La casa de la cuadra en que yo vivo

Dicen que en la cuadra en que yo vivo, hay una casa encantada. Paso todos los días por allí, lo cual afecta tremendamente mi “morbo”, (no sé si la palabra existe), pero por supuesto ustedes se dan cuenta a lo que me refiero. Esa morbosidad que, estoy segura, todos conocen. Últimamente, dado que el verano está más decidido a instalarse, paso por ahí de noche a dar mi vueltita nocturna. Esta casa parece dormida, como si padeciera una enfermedad grave, pero no está muerta. Yo lo sé, porque tuve indicios de que aún respira. No sólo la oigo, también la huelo. Y huele a vida. Debo decirles que está deshabitada hace quince años. Yo ni siquiera me había mudado al barrio, cuando la familia huyó despavorida, un tres de Agosto, bajo la niebla. Así, me lo cuenta el carnicero. Según me dice, los vio irse a los cuatro, el matrimonio y dos hijos varones. Y luego notó la risa en las ventanas y en la puerta de calle. Los marcos se sesgaron y quedaron haciendo muecas de risa permanente hasta ahora. Sin embargo, una noche, iba yo ensimismada en mis pensamientos, cuando escuché un chistido, clarísimo, proveniente de una de sus ventanas. Estaban todas cerradas con persianas de madera, pero una de ellas tenía un considerable espacio entre uno y otro listón. Imaginé que del lado interno de esa pieza entraría suficiente luz de la calle como para iluminar la habitación, y que el espacio era suficiente para que alguien pudiera atisbar hacia afuera. Me paré de golpe y miré directamente hacia allí. Un silbido comenzó y esta vez yo le contesté con un ária de la Traviata. Para mi asombro, el silbido continuó con el estribillo de La Boheme. A esa altura, ya no tenía dudas. Mi sorpresa fue similar a la de un niño que aprende a comunicarse a través de los sonidos. O a la de Adán y Eva, cuando empezaron a nombrar las cosas en vez de señalarlas. Estaba realmente emocionada. Entonces me aventuré a dejar el viento del silbido y articular algunas palabras. Por supuesto, lo primero que hice fue preguntar. Mi cabeza estaba llena de preguntas acumuladas en las cabezas de los vecinos y los años transcurridos: “¿Quién eres?, ¿Vives aquí?, ¿Estas encerrado?, ¿Estás solo? ¿Me puedes abrir?”. A todo esto contestó con un dramático silbido, reproduciendo la Novena de Beethoven. Me quedé sin palabras, mejor dicho sin silbidos, y apabullada me fui caminando rápido para mi casa. Antes de dormirme, pensé en el diálogo y en su significado. Era un hombre, sabía de música y era potente su silbido; por lo tanto gozaba de buena salud. Durante días seguí observando la casa con un monitoreo indisimulado. Lo hacía de día y de noche. Me pedí licencia en la oficina y cancelé varios compromisos de la semana. Mi prioridad era la casa.
Ella parecía indiferente y totalmente ajena a mí. Nunca más un chistido ni un silbido. Entonces, me decidí a entrar. La luna llena de Marzo se hizo bajo una lluvia torrencial. El cielo oscurecido por la tormenta y las calles del barrio, desiertas. Me encapoté bajo mi viejo impermeable y, munida de varias herramientas, me paré frente a la casa. Fue muy fácil forzar la cerradura. La puerta cedió quejándose como un gato herido. Mi linterna fue iluminando despacio cada rincón del lugar. No había paredes. No existían. No había muebles, no había piso, ni techo. No estaba destruida. Simplemente un espacio vacío dentro de la cuadra. Un lugar único, sin límites aparentes. Una especie de oasis de otro mundo. Allí no existía la lluvia, ni el viento, ni los vecinos. Llamé dentro del vacío y mi voz no sonó. No había aire que pudiera trasmitirla. Era como estar en un pozo a miles de metros de profundidad. La casa, toda, era una gran tumba. Entonces me di cuenta de que mi linterna se apagaba. Intenté reanudar el diálogo silbando el aria de Otello, pero ya era tarde. La tierra me cubría la boca.

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