bueno para nada. Así que, despertate y empezá a buscar empleo. Si no servís para nada, mejor, mucho mejor, vas a tener más posibilidades para muchas cosas donde no se requiere a nadie que sirva para algo. Y desde ahora en adelante, ni se te ocurra timbear para probar suerte. Los pocos pesos que tenés, no los arriesgas más ni a la ruleta, la raspadita, el 5 de Oro o cualquier pozo de plata. Te lo digo en serio, no vas a poder pasar ni a tres cuadras de los lugares de riesgo. Y nada de trampas, aquí estamos parados en un todo o nada, o me hacés caso o morite. Ya llegaste al límite de mi paciencia y tocó fondo. Ya vendiste todo lo que heredaste de los viejos, hasta el marco de la fotografía lo mandaste a remate. Si hubieran dado con el precio, hasta tu alma, habrías vendido. Te pasaste de bohemio, viejo; ahora sos un linyera. Y no es por alabarte pero ni siquiera te queda un rasgo de inteligencia, aquélla que cuando éramos chicos, usabas para torturarme frente a papá y mamá, mientras yo tragaba dolor y rabia. Fijate hermano, si te acordás del tu bi or no tu bi, el que usabas cada vez que te la jugabas para embromar a otro, como cuando te salieron de garantía y nunca pagaste el alquiler, o como cuando alquilaste un coche y chocaste y lo devolviste como nuevo con remiendos ocultos. Siempre fuiste un cachafaz pero aún así, te prefirieron. Bueno, ahora sabelo, no vas a vivir más de mí. Me borro, mejor dicho borrate vos de mi vida. No me molestes más porque no existo. Esa es mi forma de ayudarte. Allá vos con tu escala de valores.

Ganate la vida, zopenco. ¡Pará! ¿Qué hacés? ¡Pará un poco! Dejá eso, che, no jugués. ¿No sabés que a las armas las carga el diablo? Dejala y escuchá. ¿Te acordás del tío Perico, que tanto embromó jugando a la ruleta rusa y que al final se pegó un tiro? El tío Perico, tu preferido. El que te llevaba de viaje a Europa todos lo años, el que te malcrió y te dio todos los vicios, el que te hizo creer ganador de cuanta mujer se te cruzara. El que te metía contrabando en la maleta y después repartían las ganancias. ¿Te creés que no lo sabía? ¿Y que no sabía que era marica y vos lo ayudabas? Pará, loco, ¿qué hacés? Dejá el arma te digo, no apuntés ni en broma, no es un juguete. Ni siquiera sabés si está cargada. No, loco, no saqués el seguro, no, no, no ¿qué haces? pará, pará, pará, pa…

Un pensamiento para ser feliz

“…Un simple pensamiento puede tener el poder de transformar nuestro mundo. ¿Podría, por ejemplo, ponerme fren­te a un tren en movimiento y, como si fuera Superman, detenerlo con la fuerza de mi pensamiento? ¿Podría usar el pensamiento dirigido y borrar a los médicos y a los curanderos de mi agenda, dado que ahora soy capaz de curarme mediante el pensamiento? ¿Podría usarlo para ayudar a mis hijos a aprobar sus exámenes de matemáticas? Si el tiempo lineal y el espacio tridimensional no existen realmente, como sabemos gracias a la mecánica cuántica, ¿sería capaz de retroceder en el tiempo y borrar todos esos momentos de mi vida de los cuales me arrepiento profundamente? ¿Fun­cionará el pensamiento en cualquier momento o será necesario que se sincronicen al unísono el sujeto, el objetivo y el propio universo? ¿Qué sucede cuando varias personas conciben el mismo pensa­miento al mismo tiempo? ¿Tiene esto un efecto mayor que los pen­samientos generados individualmente? Yo creo que todas estas preguntas se responden con un SÍ, por supuesto que sí. Ahora, la pregunta para ustedes es: ¿Para qué las emociones, si en el pensamiento está todo?…El hombre del futuro dominará totalmente su pensamiento, las emociones nos retraen a la prehistoria y no serán necesarias, gracias.”
Así terminó Ralph Stevenson, un afamado profesor de la Universidad de Toronto. El auditorio en pleno se paró y lo aplaudió un largo rato. Acababa de ofrecer una conferencia magistral.

