De boca en boca

Todos los años en larga travesía por mar llegaban las hormas de queso parmesano que la familia mandaba de Italia.
En uno de esos envíos, envuelto en papel de seda, dentro de una de ellas, estaba el anillo.
Grueso, pesado, de oro y con un brillante del tamaño de un garbanzo.
Era para el compromiso de Juanita y Ramón.
La familia se lo mandaba al hijo demostrando la aprobación del matrimonio. Él se lo pondría a su novia en señal de amor y símbolo de eterna unión.
Intensa fue la pasión sólo que no duró.

La Nona Juanita ya era viuda a los treinta y dos con nueve hijos. Seis mujeres y tres varones, que vivieron a su sombra. Como el ombú tan fuerte y protector que nada crece debajo.
Señora de carácter, no levantaba jamás la voz, dominaba con la mirada y el gesto.
Multiplicó el ganado, las cuadras de campo y los kilos. Vistió siempre de negro en perpetuo duelo. Siguió siendo bonita, más que cualquiera de sus hijas.
Una Navidad, murió después de comer lechón caliente regado con chiantti.
No hubo manera de sacarle el anillo de su dedo regordete.
Era la prueba del compromiso encarnado que la había unido a ese hombre por más de sesenta años, sin tropiezo alguno, sin dudas hasta su muerte.
Así me llegó la historia, cuentos de tantas sobremesas regadas de chiantti, donde nadie se animó (que yo recuerde) a comer lechón caliente.
Varios murieron en la familia. Había que hacer espacio en el panteón, reducir los restos de la Nona.
Recordaron, algunos de los más viejos, aquella historia del anillo.
Cuando abrieron el cajón le faltaba justo ese dedo.

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