No soy esa clase de persona

La cocina supura un olor a café quemado que inunda el salón, mezclándose con los vapores de la comida recalentada de ayer, y el olor a segundo tiempo de los parroquianos del lugar. Los mozos no llevan libretas para anotar pedidos, van gritando a la cocina, alzando sus voces por encima de los cubiertos que golpeaban los platos y los cristales de los vasos que se posan bruscamente arriba de las mesas. Por encima de las personas, en cada esquina del bar, dos televisiones viejas con el volumen silenciado transmiten un partido de futbol de segunda división donde un cuadro gana al otro 6 a 0.
Al lado de la cocina, la ventana que da a la calle recibe los azotes de la lluvia y el viento que la van limpiando de afuera. Una esquina de la ventana está rota y, arreglada con cinta y un nylon, se mueve con el viento haciendo un ruido que se asemeja a ir en la parte de atrás de una moto.
Debajo de esa ventana ruidosa se sientan dos hombres en silencio.
-Bien. Espero que me aclares para que me citaste – dice Ernesto, rompiendo el silencio.
-Estuve pensando en tu propuesta- contesta Joel. Su voz es apenas audible con el ruido del nylon de la ventana.
-¿La que rechazaste?
-Sí. Estuve pensando mejor…
-Bueno, dale, – interrumpe Ernesto con impaciencia. ¡Siempre igual! No andés con tantos rodeos. Al final, me hacés perder el tiempo. Las cosas tienen que ser más directas. Te interesa ¿o no? Sos capaz de hacerlo ¿o no? La vida es blanco o negro pibe.
-Discrepo – la voz de Joel va ganando volumen, pero la agudeza de su tono deja visible un dejo de miedo. La vida está plagada de matices de grises, a veces no es tan simple como lo planteas. A veces, incluso, la propia identidad de uno tiene grises. Los límites que uno mismo debe trazarse a veces son confusos, las líneas entre lo que uno quisiera ser y lo se ve obligado a ser.
-No lo intelectualices – fue en tono de orden. Esto no es un ensayo de tu facultad, es la vida real. Te llamé porque necesitamos alguien que hable francés y se haga pasar por Monsieur Buchaud. Si no te dan los huevos no lo hacés y listo. No me des explicaciones de “nene bien”.
-Quiero que me pagues más. El doble. Sino… no lo hago.
-Bueno.
Ernesto saca un sobre amarillo del bolsillo interno de su campera de cuero. Sin ningún disimulo saca un fajo de dólares y empieza a contarlos con rapidez. Se los da a Joel, uno de los billetes cae dentro de su café.
– Quiero que te quede claro que lo hago solo por el dinero – reclama Joel, levantando el billete y secándolo con su servilleta. No estoy de acuerdo con lo que van a hacer. No soy este tipo de persona.
La carcajada de Ernesto llena las paredes del bar – Discrepo – dijo con tono irónico y levantando una ceja – El hecho que repruebes de lo que estás haciendo no te hace menos hijo de puta. Solo te hace más cínico. Mañana te llaman con las instrucciones.
Ernesto se levanta y toma el resto de su café de un sorbo. Se retira saludando al mozo, dejando a Joel sentado solo debajo de la ventana con el nylon zumbando con la cuenta para pagar.

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