Entre la enorme audiencia se encontraba Marian, su esposa. Lo miraba pensativa, admiraba su inteligencia.

Al terminar fueron a cenar a un viejo restaurant que solían frecuentar cuando eran estudiantes. Ralph tenía predilección por los lugares conocidos y evitaba cosas nuevas. Marian se sentía contenta, hoy cumplían seis años de matrimonio y esperaba ansiosa un gesto de su esposo.

La cena transcurrió como de costumbre. El pidió lo mismo de siempre y, esta vez, ella se animó a tomar una copa de vino italiano para saborear algo diferente en un día especial. Luego de los postres, Marian ya no aguantó más y, sin mucho disimulo, preguntó:

-¿Recordas que día es hoy?

-Martes creo, dijo Ralph

-No amor. Me refiero si la fecha te recuerda algo.

-10 de octubre….umm nada especial. ¿Qué pasó?

-Por supuesto, me lo tendría que haber imaginado. Hoy hace seis años que estamos juntos. No puedo creer que no te acuerdes.

-Bueno no. No me acordé. En realidad es una fecha como cualquier otra, lo importante es que estamos juntos. Cuanto hace es cuestión de perspectiva. Si nos llevásemos mal podríamos tener la idea que hace treinta años… ¿Seis años? ¿Es mucho o poco?

-Es… es… inaudito, no puedo creer lo que me decís. Esperaba un beso, una flor, un regalo aunque sea un chocolate, un “feliz aniversario”… nada… solo se te ocurre especular con el tiempo.

-Es que no me acordé, tuve que preparar la conferencia y estuve muy ocupado. No tiene importancia. A propósito, no me dijiste que te pareció mi exposición.

– Ni te lo voy a decir. Estoy harta Ralph. Siempre igual, nunca una demostración de cariño, nada que salga de tu frio corazón.

-No creo que sea buen momento discutir aquí. Hay mucha gente que nos está mirando.

-¡Me importa un carajo! -levantó la voz Marian.

-Te pido que pienses un poco Marian esto no nos conduce a nada.

-Y yo te pido que sientas un poco porque este matrimonio tampoco nos conduce a nada.

-No tengo idea de lo que me hablas, si fueras tan amable me gustaría que me explicaras calmadamente con argumentos que pueda debatir. Así podríamos ponernos de acuerdo.

-Mi argumento es que estoy podrida, aburrida, ya ni hacemos el amor, ni siquiera me besas o abrazas. Quiero terminar esto de una vez por todas.

-Shhh baja la voz que escuchan todo. ¿De dónde sacaste esas ideas? No podés decir eso.

-¡Que no! Ni idea tenes quien soy, solo te preocupa lo que vos queres. Nunca te importó lo que yo necesito.

Se levantó y se fue dandole un golpe a la puerta.

Todos en el restaurant quedaron en silencio mirando a Ralph.

Nunca estuvo tan incómodo. Su cuerpo experimentaba calor, dolor estomacal, confusión, su mente buscaba entender qué le pasaba. Sus piernas le temblaban, la mandíbula se le tensaba y el cuello comenzaba a dolerle. ¿Será la comida?, pensó.

Pidió un café. Debe ser que está cerca del período, siempre se pone de mal humor. Pero esta vez se sobrepasó. Tendría que decirle de buena manera que esa no era forma de tratarlo. Después de todo gracias a él podían vivir muy bien. Qué poco agradecida, pensó.

Al llegar a su casa ella no estaba, se había ido.

Esto era nuevo para él. ¿Qué hago? Necesito pensar tranquilo. Fue hasta su dormitorio y en la cama había un sobre. Era una carta de Marian.

“No aguanto más tu indiferencia, tu desamor. Sos un hombre maravilloso, pero todo lo que tenés de inteligente te falta en inteligencia emocional. No hay nada vivo en tu corazón. Y yo necesito a alguien que vibre, que sienta la vida, que pueda mostrarme que me ama, alguien que no lo paralice el miedo de vivir. Sé que leerás esta carta y buscarás la culpa de todo en mí. Ni siquiera podes ver el daño que te estás haciendo a vos mismo. Tu ego es más grande que tu corazón. Y eso, Ralph, tarde o temprano irá en tu contra. Te amo pero me es imposible seguir contigo… te deseo que te encuentres, solo así serás feliz de verdad“

Ralph sentado en su cama lloró por primera vez. Lloró desconsoladamente. Nadie creería que en ese cuerpo vivían juntos una mente brillante y un niño que se veía abandonado.

Ese día, Ralph aprendió que no basta un pensamiento para ser feliz.

El gran robo

Hace un año que vengo organizando el robo. Tengo los planos del lugar, todo el material que necesito y estaba esperando el día indicado.

El primero de mayo fue ese día, por ser el día de los trabajadores se encontraba cerrado el comercio.

Llegué en la madrugada, subí a la azotea lanzando una cuerda que en la punta tenía un gancho, rompí un vidrio de la banderola y me deslicé hacia el interior. Ya adentro, me fui arrastrando en el suelo esquivando los rayos laser hasta llegar a la oficina del director donde se encontraba el tesoro más grande del comercio; lo tomé y, sigilosamente, comencé la partida.

Llegué a mi casa y me acosté.

El despertar fue maravilloso. Me encontraba durmiendo con el oso de peluche que era de mi madre el cual tenía mi padre en su oficina.

TIC TAC

TIC TAC que se pasa el tiempo, corren las horas, se diluyen los minutos y esfuman los segundos.

TIC TAC que quiero ir pero no puedo. Estoy con mucho trabajo en la oficina.

TIC TAC que me quedaría un rato más en la cama pero el malparido del despertador me avisa que tengo que levantarme YA.

TIC TAC que el reloj biológico y que a tu edad tenés que terminar de resolver varios temas: el éxito profesional, la casa, la pareja y la mar en coche.

TIC TAC que hace un año que tenés la misma vidriera y que es seguro que por eso los clientes no entran.

TIC TAC que son las 2:30 y qué linda que está la charla. Pero mejor la dejamos por acá porque mañana nos levantamos temprano, hay que trabajar.

En todo eso piensa Candela, todos los días cuando abre la relojería. Desde chica “pierde el tiempo” pensando teorías que siempre quedan en eso.

Ese vaivén mental la llevó a pensar en lo injusto que somos con el tiempo y cómo lo malgastamos Así, llegó a la conclusión de que es hora que sea tomado tan en serio como el amor, como la justicia o como la honestidad.

Esa misma tarde decidió cerrar para siempre la relojería. No quería seguir esclavizando gente con horas, minutos y segundos.

Antes de hacerlo, atendió a su última clienta. Una adolescente de 15 años que con toda ilusión quería comprar su primer reloj.

No se lo vendió. Prefirió abrir el cajón y sacar una de las tantas copias de “Preámbulo de instrucciones para dar cuerda un reloj” de Cortázar que guardaba y le dijo:

  • Antes de comparte un reloj te recomiendo que leas esto.

No soy esa clase de persona

La cocina supura un olor a café quemado que inunda el salón, mezclándose con los vapores de la comida recalentada de ayer, y el olor a segundo tiempo de los parroquianos del lugar. Los mozos no llevan libretas para anotar pedidos, van gritando a la cocina, alzando sus voces por encima de los cubiertos que golpeaban los platos y los cristales de los vasos que se posan bruscamente arriba de las mesas. Por encima de las personas, en cada esquina del bar, dos televisiones viejas con el volumen silenciado transmiten un partido de futbol de segunda división donde un cuadro gana al otro 6 a 0.
Al lado de la cocina, la ventana que da a la calle recibe los azotes de la lluvia y el viento que la van limpiando de afuera. Una esquina de la ventana está rota y, arreglada con cinta y un nylon, se mueve con el viento haciendo un ruido que se asemeja a ir en la parte de atrás de una moto.
Debajo de esa ventana ruidosa se sientan dos hombres en silencio.
-Bien. Espero que me aclares para que me citaste – dice Ernesto, rompiendo el silencio.
-Estuve pensando en tu propuesta- contesta Joel. Su voz es apenas audible con el ruido del nylon de la ventana.
-¿La que rechazaste?
-Sí. Estuve pensando mejor…
-Bueno, dale, – interrumpe Ernesto con impaciencia. ¡Siempre igual! No andés con tantos rodeos. Al final, me hacés perder el tiempo. Las cosas tienen que ser más directas. Te interesa ¿o no? Sos capaz de hacerlo ¿o no? La vida es blanco o negro pibe.
-Discrepo – la voz de Joel va ganando volumen, pero la agudeza de su tono deja visible un dejo de miedo. La vida está plagada de matices de grises, a veces no es tan simple como lo planteas. A veces, incluso, la propia identidad de uno tiene grises. Los límites que uno mismo debe trazarse a veces son confusos, las líneas entre lo que uno quisiera ser y lo se ve obligado a ser.
-No lo intelectualices – fue en tono de orden. Esto no es un ensayo de tu facultad, es la vida real. Te llamé porque necesitamos alguien que hable francés y se haga pasar por Monsieur Buchaud. Si no te dan los huevos no lo hacés y listo. No me des explicaciones de “nene bien”.
-Quiero que me pagues más. El doble. Sino… no lo hago.
-Bueno.
Ernesto saca un sobre amarillo del bolsillo interno de su campera de cuero. Sin ningún disimulo saca un fajo de dólares y empieza a contarlos con rapidez. Se los da a Joel, uno de los billetes cae dentro de su café.
– Quiero que te quede claro que lo hago solo por el dinero – reclama Joel, levantando el billete y secándolo con su servilleta. No estoy de acuerdo con lo que van a hacer. No soy este tipo de persona.
La carcajada de Ernesto llena las paredes del bar – Discrepo – dijo con tono irónico y levantando una ceja – El hecho que repruebes de lo que estás haciendo no te hace menos hijo de puta. Solo te hace más cínico. Mañana te llaman con las instrucciones.
Ernesto se levanta y toma el resto de su café de un sorbo. Se retira saludando al mozo, dejando a Joel sentado solo debajo de la ventana con el nylon zumbando con la cuenta para pagar.

Casquivana o Victoriana

Matilde De la Borda conservaba aún en los vericuetos de su ser femenino los rígidos preceptos morales que la habían signado desde niña. A pesar de que el siglo XXI la encontró festejando su cuarta década, su mentalidad no se había “aggiornado”, al decir de su joven hija, y aún mantenía arraigadas sus ideas plagadas de conceptos resucitados de la época victoriana.
Controlaba exageradamente a María Victoria ante el temor de que “le saliera casquivana” según palabras expresas de Matilde cuando se refería a la hija de su vecina quien se vestía y maquillaba en forma llamativa para atraer a los hombres.
María Victoria escapaba de la rigurosa cárcel de prohibiciones y exigencias utilizando la mentira para justificar sus llegadas tarde a la casa o las salidas con amigos los fines de semana.
El marido de Matilde, un cincuentón dueño de una gran compañía referente en la industria alimenticia, repartía su tiempo entre frecuentes viajes y variadas amantes. Dejaba en manos de su esposa (madre y mujer ejemplar, según su lógica patriarcal) la educación de la hija de ambos.
Matilde, no pudiendo hacer frente a las dificultades de su matrimonio, solo profesaba un amor castrador y opresivo hacia su hija quien cada día se mostraba más rebelde y evasiva. Estas haciendo honor a la profecía autocumplida portaba el sesgo de “casquivana” adoptando conductas sexuales que ponían en riesgo tanto su cuerpo como su alma.
El primer día del mes de agosto, María Victoria no volvió a su casa al salir del colegio secundario. Han transcurrido ya seis meses de su ausencia. Matilde guarda celosamente el recorte del diario con la noticia de su desaparición. En la foto, una sonriente muchacha parece mirarla fijamente a sus ojos ya secos de lágrimas. Noche a noche la besa y guarda bajo su almohada. Se duerme con la esperanza que al día siguiente pueda recuperarla sana y salva.

RECORTE DE PRENSA
Joven desaparecida.
El primero de agosto del presente año, María Victoria Orihuela De la Borda de 17 años se dirigió como todas las mañanas a su centro de estudio en el cual asistió a clases normalmente. A la salida del mismo no retornó a su hogar según información proporcionada por su familia. Esta realizó la denuncia a la seccional correspondiente quien pasadas las 48 hs. declaró que no hay noticias del paradero de la joven.
Vestía pantalón vaquero y buzo azul. Portaba también una campera de abrigo negra.
La joven es hija de un conocido empresario del rubro alimenticio y nieta del recordado actor Rodrigo De La Borda quien fue asesinado hace treinta años en circunstancias extrañas.
Fuentes allegadas a su círculo de amistades han informado desconocer si alguien podría tener motivos en su contra. Los investigadores están indagando sus movimientos dentro de las redes sociales para descubrir posibles vínculos que pudieran dar motivo a su huída.
Se agradece toda información a los teléfonos…
UN SUEÑO
Niña estás sentada con una pose erguida, como muñeca de porcelana. Blanco el vestido, inmaculado, como la flor que adorna tus cabellos rubios. La fláccida muñeca de trapo que yace en tu regazo contrasta con la tensión de tu rostro, mirando hacia la cámara. ¿Qué cánones estéticos que ensalzan lo fingido, las máscaras, las apariencias, moldearon tu comportamiento?
Niña buena, niña obediente. Fiel a las buenas costumbres. Síguelas y serás buena esposa, abnegada madre, frígida a la hora de amar y te ordenarás sacerdotisa solo para absolverlo a él de sus infidelidades. Adéntrate aún más en la telaraña de los engaños hasta que cubran tu cuerpo y lo ahoguen y, entonces sí, tus partes femeninas buscando oxígeno estallarán anhelando el goce que por tanto tiempo te negaron y te negaste.

De boca en boca

Todos los años en larga travesía por mar llegaban las hormas de queso parmesano que la familia mandaba de Italia.
En uno de esos envíos, envuelto en papel de seda, dentro de una de ellas, estaba el anillo.
Grueso, pesado, de oro y con un brillante del tamaño de un garbanzo.
Era para el compromiso de Juanita y Ramón.
La familia se lo mandaba al hijo demostrando la aprobación del matrimonio. Él se lo pondría a su novia en señal de amor y símbolo de eterna unión.
Intensa fue la pasión sólo que no duró.

La Nona Juanita ya era viuda a los treinta y dos con nueve hijos. Seis mujeres y tres varones, que vivieron a su sombra. Como el ombú tan fuerte y protector que nada crece debajo.
Señora de carácter, no levantaba jamás la voz, dominaba con la mirada y el gesto.
Multiplicó el ganado, las cuadras de campo y los kilos. Vistió siempre de negro en perpetuo duelo. Siguió siendo bonita, más que cualquiera de sus hijas.
Una Navidad, murió después de comer lechón caliente regado con chiantti.
No hubo manera de sacarle el anillo de su dedo regordete.
Era la prueba del compromiso encarnado que la había unido a ese hombre por más de sesenta años, sin tropiezo alguno, sin dudas hasta su muerte.
Así me llegó la historia, cuentos de tantas sobremesas regadas de chiantti, donde nadie se animó (que yo recuerde) a comer lechón caliente.
Varios murieron en la familia. Había que hacer espacio en el panteón, reducir los restos de la Nona.
Recordaron, algunos de los más viejos, aquella historia del anillo.
Cuando abrieron el cajón le faltaba justo ese dedo.

La casa de la cuadra en que yo vivo

Dicen que en la cuadra en que yo vivo, hay una casa encantada. Paso todos los días por allí, lo cual afecta tremendamente mi “morbo”, (no sé si la palabra existe), pero por supuesto ustedes se dan cuenta a lo que me refiero. Esa morbosidad que, estoy segura, todos conocen. Últimamente, dado que el verano está más decidido a instalarse, paso por ahí de noche a dar mi vueltita nocturna. Esta casa parece dormida, como si padeciera una enfermedad grave, pero no está muerta. Yo lo sé, porque tuve indicios de que aún respira. No sólo la oigo, también la huelo. Y huele a vida. Debo decirles que está deshabitada hace quince años. Yo ni siquiera me había mudado al barrio, cuando la familia huyó despavorida, un tres de Agosto, bajo la niebla. Así, me lo cuenta el carnicero. Según me dice, los vio irse a los cuatro, el matrimonio y dos hijos varones. Y luego notó la risa en las ventanas y en la puerta de calle. Los marcos se sesgaron y quedaron haciendo muecas de risa permanente hasta ahora. Sin embargo, una noche, iba yo ensimismada en mis pensamientos, cuando escuché un chistido, clarísimo, proveniente de una de sus ventanas. Estaban todas cerradas con persianas de madera, pero una de ellas tenía un considerable espacio entre uno y otro listón. Imaginé que del lado interno de esa pieza entraría suficiente luz de la calle como para iluminar la habitación, y que el espacio era suficiente para que alguien pudiera atisbar hacia afuera. Me paré de golpe y miré directamente hacia allí. Un silbido comenzó y esta vez yo le contesté con un ária de la Traviata. Para mi asombro, el silbido continuó con el estribillo de La Boheme. A esa altura, ya no tenía dudas. Mi sorpresa fue similar a la de un niño que aprende a comunicarse a través de los sonidos. O a la de Adán y Eva, cuando empezaron a nombrar las cosas en vez de señalarlas. Estaba realmente emocionada. Entonces me aventuré a dejar el viento del silbido y articular algunas palabras. Por supuesto, lo primero que hice fue preguntar. Mi cabeza estaba llena de preguntas acumuladas en las cabezas de los vecinos y los años transcurridos: “¿Quién eres?, ¿Vives aquí?, ¿Estas encerrado?, ¿Estás solo? ¿Me puedes abrir?”. A todo esto contestó con un dramático silbido, reproduciendo la Novena de Beethoven. Me quedé sin palabras, mejor dicho sin silbidos, y apabullada me fui caminando rápido para mi casa. Antes de dormirme, pensé en el diálogo y en su significado. Era un hombre, sabía de música y era potente su silbido; por lo tanto gozaba de buena salud. Durante días seguí observando la casa con un monitoreo indisimulado. Lo hacía de día y de noche. Me pedí licencia en la oficina y cancelé varios compromisos de la semana. Mi prioridad era la casa.
Ella parecía indiferente y totalmente ajena a mí. Nunca más un chistido ni un silbido. Entonces, me decidí a entrar. La luna llena de Marzo se hizo bajo una lluvia torrencial. El cielo oscurecido por la tormenta y las calles del barrio, desiertas. Me encapoté bajo mi viejo impermeable y, munida de varias herramientas, me paré frente a la casa. Fue muy fácil forzar la cerradura. La puerta cedió quejándose como un gato herido. Mi linterna fue iluminando despacio cada rincón del lugar. No había paredes. No existían. No había muebles, no había piso, ni techo. No estaba destruida. Simplemente un espacio vacío dentro de la cuadra. Un lugar único, sin límites aparentes. Una especie de oasis de otro mundo. Allí no existía la lluvia, ni el viento, ni los vecinos. Llamé dentro del vacío y mi voz no sonó. No había aire que pudiera trasmitirla. Era como estar en un pozo a miles de metros de profundidad. La casa, toda, era una gran tumba. Entonces me di cuenta de que mi linterna se apagaba. Intenté reanudar el diálogo silbando el aria de Otello, pero ya era tarde. La tierra me cubría la boca.

El celular

A punto de la desesperación, arrastrando un desasosiego evidente, Sergio se dejó caer pesadamente en el sillón.
-¿Qué te pasa? Tenés una cara de velorio total ?le dijo Alejandra su esposa.
-Perdí el celular.
-¡Oh! ¿Dónde?
-¡Pregunta boluda! ¡Qué sé yo dónde! Si supiera ya lo tendría, ¿no te parece?
-¡Qué mala onda! Pensá bien dónde estuviste.
-Ya llamé a todos los lugares donde estuve, que no fueron más de tres y ¡nada!
-¿Llamaste a tu número? Capaz que alguien lo encontró y podés arreglar que te lo devuelva.
-¡Otra idea boluda! ¡Claro que llamé! Fue lo primero que hice ¿te pensás que soy idiota?
-Bueno afloja que yo no tengo la culpa. ¡Sos insoportable!
-¡Qué mierda! ¡Tengo mi vida en ese celular! Me tiene mal que desapareció y lo único que hacés es joderme.
En medio de la discusión suena el teléfono de la casa.
-Hola encontré un celular ¿puede que sea de alguien que vive en esa casa? ?dijo una voz femenina y joven.
-Sí, es mío -dijo Sergio, saltando de euforia. Un Samsung Galaxy Alpha, color gris aluminio.
-Sí, es ese que bien ¿cómo podemos arreglar?
-Dígame dónde está y lo voy a buscar ya.
-No me ha entendido señor. Le pregunto ¿cómo vamos a arreglar para que se haga de su celular?
-¡Ah! Entiendo. Querés cobrar. ¿Cuánto querés piba?
-Bueno dígame usted ¿cuánto está dispuesto a pagar para recuperarlo?
-Antes que nada te digo que me parece de una bajeza total lo tuyo. Aprovecharse de otro es denigrante. Abusás de tu posición. Ese celular no vale más de 5 mil pesos, ya tiene unos dos años de uso. Te puedo dar 2 mil pesos y eso haciéndote un favor enorme.
-Señor no piense en el aparato, piense en lo que contiene. Sus datos, sus contactos, sus fotos y sus videos… en especial algunos.
Sergio quedó mudo, no se esperaba eso.
-Y le recuerdo que también hay fotos que… me imagino su esposa no debe saber.
-¿Cuánto querés?
-Pensaba en cincuenta mil pero… ahora dudo sino pedirle más.
-Ni soñar, no tengo ese dinero. Me querés chantajear y eso es inmoral.
-Su moral es dudosa Señor, basta ver los videos. También es inmoral mentir… a su esposa…a mí… pues sus cuentas bancarias dicen otra cosa.
-¿Cómo sabés eso? Nadie puede acceder a mis cuentas.
-Señor la gente es muy tonta y usa la misma clave de seguridad para todo, y usted no es la excepción. Fue fácil descubrir su clave. Usted dirá. Probemos su inteligencia.
-Necesito tiempo.
-Mañana al mediodía, es lo más que le doy.
Sergio se dio cuenta que no tenía alternativas, pagaba o su esposa se enteraría de todo. Pero, si pagaba seguramente lo seguirían extorsionando.
Esa noche le contó todo a Alejandra, con lujo de detalles.
Fue el fin.
Al mediodía siguiente sonó el teléfono, Sergio ya sabía qué hacer.
-Bien señor, ¿qué decidió?
-No quiero el celular, ya no lo necesito.
-Muy bien. Alejandra ya tiene la grabación de su confesión. Lo único que la impulsó fue saber la verdad. Puede encontrar su celular en una caja de zapatos en el placar de su dormitorio, siempre estuvo allí.
Le deseo buena vida. Y colgó.